Una de las cosas que más nos cuesta, como gestores de arte urbano, es hacer entender a nuestro interlocutor que estamos hablando de algo más que de cuatro niñatos con un espray, que estarán contentos si les dejas una pared en la que no tengan que correr si les viene la policía.

Anem a pams. El grafiti como manifestación cultural es, por definición, ilegal. O alegal. Vamos, que cómo se le categorice depende del entorno, pero no del fenómeno propiamente dicho. El grafiti es una manifestación espontánea de una identidad gráfica de un individuo o grupo, realizada históricamente en el espacio público del entorno urbano. El escritor de grafiti (que no pintor, porque escribe su nombre) desarrolla un estilo, una identidad visual y una territorialidad que cultiva en cada salida. Y este hecho es independiente de la legalidad vigente en el entorno en el que actúa. Es una actividad lúdica, realizada por puro goce personal y que, en todo caso, pretende interpelar al grupo de iguales más que a la sociedad. Por tanto, no debemos verlo como una actividad contestataria fruto de ningún descontento social, ni de clase, ni producto de ningún desajuste emocional o educativo de nadie. El escritor escribe porque disfruta al hacerlo.



El grafiti es una manifestación espontánea de una identidad gráfica de un individuo o grupo, realizada en el espacio público del entorno urbano. El arte urbano es otra cosa: comparte con el grafiti el entorno urbano como lienzo y muchos de sus códigos de actuación, pero es una actividad profundamente democrática.

El arte urbano es otra cosa. Si bien comparte con el grafiti el entorno urbano como lienzo (aceptadme la metáfora) y muchos de sus códigos de actuación, es una actividad profundamente democrática. Está pensada para que cualquiera pueda comprenderla: no hace falta ser un experto en arte urbano para entender una intervención de Banksy, por ejemplo. Evidentemente, hay artistas y artistas, y como en cualquier oficio funcionan las referencias, y si no las tienes estás en fuera de juego. Pero, a grandes rasgos, el arte urbano pretende comunicar algo a la sociedad, mientras que el escritor de grafiti pretende dialogar básicamente con otros escritores de grafiti.

Dicho esto, volvamos al segundo párrafo, inicio de nuestro hilo argumental. El grafiti se gestiona solo. Nosotros, los gestores, comisarios, productores, detonadores o como queráis llamarnos, tratamos de gestionar arte urbano. Murales, a lo sumo. Pero no el grafiti.

En nuestra actividad como gestores nos sorprendemos, antes que nada, con el profundo desconocimiento que existe sobre esta disciplina. Debemos gestionar expectativas tanto como presupuestos. Pero una vez se entiende qué podemos aportar, el radio de acción de lo posible se amplía enormemente: democratización del acceso al espacio público para todo tipo de intervenciones artísticas, desde las más independientes a las más comunitarias, apertura de nuevas salidas profesionales para artistas, empoderamiento de distintos tipos de colectivos a través de la participación en proyectos… El arte urbano, desde la más pequeña intervención independiente hasta el proyecto más complejo, puede suponer una potente herramienta de transformación social.