Arroz Negro

Erick, final del camino:// Explicarle este final a Ellen, precisamente hoy. Pero debo darle la carta que ha dejado. Debería intentar brindarle aliento, ofrecerle una explicación a la que aferrarse para no perderla, de algún modo, también a ella. Pero ni siquiera soy capaz de encontrar razones para mí, para no sucumbir yo. Somos humanos y, como tales, podemos ser insensibles rocas capaces de hundirse irremisiblemente en la primera ciénaga del camino en lugar de bordearla. Siempre había admirado de Erick esa granítica expresión de control. Quizá hacía mucho que se había borrado de su cara y no me había dado cuenta.

 

Jamás tuve la impresión de que debía preocuparme por Erick. Supongo que les tenía demasiado respeto a él y a su hermetismo. Era Erick, joder. La insensible roca Erick. El autosuficiente Erick. Erick y sus ilusiones. Erick, el que me animaba a buscar allí donde nunca me atrevía, a no conformarme sólo con lo que veía. Qué paradoja. Qué mal me enseñaste a hacerlo, Erick. Mi amigo y su segura imagen rotos para siempre, de pronto, sin haberme dado cuenta de nada. Ahora queda lacerarme hasta entender que, cuanto en él veía, no era sino lo que yo necesitaba que él representara para mí.

 

Para él todo era relativo, poco espacio dejaba para las cosas blancas o negras, y los hechos volvían a darle la razón incluso ahora que la había perdido del todo. La mayoría necesitamos organizar todo aquello que encontramos a nuestro paso, bien sean hechos, acciones o ilusiones, bien sean propios o ajenos. Queremos que las cosas sean blancas o negras, buenas o malas, amadas u odiadas y, de esta forma, poder ir apartando a uno u otro arcén cuanto encontremos. Hemos de transformar nuestro grácil caminar en una carrera lineal, sin obstáculos, limpia, que nos permita recorrer la recta de tribuna con un gesto de absurda suficiencia. Erick no era tan simplista, en su camino también había trastos apartados a uno u otro lado del camino, pero eran los menos.

 

Él avanzaba armonioso por una vía que resultaría impracticable para los demás. Así como yo aparto a un lado a quien se equivoca y me provoca un perjuicio, también va al arcén opuesto aquel que me brindó un día su apoyo o a quien creo que merece mi estima. Y allí se quedan. El resultado, según Erick, en cualquiera de los casos, no era otro que el del olvido, impedirme dar con la realidad relativa (como tanto le gustaba decir) y que, por haber clasificado, odiaría para siempre sin recordar porqué y podría amar sin estar. Hoy, tras años pensando que entendía sus palabras, éstas me resuenan como nunca y no puedo evitar el darle la razón. Ahora, parado en el arcén, antes de encontrarme con Ellen, intento dar con la forma de explicarle esto, que le etiquetamos y nos olvidamos de él, que lo clasificamos, metimos a Erick en una urna con su correspondiente placa y nos olvidamos de andar junto a él. No supimos ver las energías que se estaba dejando, tampoco recordamos lo que suponía esto para él. Todo estaba bien ordenado en su correspondiente vitrina, con su placa y su leyenda.

 

Erick no gritó pidiendo auxilio. Estoy seguro de que se limitó a mascullar algo parecido a un quejido. De todas formas, si se hubiera dejado la voz insinuando que necesitaba ayuda, la vitrina en la que estaba metido nos habría impedido oír que no era tan fuerte como pensábamos, así como ver que las rocas, por muy duras que parezcan, se hunden. Como le ha pasado a Erick. Mi inconformista amigo con alma de emprendedor. O eso creo.

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Aleix Mora (Sabadell, 1976). Ha sido delineante-proyectista y empresario autónomo, para que la crisis pudiera pasarle por encima. Actualmente, desocupado, aprovecha para escribir lo que antaño se negó. 13libras.blogspot.com

 
 

Cucarachas:// Aunque las hojas secas sean mi colchón, aunque el asfalto sea mi almohada, aunque las ratas me consideren su pastor. Aunque mi modesto cuerpo se acurruque en los rincones, encogido dentro de un abrigo oscuro y raído, no os engañéis.
Porque yo os conozco, aunque vosotros no me conozcáis a mí.

