Cómo está el patio, amigas

Esta mañana, mientras fumaba un apresurado cigarro en la puerta de la cafetería, esperando a que tuvieran listo mi café para llevar, me asaltó un desconocido para intercambiar impresiones sobre la actual coyuntura político-económica y social. Y no es la primera vez. Ni la segunda ni la tercera. Y, aquí, en Barcelona, que te asalten los extraños con tanta naturalidad para compartir sus miserias que presuponen tuyas también, es de remarcar.

 

No me sorprendería tanto si eso me ocurriera en Antequera, por ejemplo. Quizá ni siquiera en Madrid. Pero en Barcelona (sobre todo en según qué barrios) hay un alto porcentaje de aprensión al contacto con desconocidos, no sé si por esnobismo urbanita o por esnobismo catalanoide (y, siendo yo misma catalanísima, sé de lo que hablo, no me contradigan).

 

En definitiva, mi conclusión sobre la naturaleza de esta nueva costumbre, que no sé si bautizar como “la pérdida del miedo al vecino” o “el renacer de la camaradería”, es que sus causas son la crisis, nuestros cada vez más recortados derechos y la resignación ante la impunidad cada vez más desvergonzada con la que los delincuentes de guante blanco se van de rositas en sus enfrentamientos con la justicia. En las redes sociales nos hacemos eco de todos esos casos así que, aunque ustedes no utilicen los periódicos ni para envolver el bocadillo, están perfectamente informadas de varios y manidos ejemplos, seguro que más y mejor que yo.

 

Por cierto, desde mi humilde palco quisiera mostrar mi apoyo a los trabajadores del diario La Mañana de Lleida, en vaga desde la semana pasada para protestar contra la situación laboral a la que les ha sometido su empresa, que no les paga su sueldo desde hace seis meses. Ahora tengo un cortocircuito cerebral, ¿eso no se llamaba esclavitud? Espero que los hermanos Dalmau, dueños del conglomerado de empresas al que pertenece dicho diario, paguen lo que deben y no salgan impunes por haberse pasado los derechos de sus trabajadores por el forro de los cojones. Vaya trip en el tiempo hasta la época de la Revolución Industrial, ¿no?

 

Y es que, señoras y señoras, abran los ojos: ¿recuerdan los sermones de sus abuelas sobre lo mal que lo pasaron en su juventud? Pues creo que ya podemos decir, sin asomo de vergüencita ajena, que no nos va a tocar nada mejor a nosotros. Cuanto antes lo asumamos, antes nos desembarazaremos de la penosa frustración vital que conduce a la depresión, la adicción a los ansiolíticos o el suicidio. Nos libraremos de esa tontaina idea que nos han inculcado desde temprana edad de que, si no logramos el “éxito”, es porque no valemos una mierda.

 

Nada más lejos de la realidad. ¿Quieren oír un secreto que les dejará con un sabor de boca estupendo? Allá va: no se preocupen, que si no logran el “éxito” en esta sociedad es porque son ustedes buenas personas. Conozco al menos una decena de individuos e individuas carismáticas y responsables, currantas, guapas de ver y de oír, con capacidad de decisión y buenas ideas. Y, ¿saben qué? Pues que no pintan absolutamente nada. Es más, de cara a la sociedad, nuestros padres y los cánones estéticos, son tan mindundis como yo, que me considero una adalid del mindundismo.

 

A mi parecer, es porque una de las virtudes que comparten estas grandes mujeres y hombres es su bondad. A la hora de la verdad, son de un abnegado que hasta asco da. Ver como se dejan pisar, maltratar y devaluar por no ceder en sus ideales, no joder a sus compañeros y no lamer culos, me pone enferma. ¡Cuánto mejorarían sus vidas si solo fueran algo más pelotas con el enchufado de turno, urdieran malévolos complots en la sombra o, simplemente, bajaran algo su grado de auto exigencia! Y por eso mismo, me quito el sombrero ante todos ellos. Gracias por sorprenderme en esos días en los que pierdo la fe en la humanidad.

 

Pero en fin, como ya me he puesto suficientemente intensa para lo que yo misma puedo soportar, voy a romper un poco la solemnidad de esta columna con un ejercicio práctico en el que cada una vamos a poner las normas que nos salgan del coño, como si el mundo estuviera hecho a la medida de los afables y no de unos cuantos egoístas sin escrúpulos que nos educan, generación tras generación, para ser borreguitos bienintencionados, y así evitar que nos arrojemos sin pensarlo a la lucha armada para defendernos de tanto abuso.

 

Les dejo con una pequeña muestra de la particular lista de disparates que, en mi paraíso particular, serían ley, y ya si eso me dejan las suyas, que me pica la curiosidad.

 
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1. El buen ciudadano y mejor persona, debe saludar siempre al entrar y salir de un recinto. La timidez no es excusa para la mala educación.

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2. A los culos, los paquetes remarcables, los pelazos y las vestimentas de cada cual, más que mirarlos hay que admirarlos. Y piropearlos. Nada de disimular la envidia como rata que se escabulle en el alcantarillado. Y si hay que decir algo malo, que no se mire, porque bien es sabido que “al que no le guste, que no mire”. Las impertinencias estarán multadas al criterio de la víctima.

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3. Solo está permitido hablar de las contingencias climatológicas en caso de huracán, terremoto, tsunami, nevada bestial o cuando cae granizo. Los británicos quedan exentos de esta norma porque tienen gracia hablando del tiempo, aunque en pocas cosas más.

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4. A los que van al sex-shop para comprarse un vibrador, buttplug, arnés or whatever juguetito y, al pagar, repiten cincuenta veces “espero que le guste a mi amigo/a”, se les cobra el doble del precio del artículo. Ofender inteligencias les va a salir caro.

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Mientras van pensando en las suyas, me voy a la calle. A ver si algún transeúnte anónimo me embiste con una nueva reflexión sobre la coyuntura político-social, que ya le he cogido gusto.

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5 Comments

  • Toda manifestación contra el abuso de poder es lícita: hay gente airada que alza la voz enérgica y colectivamente, en manifestaciones, asambleas y otras asociaciones multitudinarias; está la que calla porque lleva tiempo asimilando, individualmente y en decúbito supino, tal vez, la magnitud de la tragedia.

    Todos contribuyen a una misma causa, pero quien ha elegido el silencio tiene para sí el arma de la reflexión, gracias a la cual ha vislumbrado que, en este mundo, la queja se convierte a menudo en un negocio empresarial que no suele beneficiar al que la emite.

    El que piensa, más lúcido pero infinitamente cansado y triste, necesita la ayuda del que, en su reflexión, no ha dejado escapar la fuerza. Inteligente, sagaz, con infinitos recursos; tiene la obligación de devolver la voz al silente, debe demostrar su supremacía derrotando el discurso banal del político, no censurando al que lo padece estoicamente.

    Es lícita, también, toda petición razonable a favor del entendimiento.

  • Mi ley en la vida: optimismo y alegría, sonríe, ríete a carcajadas, que esto no te lo quita nadie

  • Añado otra ley: A los que digan “Como es la gente” refiriéndose a otra gente que realiza acciones reprochables, se les haga una auditoría de su conducta en las últimas semanas para saber si realmente el personaje en cuestión está libre de este pecado y es un angelito.

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