Encarna el día de su 103 cumpleaños ©Raquel Barra

En 1931 Encarna Hernández, pese a medir solo 1,54 metros, ya dedicaba al baloncesto todo el tiempo que podía. Desde entonces no ha parado de hacerlo. A lo largo de todos estos años ha jugado en canchas de barrio, en pequeños y grandes clubs. Ha entrenado y arbitrado partidos hasta la saciedad (aunque a ella no le llega nunca) pese a que, antes que ella, ninguna mujer en el país lo había hecho.

A sus 103 años todavía sigue fielmente todos los partidos, lee a diario la prensa deportiva y recorta (¡y plastifica!) todas aquellas noticias en las que aparecen las jugadoras de la selección española de baloncesto, de las que se considera fan y amiga. Puede parecer que desafía las leyes del tiempo, pero lo único que ha hecho esta pionera del baloncesto es seguir su propio consejo: “Si de salud quieres gozar, deporte has de practicar”.

Es una de las pocas deportistas aún vivas que ha jugado durante tres etapas bien distintas en nuestro país: La República, la guerra civil y el franquismo. Entrar en su casa es como sumergirse en un museo vivo de la historia del baloncesto femenino en España, tanto por su completísimo archivo personal y sus paredes repletas de recuerdos, como por su excelente memoria (que muchas envidiamos), como relatan Raquel y Sara Barrera, creadoras del documental La niña del gancho, apodo por el que se conoce a Encarna.



Las dos hermanas cuentan cómo conserva en perfecto estado fotografías de hace casi cien años, como las que le hicieron cuando jugaba en el equipo femenino del Club Altas. Ella misma lo fundó con un grupo de amigos (entre ellos el que sería su futuro marido) en 1931, el mismo año en que se declaró la Segunda República Española.

Durante esos años, la República fomentó muchísimo el deporte, considerado una actividad esencial para enriquecer tanto el cuerpo como el alma. “Como lo más importante era la salud, la libertad y el equilibrio que aportaba el entrenar, lo probaban todo. Encarna, además de jugar a básquet, cogía la bici, nadaba, se iba a caminar por Montjuic… hizo todo lo que pudo”, me explica Raquel.

“También se veía como una manera de acercarse a la naturaleza, por eso los deportes más practicados eran el atletismo, el ciclismo o la natación. Los deportes de equipo, cómo el básquet, también crecieron mucho, pero acababan de entrar en el país, estaban empezando”, recuerda Sara.

Encarna guarda todos las fotografías que le hicieron durante su trayectoria deportiva. Aquí con sus compañeras del Club Atlas, año 1933 ©Archivo personal de Encarna

La dictadura

Evidentemente, este concepto de deporte cambió con la llegada de la dictadura, sobre todo para las mujeres. Entrenar pasó de ser una elección a una obligación impuesta por el Frente de Juventudes. El deporte femenino servía para “conseguir mujeres sanas y fuertes, que en un futuro engendrarían hijos sanos y fuertes para el régimen.” Con ese enfoque exclusivo en la maternidad, se encorsetaba el deporte dentro de la moral cristiana y heteropatriarcal.

Algunos deportes se consideraban más aceptables que otros para las mujeres. El atletismo (que años atrás había sido el más practicado) se prohibió hasta 1961 porque temían que “masculinizara” la figura femenina. La natación, aunque se podía practicar, estaba muy mal vista, ya que las mujeres habían de practicarlo en bañador y corría el temor, difundido por parte del sector eclesiástico, de que las jóvenes se quedaran embarazadas en el agua.

Sara relata cómo Encarna resumía esta falta de libertad con un chascarrillo de los suyos. “Ella explica que durante la república iban con shorts y que durante el franquismo las obligaban a jugar mucho más tapadas y con falda, muy incómodo. Es un ejemplo muy ilustrativo del retroceso que supuso el franquismo.”

“Lo único positivo que hicieron es no prohibirles jugar”, le contesta Raquel. Encarna no paró nunca. Cuando se disolvió el Club Atlas, pasó a jugar en el equipo femenino del Laietà hasta bien entrado el franquismo, pese a que durante la guerra civil se pararon las competiciones. “Es una superviviente, siempre se ha adaptado a lo que le ha tocado vivir para salirse con la suya, es decir, para jugar al básquet. Bombardeaban la ciudad y ella seguía bajando a entrenar”, me cuenta Sara con admiración.

“Yo creo que fue su forma de evadirse del horror que estaba viviendo. Perdió a dos de sus hermanos en la guerra y también daba por muerto a su marido, que desapareció durante dos años. Creo que el básquet la mantuvo con los pies en el suelo y con una ilusión para seguir adelante”. Raquel me explica cómo muchas de las deportistas contemporáneas a Encarna han confesado que la pasión por mejorar y la tolerancia a perder que les inculcó el deporte les ayudó a afrontar esa terrible situación.

“Para Encarna, el franquismo fue una mancha negra tremenda para el deporte femenino, de la que aún nos estamos recuperando. Su manera de rebelarse fue entrenar y ganar sin parar”, dice Sara. En 1944 empezó a jugar en el F. C. Barcelona y lo compaginó con cuatro equipos más: La Sección Femenina y los equipos Cottet, Moix Llambés y Fabra y Coats. Con la mayoría de ellos, ganó campeonatos nacionales y locales.

Encarna y sus compañeras del F.C Barcelona el día que ganaron el campeonato de España ©Archivo personal de Encarna

La posguerra

En 1953 decidió voluntariamente poner fin a su carrera como jugadora para cumplir su deseo de ser madre. Esta decisión, que en 2020 puede parecer incluso carca, en los años 50 era muy rompedora. “Ten en cuenta que en esa época una mujer de cuarenta años ya solía ser abuela y Encarna decidió ser madre con 36”, me recalca Sara. La mayoría de deportistas de la época dejaban de jugar cuando se casaban, alrededor de los veinte años. La de Encarna es una de las carreras más largas que hubo en esas décadas. “Sin etiquetarse como tal, Encarna ha sido una gran feminista y su marido un gran aliado”, concluye Sara.

Como reconocimiento a su papel pionero en el deporte femenino, Encarna ha recibido diversos premios y homenajes durante esta última década. Hace poco más de una semana, Ada Colau la visitó para explicarle personalmente que recibirá la medalla de oro al mérito deportivo. La alcaldesa hizo una encuesta en su Instagram preguntando si conocían a Encarna y solo un 10% sabían de ella.

“Cuando la historia la escriben los hombres, el resultado es evidente y es este. Pero qué guay que existan figuras como las de Encarna que nos transmitan a viva voz la historia tal como fue, que nos recuerden que todo lo que valemos y todo lo que debemos reivindicar”, dice Sara con un tono agridulce en la voz.

A Encarna le debemos muchas cosas, pero por encima de todo, Rauel considera que le debemos la perseverancia de archivar toda su historia y de luchar por compartirla y darla a conocer. “Creo que no era consciente de que hacía historia, pero sí de lo importante que era que esa memoria se conservara. Y yo me siento afortunada de haberla conocido y poder continuar con su tarea”.

Ahora es nuestro turno, el de Raquel, el de Sara, el mío, el de todas y todos. Nosotros decidimos si la figura de Encarna (y la de tantas otras) queda o no en el olvido. ¿Tú qué vas a hacer?