 

Tras la acogedora oscuridad de la noche, siempre vuelve a salir el sol. Disciplinado, marcial. Mediocre. Y tras él, miles y miles de vosotros. Soldados de la rutina. Autómatas con cerebro. Clones de clones de clones.

 

Yo duermo durante el día, y lo hago con los ojos abiertos. Busco uno de mis lugares favoritos (casi siempre cerca de una boca de metro) y ahí me siento. Para que me dejéis en paz, coloco un vaso de plástico en el suelo. Caen pocas monedas, y cuando lo hacen, el ruido del metal me molesta sobremanera.

 

Mi sueño sin sueños está lleno de vosotros. Salís a borbotones de la tierra, como de una arteria recién seccionada. Con una orgánica regularidad, el caudal de gente aumenta o disminuye: entiendo que se debe a la disciplina de los maquinistas que cada tres minutos dejan los pasajeros en la estación subterránea. La del metro es una boca desdentada que no deja de vomitar y de tragar. Es el principio y el final de un complejo sistema digestivo que ingiere y excreta a través de los poros abiertos de esta ciudad. Ahí debajo estáis calientes. Lo sé, me lo han contado las ratas.

 

Con la misma eficiencia con la que sale por la mañana, el sol desaparece por la tarde. Disciplinado y estúpido. Maldito astro, soy más viejo que tú. Cuando se marcha tu luz es cuando despierto yo.

 

Mientras los vagabundos (ellos sí) buscan el refugio nocturno de los cajeros automáticos, a mí me gusta vagar por los pasillos de este almacén de gente. Me fascina vuestra obsesiva necesidad de ser depositados en cajas perfectamente identificadas. Calle tal, número tal, piso tal, escalera tal, puerta tal. Todos en vuestro sitio. Todos controlados. Pagando a plazos vuestra propia celda.

 

Nuestro éxito fue total.

 

Ciertas noches, en las que me siento especialmente melancólico, subo a alguno de los miradores que rodean la ciudad. Siempre me encuentro coches aparcados en las praderas de preservativos. Las parejas hacen el amor con prisa, furtivamente. Creen que pueden escapar de sus celdas, pero no es cierto. Cuando terminan, vuelven a la ciudad. Cada uno de ellos a su propio almacén. Calle tal, número tal, piso tal, escalera tal, puerta tal.

 

Cuando he aterrorizado a suficientes parejas con mi barba salvaje y mis malos modos; cuando por fin estoy solo en el mirador, puedo sentarme a reflexionar. Contemplo la ciudad y recuerdo cuando no había luz eléctrica, cuando no había calles, cuando no había ciudad. Recuerdo cuando fuimos dioses y reyes de los hombres y cuando dejamos de serlo por puro aburrimiento. Recuerdo cuando os enseñamos a trabajar, a asearos, a pensar. Recuerdo cuando nos construíais palacios. Y los ojos se me llenan de lágrimas.

 

Erais nuestro proyecto. Nuestro pasatiempo.

 

Pero vuestra suerte ya está decidida. Vuestra estirpe resulta redundante e infructuosa. Hoy ha vuelto a salir el sol y será la última vez que lo veáis. Vuestro mundo de asfalto es poroso como una esponja. Ya se han convocado ejércitos de cucarachas que acabarán con todo. Se congregan a millones en las alcantarillas. Se alimentan de vuestros desechos y multiplican su fuerza. Son tantas que la ciudad ya tiembla desde los cimientos. Es como un terremoto sostenido. ¿No notáis la vibración? ¿No oís el zumbido? Están esperando a que se ponga el sol. Entonces saldrán a miríadas de todas las cloacas. Su fuerza unánime hará saltar las tapas metálicas. Un torrente marrón brillante y lleno de antenas devorará la ciudad de los hombres y a los hombres de la ciudad. Ya están aquí. Noto su fuerza incontenible en las plantas de los pies. Convoco su poder a cada paso. Ya salen, nada las puede contener. ¡Saciad vuestro apetito! Porque todo esto debe terminar para volver a comenzar.

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Àlex Oliva i Rodés (Barcelona, 1974) es periodista deportivo y apasionado de la literatura. Le gusta experimentar con el relato breve, en catalán y castellano, y actualmente prepara su primer libro de cuentos.

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