Las callejuelas del Gótico son estrechas y se parecen tanto entre sí, que crean un laberinto literario que ha hecho correr ríos de tinta. Sucede lo mismo con el barrio de Gràcia, en el que algunos/as sufren durante años la dificultad de no saber dónde está el metro Joanic, la plaça del Diamant, la Horchatería de torrent de l’ Olla, o los falafeles del Musta. Giras una esquina y parece que estemos en la misma calle estrecha, tradicional o traidora, y hasta que te acostumbras, transcurre un buen pedazo de tu vida. Cientos de libros se han escrito al respecto, advirtiéndonos de que en nuestro periplo encontraremos tantas caras similares a la nuestra, que la individualidad se verá afectada, y nos deprimirá nuestra falta de originalidad. Y es que sentirse un único con algo exclusivo que contar, es una tarea fundamental en la sociedad que ha convertido las audiencias, en el Dios al que alabar.

Photo by Martin Frasso

Pero hagamos justicia y disculpemos a los urbanistas. El lector ya tendrá las sospechas de que esto no se debe a las planificaciones de la arquitectura modernista o post modernista. Es algo que se debe a un veneno, un veneno que causa una depresión cognitiva, una tostada mental que mantiene, funcionando, las estructuras reales de la ciudad. Y esa tostada mental no se soluciona con el GPS de un Smartphone, ni es una conspiración. Lo nocivo no está en el aire ni en el agua, sino dentro de nosotros/as. Como defendería Durkheim y rubricaría Maffesoli, esa sustancia amenazante es una energía tremendamente caprichosa y misteriosa. Es un veneno con el que no se trafica, ni se intenta paliar de modo alguno. Tampoco nadie habla de Él, cosa que por otro lado, lo hace más sugerente y seductor. Precisamente porque se siente, se palpa, se vive, y llega a lo recóndito de la intimidad de nuestro ser, se vuelve una droga demasiado intensa como para ser revelada. Todos/as procedemos a inyectárnosla, y contemplamos los síntomas de esa auto inoculación en el rostro de los demás, y en la economía de Barcelona.

 

Como en esta columna pretendemos ser honestos, y no damos importancia al riesgo de ser excomulgados de nuestra condición de modernitos, diremos que el veneno que hace funcionar a esta ciudad es una promesa: la promesa de que la oportunidad que cambiará nuestra vida está a la vuelta de la esquina.

El problema comienza cuando que este rasgo común a otras ciudades, se contagia de la marcha mediterránea, del espíritu del sur más tópico, y la gente nos olvidamos de que las oportunidades hay que currárselas. Parece que nuestro único mérito fue decidirnos por esta ciudad. Imaginamos que al girar hasta la próxima calle y allí estará esperándote la fortuna y la fama, ¿pero quién quiere currarse nada cuando cualquier vicio, la playa, la tranquilidad, el caos, o el sexo, se pueden conseguir tan rápido?

 

Es difícil que nos guste Barcelona, lo que nos gusta es nuestra propia Barcelona, compuesta de un mapa de esquinas con oportunidades como putas, que esperan para hacernos la felación fácil. Y vuelta para atrás. Nuestra vida va pasando, los mosquitos tigre que dicen que llegaron en 1940, nos van picando, y nos auto convencemos de que en la próxima esquina, algo que merece la pena transformará nuestra existencia.

 

El veneno de Barcelona es ocultar entre la diversidad de la ciudad la verdadera cara del corporativismo local, cosa real-real, y que pone el escenario para que nos chutemos la sustancia que marchita nuestro cuerpo. Pensamos que alguna esquina nos llevará a la conquista de Pedralbes, y nos convertiremos en un auténtico barcelonés universal y cosmopolita. Mientras, durante el tiempo que nos lleva arreglar nuestra orientación, los call centers se llenan, cada año, de futuros aspirantes a recibir la dosis de veneno de la ciudad condal.