En Instagram, Lacoste describió una iniciativa que ha repetido los últimos años:

“El cocodrilo ha dejado su puesto icónico a 10 especies amenazadas a través de una asociación con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. El número de polos producidos para cada serie corresponde al tamaño de la población restante en el medio silvestre. Al comprar uno de los 3.520 polos, usted participa en ayudar a la SOS (Save Our Species) y a Lacoste en la lucha por la conservación de la vida silvestre en todo el mundo.”

Admirable, como no puede ser de otra manera: cada polo de esta edición especial tenía el símbolo de un animal en extinción (350 tigres de Sumatra o 157 loros de Kakapo, por ejemplo), y Lacoste lo hizo para concienciar a sus compradores de la importancia de la biodiversidad y destinar los beneficios a su protección.



Es encomiable que una empresa que factura más de tres mil millones al año y produce decenas de millones de prendas de ropa haya podido encontrar tiempo, entre partido de tenis y sesión de fotos, para fabricar 3.520 polos por los animales en peligro de extinción.

Es encomiable que una empresa que factura más de tres mil millones al año y produce decenas de millones de prendas de ropa haya podido encontrar tiempo, entre partido de tenis y sesión de fotos, para fabricar 3.520 polos por los animales en peligro de extinción, lo cual genera, aproximadamente, menos del 0,01% de su facturación (unos 528.000 euros contando que cada polo biodiverso, al doble del precio normal, costaba unos 150 euros). También se puede aducir que es una campaña publicitaria bastante barata. Pero eso no es todo: Lacoste además financia la conservación de los Everglades, en Florida, donde viven tantos de los reptiles icónicos de la marca, y forma parte de la Responsible Sourcing Network, y de la Cotton Pledge, y del Afirm Group, y de muchas otras organizaciones con nombres rimbombantes que aparecen en su página web y en otras webs promocionales, con bombo y platillo, y fotos de extensiones verdes y trabajadores sanos y contentos. 

Pero a los redactores se les escapan algunas expresiones reveladoras: “LACOSTE procura así utilizar algodón que no provenga de fuentes de riesgo en términos de respeto de los derechos humanos.” El redactor de este greenwashing emplea el verbo “procurar”, cuyo sinónimo aquí sería “intentar”, lo cual implica que Lacoste intenta utilizar algodón que no provenga de fuentes de riesgo, pero no que utiliza algodón que no proviene de fuentes de riesgo.

SOS Greenwashing

Las intenciones tienen un problema, y es que no siempre se cumplen. El 3 de marzo de este año apareció la noticia de que la Worker Rights Consortium denunciaba que musulmanes uigures y otras minorías étnicas estaban siendo forzados a fabricar guantes de la marca gala sin remuneración (es decir, trabajo esclavo). La portavoz de la empresa, Nathalie Beguinot, se apresuró a declarar que Lacoste “prohíbe el uso de la mano de obra forzada” (lo cual es lo mismo que si yo prohíbo la evasión fiscal), y aseguró que los auditores visitaron la fábrica china, entrevistaron a los obreros y no detectaron nada. El director ejecutivo de Worker Rights Consortium, Scott Nova, respondió que Lacoste y cualquier otro comprador deberían haber buscado medios para enterarse de las auténticas condiciones laborales, sin confiar en los auditores que entrevistan a los trabajadores en la fábrica, donde no pueden hablar libremente.

La dinámica en el sector textil respecto a los problemas medioambientales y laborales es siempre parecida: todas las marcas tienen iniciativas sostenibles, ayudan a los animales, reciclan, tratan dignamente a los trabajadores, reducen la huella de carbono… en fin, son más ecológicas que un pastel de brócoli. Pero, si se rasca un poco, ¿qué se encuentra?

Las marcas siguen publicando más de sus políticas que de cómo las están implementando y qué resultados tienen: la basura informativa es un problema.

El Fashion Transparency Index (FTI) es un proyecto que analiza la transparencia de las marcas de moda. No sólo estudia las iniciativas y reformas que se publicitan, sino que busca resultados de estas iniciativas que, transparentemente, publican las marcas. Entre las que obtienen peores notas están Armani, Valentino, Pepe Jeans, Dolce Gabbana, Tom Ford o Versace, cuyo porcentaje de transparencia no llega al 10%. En el informe de 2020, el porcentaje de empresas que da la información de su fabricante es del 40%. De las instalaciones donde se hace el proceso, el 24%. Y de los proveedores del material, el 7%. El 54% no son transparentes respecto a las cuestiones sociales o medioambientales. Y, según el FTI, las marcas siguen publicando más de sus políticas que de cómo las están implementando y qué resultados tienen: la basura informativa es un problema, asegura.

En el caso de Lacoste (que está en la parte baja de la tabla), las cifras son desalentadoras y el greenwashing parece más un whitewashing (y ahora entenderemos el verdadero sentido de “procurar”): la transparencia respecto a la trazabilidad es del 23%; respecto a la gobernanza, del 0%; respecto a detectar, publicitar y solucionar problemas medioambientales o sociales en su fabricación y cadena de suministros, 11%; y respecto a las condiciones laborales (sindicatos, esclavitud moderna, salarios), el consumo y la composición de los materiales (reciclaje, plásticos, químicos peligrosos) y la lucha contra el calentamiento global (uso del agua, deforestación), 12%.

No hace falta decir que, si Lacoste cumpliera con todo lo que afirma que hace, la transparencia sería del 100%. Y que si las marcas textiles fueran tan ecológicas y socialmente conscientes no serían el segundo sector más contaminante del mundo ni habría ocurrido la catástrofe del Rana Plaza. Lo sostenible está de moda, pero si el consumidor quiere obtener información veraz sobre lo que realmente hacen las marcas, aléjese de las fotos de prados, cocodrilos y tigres de Sumatra (cámbielas por fábricas hacinadas, mares rebosantes de plásticos y agua lila), infórmese de la contaminación de los ríos en el sudeste asiático, la explotación infantil y la esclavitud moderna, y pregúntese estas Navidades si merece la pena comprar otra prenda en el Zara tan barata y tan nueva que, seguramente, no se pondrá más de dos veces.