Cuatro apuntes sobre la vida {nf}

. Ayer por la tarde estuvimos cinco horas en el jardín. Mi padre y yo. Ambos leyendo y escribiendo en silencio. Los pájaros, los árboles, algún perro ladrando a lo lejos y las campanas de la iglesia, recordando que todo estaba bien, de vez en cuando. Durante todo este tiempo, tres personas pasaron por el camino frente a casa y nos saludaron escuetamente. La última de ellas, un vecino, al oscurecer, que gruñó algo así como: “Weeeeey”. Mi padre alzó la vista del libro, le devolvió el saludo y, cuando el sonido a madera hueca de sus madreñas contra el suelo se hubo alejado, dijo: “Qué ajetreo, esto ya parece la Gran Vía”.

. P.A. Acabo de leer lo escrito en mis notas del colegio, que he encontrado en un cajón. Progresa adecuadamente. No sé si se sigue utilizando esta terminología actualmente. Progresa adecuadamente. Qué absoluta maravilla. Qué palmada de ánimo en la espalda, qué alegría. Aunque entonces no le diéramos importancia, ya que teníamos un único camino ascendente. Pero, ¿qué no daríamos ahora porque alguien infinitamente más sabio, con la edad de Matusalén, nos lo dijera, lo escribiera en un papel y nos lo tendiera sonriente? Progresa adecuadamente, qué bellas palabras cuando ya sólo podemos aspirar a Permanecer.

Y qué palabras tan crueles debajo de sus supuestas buenas intenciones, qué palabras de mierda, cuánta maldad encerraban; hacernos creer que había algún lugar al que llegar, algún objetivo claro, algún progreso óptimo con el que comparar, convencernos desde tan niños, de que el presente no era más que una prueba, un examen con el que evaluar nuestro grandioso futuro, que no había que dejar para mañana todo lo que pudiéramos hacer hoy, labora e non ora, y todo lo que no viviéramos en el instante sería recompensado con creces mañana.

. Con veinte años, siempre, el mundo está anticuado y necesita ser renovado. Con treinta, el mundo está equivocado. Con cuarenta, comienza a estar loco. Al mundo, en realidad, le importa una mierda lo que pensemos, pues no lo conocemos en absoluto, y no hacemos otra cosa que una capa tras otra con nuestros sucesivos sallos.

. Mi abuela solía contar que, cuando pusieron el alumbrado público en la capital del concejo, a principios del s. XX, bajaron de los pueblos para tan importante ocasión y se reunieron en la plaza. Oscureció, y allí estaban señoritos y campesinos, burgueses y aldeanos, comerciantes y criados, curas, guardias civiles, médicos y boticarios y el pueblo bajo, aguardando, unos en los balcones engalanados, otros en sillas plegables, la mayoría sentados en el suelo, todos, todavía, en el pasado. A media noche, a la hora anunciada, se encendieron, por fin, las farolas y de las miles de bocas salió un gran Ohhhh de admiración al que siguió un aplauso. Mi abuela era niña, pero lo recordaba bien. Por lo visto, un vecino suyo, un aldeano anciano, pongamos que se llamaba Pepe, sonreía y le caían grandes lágrimas por sus mejillas curtidas de campesino analfabeto.

—Qué pasa, Pepe, ¿gústate, ho? — le preguntó, divertido, mi bisabuelo para disimular su propia emoción.
Pepe volvió a sonreír y, tras secarse las lágrimas con un pañuelo viejo, dijo:
—Ahora ya puedo morir en paz, he visto el día en la noche.

—Esto último es bonito, cariño.
—De eso hablo, precisamente de eso.
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