Confesiones de una familia cayéndose por las escaleras

Al leer Los muertos y los vivos (1984) de Sharon Olds entramos en un confesionario preciosista que nace en parte de A una carroña de Baudelaire. A esta línea poético-quirúrgica, que han seguido otros estudiantes del devenir humano como Gottfried Benn, ha añadido a Walt Whitman, la sensualidad del cuerpo humano y la exaltación de la vida. Sumemos a Sylvia Plath, Anne Sexton y su claustrofóbica vida doméstica, y tendremos un perfil en tres frases de Sharon Olds.

Solo cuando la mente aúna la elegancia y el detallismo alumbrador con el significado perturbador de sus palabras, lo sentimos: ha dado en el blanco, en el vacío, en el silencio.

Pasan descripciones de fotos terribles pintadas con bisturí y un dramatis personae de una familia que bordea acantilados.

Ha dicho lo que no se dice (y no sabemos si es un ángel o un monstruo).

Nada que ver con su aspecto (una reina indígena), ni con su forma de hablar (comedida, en voz bajísima): profesora de escritura creativa en Nueva York, suele recomendar a sus alumnos que se limiten a describir lo que ven.

Por Los muertos y los vivos pasan entonces descripciones de fotos terribles pintadas con bisturí (niños rusos que se mueren de hambre, presos del Shah, activistas chilenos), pero también un dramatis personae de una familia que bordea acantilados. Olds es nieta, hija, hermana, madre y esposa de abuelos, padres, hermanos, hijos y maridos tan maravillosos como terribles: una familia cualquiera. Pero la convierte en material poético, excepcional, revelador. El abuelo alcohólico y maltratador, el padre alcohólico y maltratador, el hermano alcohólico y marginado; la madre cobarde y la hermana escudo protagonizan momentos de intensidad desoladora que la voz de Olds convierte en episodios de una crónica vital (años después acabó reconociendo que sí, que todo aquello era verdad).

“Mi malvado abuelo no nos alimentaba. / Nos apagaba la luz cuando queríamos leer. / Se sentaba en el cuarto invisible solo, y bebía” (El ojo). El abuelo fue el gran maestro de su único aprendiz, el padre de Olds, “su vaso de carbón / junto al vaso de carbón del anciano, / y bebía cuando él bebía, y aprendió / el arte del olvido” (El gremio). El linaje de hombres derrumbados siguió con su hermano, de quien lamenta “la vida / que no está aprovechando, como ese violinista a quien / se le han destrozado las manos para que no pueda tocar – / yo que presencié el aplastamiento de sus manos / y contribuí a aplastarlas” (El marginado). Y, el siguiente poema, Última charla con mi hermano: “Por favor, no / hagas el trabajo por ellos, / (…) / No es / demasiado tarde, tienes toda la vida por delante, / te preceden tus treinta y cinco años de / muerte – he visto a un hombre de ochenta / soltarse de las manos de sus padres y darse la vuelta”.

La integridad de las mujeres de la familia tampoco queda incólume. Por ejemplo, la madre amilanada en Las formas: “En la tragedia, el animal / hembra habría muerto por nosotros, / pero en la vida tal como era / tuvo que mirar / por ella. / Tuvo que hacer a los niños / lo que él dijera, tenía que / protegerse”. O su hermana, megalómana de la fraternidad: “Hitler entró en París como mi / hermana entraba en mi habitación por la noche (…) y meaba encima de mí sabiendo que nuestra madre nunca / creería mi versión”. El olor ocre de la orina era análogo al “placer / ocre que crecía cuando Hitler se asomaba a / la tumba de Napoleón y murmuraba Éste es el / mejor momento de mi vida”.

Un libro ideal para regalar estas Navidades: la intimidad que crea Sharon Olds llega a ser incómoda, como cuando hueles el aliento de alguien. Es la prueba irrefutable de que está viva.

Los muertos y los vivos, Sharon Olds, traducción (excepcional) de J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas, Bartleby Editores.

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2 Comments

  • Leo el primer párrafo de tu escrito y ya flipo. Sharon Olds, Baudelaire, Gottfried Benn, Walt Whitman, Sylvia Plath, Anne Sexton. Me siento culturalmente disminuido. Ignoro si tus lectores son capaces de captar todo lo que flota en ese párrafo. Hace falta tener un amplio acervo cultural y una desarrollada capacidad para identificar relaciones.
    Para los lectores de a pie con cultura de bachillerato franquista se nos hace difícil penetrar en esas complejidades literarias. Nos pides que como lectores adictos a tus textos nuestra mente aúne la elegancia y el detallismo alumbrador con el significado perturbador de las palabras de Sharon. Parece que, al final, se trata de encontrarnos en el vacío, en el silencio.
    Me he leído los poemas que incluyes y, si te digo la verdad de vacío hay mucho; pero de silencio (que tiene una gran capacidad poética) poco.
    Aparte de los poemas que incluyes me he leído unos cuantos más que he encontrado por internet, por ejemplo este:
    As soon as my sister and I got out of our/ mother’s house, all we wanted to/ do was fuck, obliterate/ her tiny sparrow body and narrow/ grasshopper legs.
    Lo de querer follar me queda claro; pero lo de borrar el cuerpo de gorrión y las patas de saltamontes no acaba de encajar en mi mentalidad simplista de disminuido cultural y me resisto a aunar la elegancia y el detallismo alumbrador con el significado perturbador del folleteo.
    Antes de comprarme ese libro por navidad yo empezaría por leer a Baudelaire que quizá pensaba en una posible futura Sharon cuando escribió aquel soneto que en traducción de Carlos López Narváez acaba con:
    “Cortesana imperfecta -¿de qué puede valerte
    denegarle a la Vida lo que hoy llora la muerte”?
    Mientras -¡pesar tardío!- te roen los gusanos.
    ¡Feliz Navidad!

    • Ferran,
      comenzar por Baudelaire (y Walt Whitman) me parece una magnífica idea. Y no es necesario abrumarse ni disminuirse por los nombres de los otros poetas que cito (leámoslos en nuestro tiempo libre, sin tomarnos muy en serio, en una terraza o en la playa), pero al escribir sobre poesía me parece imprescindible referirme a la poesía (y a los poetas) para tener un marco de referencia en el que ubicar a Sharon Olds (para hablar de Messi, si queremos extrapolarlo al fútbol, tendremos que referirnos a Maradona, Pelé o Cruyff).
      Respecto al silencio: la metáfora es dar en el blanco con la palabra, decir lo que no se dice, dar nuevas palabras a la tribu para aquellas experiencias y sensaciones que vivimos todos, pero que pocos dicen. Se trata, precisamente, no de encontrarnos en el silencio, sino de reconocernos en la palabra.
      Por último, creo que lo perturbador en Olds no es el folleteo, sino que pueda reconstruir con cierta belleza el alcoholismo de su padre, la cobardía de su madre o el fracaso de su hermano, igual que Baudelaire hizo con la carroña.
      Muchas gracias por tus comentarios,
      Alfonso

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