Ahora que sabemos que Barcelona está muerta

ciutatmortaQué puedo contar de Ciutat Morta que no se haya dicho en el terremoto de los dos últimos días. Tuve la oportunidad de conocer el documental tarde, pero no demasiado tarde. Alfonso Barguñó nos lo dio a conocer cuando lo convirtió en su hilo conductor en el artículo principal sobre la prensa independiente que publicamos en noviembre. Empezó mi calvario personal. He dormido mal desde que conozco el horror. Estoy muerta de miedo desde entonces. Desde que sé que Barcelona está muerta.

Pero me armé, nos armamos, de valor. Hablamos del documental y escribimos previas de sus proyecciones. El sábado volví a ver Ciutat Morta. No la vi en casa, libreta en mano. La vi en La Rouge, en plena Rambla del Raval, con el bar lleno hasta la bandera. Recuerdo incluso que un par de personas hacían equilibrios imposibles para no quitar ojo a la pantalla desde la escalera. Después supe que Patricia Heras trabajó en el local, sirviendo “cañitas bien tiradas”, como recordaba en alguna red social alguien que compartió barra con ella. Y no era fútbol, y no recuerdo la última vez que bajé al bar para ver la tele y no fuera fútbol.

No duermo bien porque no dejo de pensar en qué hemos hecho, desde mi bando, el de los periodistas, para que BCN MÉS no supiera nada de Ciutat Morta antes, ni supiera nada Caféambllet, ni dijeran nada en La Vanguardia, en El Periódico, en TV3. Ni dejo de preguntarme si hemos dejado de molestar. Y por qué dejamos de molestar. Si es por miedo, si es por cansancio, si es por precariedad o por falta de tiempo.

Lo único que sé es que tengo miedo. Pero menos que ayer. Que tuve miedo la primera vez que lo vi, porque Ciutat Morta confirmó que las cloacas del sistema miden más que la imaginación. Tengo miedo porque los malos no son sólo los policías y los políticos. Tengo miedo porque una jueza de instrucción es capaz de truncar vidas y tengo miedo porque hay médicos, joder, putos héroes, que son capaces de mirar para otro lado. Tengo miedo porque el final fatal de Ciutat Morta hubiera sido el mismo con otros médicos, otra jueza, otros policías, otros periodistas y otros políticos. Tengo miedo, en fin, porque del suicidio de Patricia Heras no hay dos o tres responsables. Son decenas. Es el sistema.

No tengo miedo porque yo no podría haber sido Patricia Heras. Si yo hubiera acabado en el hospital, ningún policía habría venido a por mi. Porque yo no me afeitaría la cabeza en forma de ajedrez y mi estética no podía confundirse con eso que se llama “estética okupa” y que me da asco hasta teclear. Pero tengo miedo porque todavía no sabemos que los malos visten corbata y traje de chaqueta. Y miedo porque una chaqueta y no otra, un piercing y no otro, un peinado y no otro, se convierten en un valor jurídico para hundirte en la miseria.

Y aunque sigo estando muerta de miedo, también pienso que, a veces, el miedo cambia de bando. Primero dentro de nosotras. Nunca me ha dado miedo cruzar el Raval por la noche, no me dan miedo las putas ni las migrantes -y me parece absurdo escribirlo, pero hay personas a las que sí le dan miedo, las mismas que confían en las corbatas y los trajes de chaqueta. El sábado por la noche, cuando salí de La Rouge e iba a plaza Sant Jaume, no dejé de pensar que lo que me daba miedo del Raval era cruzarme con la Guardia Urbana o con los Mossos d’Esquadra. Que pase lo que pase, mi palabra vale menos porque yo no llevo uniforme, porque yo no tengo un padre diplomático.

Y después, que el miedo cruce al otro lado, al que está fuera de nosotras. Que no duerman Joan Clos, Jordi Hereu, Carmen García Martínez, ni Victor Bayona, ni Bakari Samyang, ni Víctor Gibanel. Ni los otros cuatro guardias urbanos que torturaron a Yuri, ni ninguno de los secretarios judiciales que firmaron la entrada en prisión de los inocentes. Ni ninguna de las piezas podridas del sistema. Que no duerma nadie.

Que no durmamos ninguno hasta que no encontremos la bici de Patricia y Alfredo. La maceta que tumbó al policía. Hasta que Trias retire la jubilación dorada a los guardias urbanos. Hasta que hablen Clos y Hereu. Hasta que la jueza sea juzgada (aquí la petición con ese fin). Hasta que, en fin, vigilemos a los que vigilan. Que no se nos olvide este miedo que pasamos. Hasta que aunque estemos muertos de miedo, el miedo no nos mate.

Y gracias a Patricia, a Rodrigo, a Alfredo, a Juan, a Álex. A Xavier y Xapo. A La Directa. A quien cada día, muerto de miedo, lo mata.

More from Esperanza Escribano

Universidad y policía para todas

Huelga universitaria. 4+1 o 3+2 no dan el mismo resultado. Es lo...
Read More

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.