“El ser humano no es libre, la libertad creativa es una quimera y solo lo más arbitrario conforma nuestra existencia.”

La frase castellana es barroca y montañosa como una etapa pirenaica del Tour: se encumbra y planea para luego descender, plácidamente, hasta confundirse con el horizonte de la meseta. La frase francesa, como la catalana, es más parca y directa: hermosos cien metros lisos. No se anda con rodeos y, al barroquismo, opone la claridad. Léase a Descartes, a Josep Pla. Y en castellano léase, por ejemplo, a Sánchez Ferlosio, con unas frases como «galeones o navíos de línea de poderoso casco, múltiple arboladura y complicado aparato de velamen». O, si nos han entrado ganas de viajar, hagamos una visita al argentino Manuel Mujica Lainez y a su novela Bomarzo, en referencia al famoso Bosque de los Monstruos que se encuentra en la ciudad italiana de Viterbo.

Escritor (más bien músico) cuyo estilo no está a la bajura de cualquiera, no tuvo problema alguno con casarse y engendrar tres hijos, y con no preocuparse lo más mínimo por ocultar su homosexualidad acompañado de jovencitos. Tampoco con que un gobierno militar argentino (de 1967) censurara por obscena una ópera basada en Bomarzo («autobiografía en sueño»), ni con sentirse como en casa bajo otro gobierno militar argentino (de 1979), con creer firmemente en la religión cristiana o con solicitar los servicios de una vidente allá donde iba. Etcétera.

Hombre palimpsesto, contradictorio, dandi (vestía con chaleco, monóculo y llevaba bastón labrado), ostenta el raro privilegio de que Fernando Vallejo («Borges es un güevón y todos lo saben. Pero ¡quién le da patadas a un ciego!»; «La prosa de Bolaño es demasiado simple, plana, elemental, del tipo yo Tarzán, tú Chita») lo tuviera en un pedestal y dijera de él: «Manuel Mujica Lainez es el mejor escritor de los últimos mil años». Palabra de Vallejo y, aunque nos la creemos tanto como la de Dios, tendremos que consentir en que, a pesar de la exageración, está justificada.

Daremos una razón: una frase tipo halcón peregrino que vuela por un paisaje del Renacimiento con la armonía natural del castellano, pura música. Habla Pier Francesco Orsini, el narrador, cuando recuerda a su abuela: «Descendía las escalinatas, en Bomarzo, acompañada por las mujeres que la servían, en el opulento crujir de sus largos ropajes que rememoraban las modas arcaicas de Lorenzo el Magnífico, trémulas en la garganta las perlas familiares, y era como si Diana Artemisa, la de los ademanes seguros y el firme andar –una Diana muy vieja y muy joven– se aprestara a partir para una cacería entre sus ninfas asombradas».

¿Ha escalado el lector por las serradas erres hasta el pico de «Artemisa»? ¿Se ha quedado contemplando a la Diana atemporal, como quien planea? ¿Y qué decir de los tres escalones de la última frase? ¿No le ha parecido un ejemplo de ritmo y cadencia natural? Es posible que no, y esta es la principal razón por la que debe leer Bomarzo: una tras otra, las frases se hilvanan creando un tejido musical, como el diccionario en funcionamiento con arreglos de Donizetti, y así nos educamos.

Si el ejemplo no fuera suficiente, que el lector trate de describir los reflejos del sol sobre el agua, esa especie de relampagueo de fuego artificial. Tiempo. Manuel Mujica Lainez dio en un clavo en su libro de relatos Misteriosa Buenos Aires: «La reverberación que irisa de escamas el río». Reléase. Para aprender a escuchar, y para aprender a escribir (en castellano), Mujica Lainez, Mujica Lainez, Mujica Lainez.

Bomarzo, Manuel Mujica Lainez,
Seix Barral.