El fin del mundo

En la Via Augusta —arteria crucial del mundo Upper Diagonal— hay una callejuela emboscada que interrumpe la calle Amigó para unirla con la calle Descartes. Esta callejuela-paseo colinda en el lado este con la torre del edificio de la compañía de seguros Zurich (para ahondar en la poesía elitista del capital), y de la sombra de sus cristales y la espesura de los cipreses que lo rodean se genera un espacio un tanto salvaje.

Aquel sitio brinda a los polluelos del Upper algo que en la zona alta no abunda: espacios cuya función urbanística no ha estado definida sobre plano. Es decir, es un lugar para imaginar. El espacio no da para que los niños puedan utilizarlo como recreo, y la penumbra en la que se hunde espanta a los más temerosos. Al ponerse el sol, jóvenes de código postal 06 salen de sus casas para ocupar los recovecos generados por el manto privilegiado del escondrijo.

Se creen, en su tierna vanidad, contraculturales, porque a la que salgan de este limbo serán, a sus ojos y de la sociedad, desviados del camino recto.

Con los diecisiete ya cumplidos, el camino de la vida adulta se les empieza a desvelar. Millenials de buena casa, ya han aprendido en su corta vida que, para molar, te tienes que diferenciar. A eso, y con el paso del tiempo, lo llamarán espíritu crítico. Es algo parecido a una conciencia de clase, pero con el factor trabajo relegado a un segundo plano. Aquí lo que importa es el mundo que se abre y estar por encima de él o, al menos, circundarlo. Por ejemplo, si la estética predominante pide a gritos enfundarse un fachaleco, ellos prefieren emular el Bajo Mundo con camisetas sin mangas, bambas anchas y pantalones descuartizados. Se creen, en su tierna vanidad, contraculturales. Un poco como todos aquí, porque a la que salgan de este limbo serán, a sus ojos y de la sociedad, desviados del camino recto, etapa pasajera que más vale ignorar.

Marc y Pol ya se encuentran aquí, sentados en las mismas escaleras de siempre. A escasos metros se hallan los dos chavales que cantan torticeramente sobre la base de rap que ponen en su móvil. De vez en cuando se acercan para pedir papel. Unos metros más abajo tres chicas y un chico comparten unas cervezas. Parecen bastante mayores, casi rozando la treintena. Alex se pregunta si, con su edad, seguirán acudiendo al mismo sitio de reunión. Se sienta entre sus dos amigos. Marc le mira con una mirada triste y cómplice a la vez.

—Pues, lo que le estaba contando a Pol. Me voy de aquí, tío.

—¿Cómo? —reacciona perplejo Alex.

—Sí, ya sabes. El piso era propiedad de mi padre, y después del divorcio mi madre ha estado buscando… —dice Marc.

—No jodas. ¿Y dónde iréis?

—Fuera de la ciudad. Mi padre no nos puede pasar pasta porque no le va muy bien el negocio. El piso lo heredó de su abuela, ¿sabes? Pero piensa en venderlo…

—Vaya mierda. Con la de horas que nos hemos tirado allí. Algo está mal, en el Upper Diagonal.

—No, no es en el Upper…

—Oye, pero seguirás viniendo los viernes por aquí, ¿no? —pregunta esperanzado Pol.

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