Bienvenidos, Pablo e Irene

Me comentaba un amigo periodista el otro día… perdón, vuelvo a empezar. Un amigo que tiene un “periódico” me comentaba que estuviera atento a las publicaciones que iríamos sacando. Me dijo que lo gozaríamos más que un pobre en el bufet de Navidad del Círculo Ecuestre.

La (des)vergüenza de dejar de ser pobre

Ay, cómo nos conoce nuestro compañero “periodista”. Yacía yo plácidamente tomando el aperitivo –vinito en mano– en la hamaca de mi pequeña torre costera, cuando me acordé de echarle un ojo a ver si ya había salido la gran noticia. Una sonrisa inundó mi tez bronceada. No daba crédito: Pablito Iglesias, el Hijo de Vallecas, e Irene “Revolución” Montero se habían comprado un chalet en el campo por valor de seiscientos mil euros. La noticia estaba adornada con fotos del jardín, de la piscina, y de los tres dormitorios. La finca no llegaba a los trescientos metros cuadrados, lo que para una casa de campo no es gran cosa, la verdad. Pero aquello daría muchísimo juego. Al cabo de pocos minutos empecé a recibir notificaciones en mis grupos de whatsapp: Sagrado Corazón, Pádel de mediodía y Business entrepreneurs, todos hervían en una olla virtual de felicidad cínica.

Me comentan mis amigos del upper-Madrid (allí son los Salamancos, referencia geoespacial al barrio de Salamanca) que la zona está poblada principalmente por clases medias plus y algún nuevo rico despistado. A nosotros nos quedaba un poco lejos y, la verdad, nos daba un poco igual el hecho en sí. Como buenos uppers, creemos de corazón que la riqueza se explica y expresa por sí misma, y que cualquier justificación al respecto solo ensucia la idea misma. Pero vamos, que aquello era fantástico: no hay nada más humillante para un pobre de izquierdas que ganar dinero. ¿Sabéis cómo llamamos a esta gente en el upper-Diagonal? T-O-N-T-O-S.

A mí me sigue fascinando. En los días posteriores a la noticia, el bueno de Pablo, Pablo el Adinerado, Pablo el Pequeño Burguesito, salía en defensa de su honor y el de la izquierda, sin darse cuenta de que es su estúpido complejo de pobre el que le hace sentirse avergonzado, y que a su vez evita que otros puedan romper la barrera moral y material para vivir un poquito mejor. Imaginaos las risas en el grupo: pobres que desean ser ricos (hasta aquí todo bien), pero que una vez llegan a serlo insisten en que son lo otro, aquello que querían dejar de ser. Esquizofrenia de clase. Es una guerra fratricida en la que ellos cavan sus propias tumbas. Vamos, que nos ahorran trabajo. Nos lo ahorran, porque algo también tenemos que hacer. Por eso tenemos mano sobre los medios de comunicación, para hacer de una inane historia burocrática un evento porno-político.

Y precisamente al tener esa carencia se hacen vulnerables. Somos bien conscientes de que deberemos preocuparnos el día en que los pobres no se avergüencen por haber dejado de serlo. Pero para llegar a eso muchas cosas tendrían que cambiar… y no, no tenemos ningún miedo.

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