Según datos del Ministerio de Sanidad, una de cada diez personas toma ansiolíticos para hacer más soportable su vida. Ansiedad, depresión, insomnio mitigados con diazepam, lorazepam, rivotril.

Son solo unas cuantas de las llamadas benzos para paliar el dolor. Las estadísticas no son inocuas: cuando hay crisis económica suben los casos de depresión y suicidio. La sanidad pública, además, es hoy territorio deforestado a causa de los recortes y privatización de los últimos años: menos personal, menos tiempo en consulta y el malestar derivado de lo profundamente injusto de nuestro sistema abren el campo a las drogas con receta médica. ¿Vamos camino de convertirnos en EEUU?

La imagen que devuelve la gran potencia norteamericana pone los pelos de punta. Los estudios recientes apuntan a un problema en el consumo de psicofármacos que muchas veces deriva en opiáceos. Sin cobertura sanitaria universal, el paraíso para las grandes empresas es en realidad un infierno para el sujeto de clase trabajadora adicto a los ansiolíticos. Un modelo neoliberal yanqui que se extiende como un virus desde hace años. Los empresarios de Glovo en Barcelona son un claro ejemplo: “No es precariedad, es libertad” defienden (mienten), mientras se consolida un estilo de vida acelerado y los fondos buitre nos echan de casa. Ante una sociedad que parece ignorar sus propios males, es fácil preocuparse por el rumbo que toma el tratamiento para la salud mental.



El pasado 17 de marzo, Íñigo Errejón, diputado de Más País, llevó esta misma preocupación al Congreso. Ante su intervención, un diputado del PP estalló con un “¡vete al médico!”. En las redes aparecieron múltiples testimonios que rompían el estigma que envuelve la salud mental y con ello, se abría un debate en torno al consumo de ansiolíticos.

Todo se reduce a los ansiolíticos

Para aclarar nuestras dudas charlamos con Joana Forcada, médico residente de psiquiatría, que empieza explicando que el aumento en el consumo de psicofármacos es estructural: “Los médicos de cabecera a veces tienen menos de diez minutos para visitar y el malestar, con tan poco tiempo, solo puede tratarse con químicos. A la vez, el resto de especialistas también estamos saturadas y por lo tanto, quien termina por asumirlo es la atención primaria. Si hubiese una estructura diferente, podría gestionarse de forma diferente”.

“Nos han vendido un mundo sin malestar, ‘objetivo malestar cero’, y hay que combatir esta idea porque no es real.”

Por otro lado, recalca que el abordaje debería ser también filosófico y político: “Nos han vendido un mundo sin malestar, ‘objetivo malestar cero’, y hay que combatir esta idea porque no es real. El sufrimiento forma parte de la vida y puede ser una fuente de aprendizaje y de construcción personal.” Sin embargo, añade: “Es importante detectar cuándo el malestar viene de dentro o de fuera de la persona”. Forcada explica que muchos pacientes llegan a la consulta con una crisis tras sufrir la muerte de un familiar, pero también por el profundo dolor y malestar que le causan sus condiciones materiales y sociales de vida: trabajo, machismo o un techo bajo el que vivir. “Ante una crisis emocional no puede hacerse otra cosa que tratar la crisis y en ocasiones, la solución pasa por los fármacos. Sin malas intenciones, las doctoras ponemos esos tratamientos para que la persona no sufra de más, pero debe ir acompañado de un discurso. El problema es que esto falta. Cuando llevas trabajando doce horas, cuesta mucho dedicar una hora a explicarle a esa persona que tiene que sindicarse o generar una red de apoyo feminista. Es un embudo social en el cual todos los malestares pasan por la medicina, porque nadie quiere hacerse cargo y la herramienta principal de la medicina recae en los fármacos.”

En este sentido, Forcada va más allá del discurso de Errejón: “No solo hacen falta más psicólogos, hace falta más dinero. Hacen falta más casas, más apoyo social, más tiempo para cuidarnos entre nosotras”. Esto explica por qué los ansiolíticos, que tienen un efecto sedante y homogeneizador del estado de ánimo, también sirven para redirigir el objetivo de la ira y el malestar: “Cuando el problema es tuyo, tú estás enfermo. Cuando el problema es del mundo, tú puedes rebelarte contra el mundo. La vida es hacer o no hacer. O te dejas hacer o tú haces activamente. Hacer activamente suele hacer daño y entonces, como le hemos enseñado a la gente que podemos quitarle el dolor, dejamos de intentarlo.” Y suma: “cuando la vida hace daño, desde distintos lugares, está muy mal visto que lo digas con palabras. Está muy mal visto que, en según qué ambientes, expliques que estás triste. Entonces, legitima mucho tener un síntoma, poder acceder a la medicación y tener un diagnóstico.”

El tabú y la falta de contexto para comprender el malestar, problematizan la forma de abordarlo. “Si nadie te ha dado las herramientas o el espacio para explicar el sufrimiento desde una narrativa vital propia, terminas por colocarlo donde puedes y muchas veces donde puedes es en la ansiedad, la depresión y el dolor corporal.” Esta es una de las razones, apunta también Joana, por las cuales las mujeres están más medicadas que los hombres, para variar. “No solo porque estemos más oprimidas, sino porque hay una enseñanza social que posibilita explicar el malestar y cuando finalmente te animas a hacerlo, te dan tratamiento. Los hombres explotan desde otros lugares.”

El tratamiento psiquiátrico y psicológico del malestar, dice Joana, “ha consistido en la individualización e interiorización del malestar de la persona para poderse sobreponer a él.” Ella considera, sin embargo, que el acompañamiento también debería permitir identificar los factores externos que hacen daño. Para poder hacerlo se necesita tiempo. Lo que muchas veces se podría calmar con una baja laboral, el acompañamiento de una terapia psicológica o la organización colectiva para combatir las injusticias, se reduce a la ingesta de una pastilla milagrosa.

Un win win para el capitalismo, que nos quiere disponibles para el trabajo y para el consumo. Por eso, Joana recalca: “El tratamiento con ansiolíticos es una forma de sobreponerse al malestar más corporal del sufrimiento. En este sentido, no se puede criminalizar mientras no existan ayudas reales y sociales, pero es muy importante entender que es solo un apaño temporal. Después, el trabajo para cambiar las cosas sigue ahí”. Y esta perspectiva se aplica aquí, en Barcelona, o en cualquier punto de EEUU.