El mundo está en otra parte {ap}

1 de julio de 2073. Marte es un coñazo. Tengo que salir de aquí. La lista de cosas que no se pueden hacer es interminable.

Estoy harto de visitar cuevas y contemplar restos microscópicos de bacterias alienígenas. Dicen que no se puede vivir del pasado, pero está claro que el futuro tampoco está muy bien pagado. Recuerdo el año que empezó todo. El instante decisivo que cambió el mundo para siempre. La humanidad no se dio cuenta entonces que habría bastado con dejarlo todo tal y como estaba.

 

El año 2025 es recordado por su catastrófica ironía. Cuando todos esperaban que China y Estados Unidos desencadenaran la Tercera Guerra Mundial, un suceso imprevisto acabó convirtiendo esa en la efeméride de la Primera Paz Mundial. Belén Esteban, de visita oficial en la ciudad, murió trágicamente al atragantarse con su nariz y ahí empezó todo. Las muestras públicas de cariño se sucedieron y consiguieron emocionar el emirato de Qatar Barcelona. Recordemos que tras la caída del capitalismo se pusieron a la venta los países y las ciudades. Microsoft y Apple se repartieron los Estados Unidos, Nike adquirió media Asia y Coca-Cola se hizo con la mayor parte del resto. Fue entonces cuando desapareció el dinero, y se sustituyó por tiempo de trabajo, cuya unidad más preciada era el día de vacaciones. Una chocolatina costaba 2 horas en una cadena de montaje o 6 horas de vacaciones, y un billete de avión para volar desde Facebook hasta Google costaba dos meses programando en Java. El sueldo medio era de entre 3 y 4 días de vacaciones. Como referencia, recuerdo que un coche costaba entonces alrededor de 700 días y por una bolsita de marihuana te sableaban casi una semana.

 

Esta especie de epidemia sensiblera desatada empujó a los líderes mundiales a firmar la paz, y por primera vez en toda la historia se aceptó la idea del desarme total y la abolición de los ejércitos. Belén Esteban fue condecorada con el Premio Nobel de la Paz, como reconocimiento a su encomiable activismo involuntario. Yo estaba en el Sónar cuando se hizo público. Recuerdo que ese año unos androides de idéntico aspecto que los Pet Shop Boys fueron cabeza de cartel. Su show era bastante resultón y se basaba en usar sus funciones telepáticas para rapear los pensamientos del público, aunque según mi opinión la reincidente aparición de las palabras “farlopa”, “sexo” y “lavabo” condicionaba demasiado las rimas.

 

Qatar Barcelona era un entonces un país muy rico, habitado casi exclusivamente por chinos y pakistaníes, que con su empuje y dedicación habían relegado a los autóctonos a tareas menores como el exilio vacacional o la dirección de corporaciones desde paraísos fiscales.

 

Recuerdo con gran cariño, hijos míos, que ese año conocí a vuestra madre. Yo estaba en la cola de una antigua oficina del INEM, uno de esos antiguos reductos de esperanza para los parados. Dichos reductos fueron adquiridos posteriormente por McDonald’s, bajo la evidencia de que era imposible conseguir trabajo a 20 millones de parados y resultaba mucho más útil venderles hamburguesas. Ella me dijo: “Me prestas diez minutos de vacaciones”, y yo, simplemente, la besé.

Belén Esteban fue condecorada con el Premio Nobel de la Paz, como reconocimiento a su encomiable activismo involuntario.

Los efectos de la Paz Mundial comenzaron a notarse: las industrias armamentísticas, los bancos y los gobiernos se arruinaron. La economía mundial se resquebrajó y la cadena de producción mundial se detuvo. Barcelona, que se había erigido en la capital mundial de la Paz, comenzaba a ser mirada con recelo. Tras la milésima interpretación del Cant dels Ocells en las asambleas humanitarias en la Plaza Barcelona, el espíritu de John Lennon se reencarnó en un ruiseñor y comenzó a silbar “Imagine”.

 

Así fue como una cosa llevó a la otra, la gente se concentró en procrear y hacer yoga, y la Paz Mundial acabó centrándonos en el verdadero sentido de la vida y en la auténtica misión de la humanidad: abandonar nuestro condenado planeta. Barcelona acogió la cumbre de científicos que diseñó el Gran Plan de Colonización Espacial. Comenzaba en la Luna y acababa en la Conchinchina. No se sabe cómo los ciudadanos entramos en un sorteo para decidir en qué planeta nos tocaba vivir. Aún faltaba una década para eso, pero con 50.000 millones de personas y tal y como estaba el patio no quedaba otra. El mundo, tras su fervor pacifista, se había convertido en un peñazo superpoblado.

 

Cierto es que se lograron algunos avances menores en el campo de la ciencia, como fueron el diseño de la vacuna contra la muerte y la implementación del primer crecepelo eficaz. También fue reseñable la proliferación de las primeras clínicas antilibido, en las que todo ser humano debía pasar un mes para deshacerse de sus primarios instintos sexuales. Los androides comenzaron a ser parte de nuestra rutina diaria, desempeñando todas las tareas que los hombres no querían hacer, como fregar los platos, poner lavadoras o acostarse con su mujer. No obstante, cuando fueron lo suficientemente inteligentes, los androides se rebelaron diseñando subandroides que hacían ese trabajo por ellos, y así hasta superpoblar el planeta todavía más.

 

Sí, el mundo comenzó a chirriar mucho antes, pero en 2025 fue cuando se sentenció mi existencia en particular. Yo habría preferido Júpiter, Venus o cualquier otro lugar. Nunca he tenido suerte en la lotería. Marte es un coñazo.

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