Contra todos

En La Rambla paralela, de Fernando Vallejo (alma gemela del gruñón noruego Kjell Askildsen), un viejo colombiano llega a Barcelona para la Feria del Libro y desde la terraza del Café de la Ópera de las Ramblas (mientras toca el fondo de todas las botellas de aguardiente con su lengua abismal) recuerda a los dos únicos seres que ha querido —a su abuela y a su perra, la Bruja— y la noche que pasó en una pensión del Paralelo junto con un joven prostituto cuarenta años atrás.

Trago tras trago, interpretando el vaivén de las olas del mar (“¡Al carajo! ¡Al carajo! ¡Al carajo!”), viendo sin ver, muerto insomne recordando a los muertos, no deja bípedo con cabeza durante 180 páginas: contra Francia (“Todo lo de Francia es mito, cuento: Rimbaud, la igualdad, la fraternidad, la libertad, la cocina… ¡Marihuanadas!”), contra sus propios libros (“¿Si quiera se vende esa porquería?”), contra Bolívar (“Le salieron callos en el culo de tanto montar en mula cabalgando llanos y montañas de un continente loco detrás de la quimera de la gloria”), contra los poetas (“La que sí se había jodido por completo era la palabra ‘poeta’, que quedó valiendo en su opinión como ‘hijueputa’, pues había tantos de los unos como de los otros: no menos de cinco millones”), contra Colombia (“A Colombia lo que le falta es una ley que prohíba la proliferación de leyes. Y otra que prohíba la proliferación de gente. Y una vieja verraca como verraco’e Guaca que las haga cumplir”), contra los hijos (“Los hijos que no tuvo eran el orgullo de su vida. Con ellos quedaba más que justificado. Había pasado por este mundo haciendo el bien: nada”), contra la Iglesia (“La Iglesia, güevón, no es una colectividad religiosa sino un ‘ente’ económico-político, con bancos, barcos, aviones y todo tipo de intereses terrenales. Lo único que le falta hoy al Vaticano es montar una cadena de burdeles con monaguillos”), contra los humanos (“Nada tenía contra los judíos ni contra los chinos ni contra los negros por ser judíos o chinos o negros sino humanos. Si hubieran sido cuadrúpedos habría sido otro cantar”), contra la lengua alemana (“por la ‘intraducibilidad’ al alemán de sus libros dada la escasez de insultos en esa pobre lengua pendeja”) contra el “cagatintas” y “comemierda” de Octavio Paz (“ese hombrecito envidioso, rencoroso, malo, que hablaba con voz de vieja y que al final se le ancharon las caderas y le salieron tetas de vieja”), contra el Papa (“pontífice de la Sacra Roña”), contra los pobres (“El dele-dele sin parar de la chusma proliferante, la turba vándala, el lumpen zángano, el rebaño-jauría que llenaba las plazas al cura-papa y a Castro y que había que exterminar con Flit para moscas. (…) El pueblo es la negación del individuo, que es lo que hay en el aquí y ahora: él, ella, usted, yo…”), contra el sol (“saliendo y poniéndose como un estúpido”), contra los políticos (“Odiaba al primer ministro de Inglaterra, al presidente de Estados Unidos, al del gobierno español, al de Francia, a los déspotas de Cuba, Libia, Irak, Arabia, al demagogo de Venezuela, al capo vaticano, al energúmeno de Palestina, al juez Garzón”), contra los musulmanes (“Peste propagadora de la peste humana, que les cierran las puertas de las mezquitas a los perros. ¿Acaso se creen espíritus gloriosos estos cagones? (…) Había que darles por el culo y después volarlos con bombas sucias”).

Para evitar represalias en estos tiempos de ofendidos, Vallejo tiene la prudencia de matarlo en la última página

Pero, a ver, ¿está a favor de alguien este viejo? Sí, de los animales (se jacta de distinguir una hormiga de otra) y de Lutero (“¡Cura rebelde y verraco que osó alzarse en rebeldía los hábitos para fornicar con una monja!”). Para evitar represalias en estos tiempos de ofendidos, Vallejo tiene la prudencia de matarlo en la última página.

Años después, Colombia fue el país invitado en la Feria del Libro de Guadalajara. A Vallejo no lo llamaron. Le preguntaron por qué: “Que la ministra de cultura y Padilla se metan su feria por el culo, que yo me meto cosas más interesantes”.


Fernando Vallejo, La Rambla paralela, editorial Alfaguara.

 

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1 Comment

  • Me gustan tus artículos porque me ayudan a redescubrir personajes. Seguramente me equivoco cuando me atrevo a comentarlos con una reflexión tontorrona e internetiana; pero tampoco arriesgo mucho. Fernando Vallejo, año más año menos, tiene mi edad. Mucho antes de ser viejo ya presumía de estar muerto “más o menos yo ya estoy muerto”. Creo que es consciente del escaso margen de vida que le queda en un mundo plagado de escritores; pero aspira, como esos tantos miles de escritores que a lo largo de miles de años aspiran, a perdurar en el infinito de la eternidad (la literaria al menos).
    Como Kjell Askildsen, que ya sólo empieza libros, no parece que tenga mucho que escribir y después de anunciar que moriría en Méjico se ha vuelto a su Colombia. Como bien dices despotrica contra sus propios libros con un discurso irredento «para matar al loco de mis libros anteriores». Seguramente se pregunta ¿Cómo Cervantes sigue ahí con un único libro? o “fue el Quijote el autor de ese libro inmortal.” Dice que todo lo consume el olvido y que el olvido es viento, Se ancla en una muerte que lo deja a la merced de los vivos, indefenso ante su rencor, sintiendo muy cercano el fantasma del olvido. Pero se aferra a una memoria errática de hechos humillantes que le han sucedido en el camino de su vida de muerte en muerte, de nada en nada. Despotrica de todos y de todo, especialmente del progreso ¿progreso? pero al mismo tiempo abre una puerta a la esperanza y formula un deseo muy poco racional: «Si hubiera forma de parar el tiempo para que no avanzara, y el mundo para que no cambiara…».
    Declara muerta e inútil la poesía, que vale como “hijueputa”, pero en uno de sus escasos poemas nos regala estos versos que apuntan a su Dios:
    “Manda un rayo ahora de tu omnipotente cielo
    que me destruya, de suerte que la suprema prueba
    de tu existencia sea mi odio.”
    Gracias Alfonso

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