Estaba yo hablando con mi amiga Moreno cuando, entre resúmenes de nuestras vidas y risas, me dijo que las mujeres tenemos próstata. Ella, una enfermera con experiencia, me confesó que a lo largo de su carrera nadie le había comentado la existencia de esta ni la de la eyaculación femenina.

Ni siquiera nosotras, sentadas en el bar, le sabíamos dar un nombre al líquido-ese-que-sale-de-ahí. Concluí que el fluido que regala esa glándula merecía la invención de un término. Así que, después de informarme debidamente con el curso de Andrea Aguilar, una entrevista con Marta Molas y el libro de Diana J. Torres, decidí que yo y mi coño moreno inventaríamos una terminología para la eyaculación femenina. El objetivo era crear nombres hipotéticos que pudieran oírse a pie de calle y que, a fuerza de repetirse, también fueran aceptados en las universidades.

Empieza el juego. 



Cada terminología está basada en alguna evolución natural que han experimentado otras palabras. Por decisión altamente personal, el único denominador común que poseen estos nombres es que están todos en femenino:

La eya

Simple acción lingüística de acortamiento, una reducción de la parte final o inicial de una palabra. En este caso, “eyaculación”, me quedo con la parte inicial porque tiene la misma fonética que la 1a persona del singular femenino “ella”.

Las expertas se apoyan en la terminología de “eyaculación femenina”. Fácilmente se le podría dar un acortamiento ante la necesidad de palabras ágiles que reclaman las conversaciones en la calle (qué George Orwell me está quedando esto). Ejemplos de otras palabras que están abiertamente aceptadas siendo un acortamiento son nombres como Lola (Dolores) visto en un DNI, Bus (autobús) escrito en carteles o fonendo (fonendoscopio) llevado en consulta. Otras palabras menos “legítimas”, relacionadas con el argot juvenil y normalmente autóctonas son “un pensa” (fem un pensament) en Catalunya o “quillo” (chiquillo) en Andalucía.

Ejemplo: «Al chaval le entró eya en el ojo»

La parasta

De forma previsible me apoyo en la etimología de alguna palabra y tomo prestado su origen latino. Defendemos la idea de que la eyaculación femenina y la masculina son sumamente parecidas, que comparten mismas partículas a excepción de los espermatozoides y algunos ingredientes más. Por ello, en un primer momento quise basarme en la palabra en latín “semen”. Sin embargo, significa “semilla” y alude al bicho más rápido del oeste que es justo el elemento principal que diferencia un fluido del otro… Rápido lo descarté. Luego decidí centrarme en la etimología de “próstata” y, así, de paso, dar eco al hecho de que nosotras también poseemos una.

El origen de esta palabra se encuentra en un error al traducir un manuscrito de Galeano de Pérgamo (médico reconocido de la época clásica). Una mala lectura cogió la palabra griega “prostátês” (que está delante), que casó bien con esta glándula debido a su ubicación. No obstante, si nos alejamos de este error podríamos coger el nombre de “prosta” pero parecería el acortamiento de “próstata”, no del fluido que emane. Así que recuperamos la verdadera palabra que utilizaban los griegos para referirse a dicha glándula: “parastátês”. La reducimos (tampoco hace falta que cada vez que eyaculemos nos transportemos a Atenas) y la convertimos en plana para evitar acentos.

Ejemplo: «En su última performance, la artista pintó un lienzo con su propia parasta

La chorreá

Tarde o temprano, debía tener en cuenta que a día de hoy, la acción de eyacular de un sujeto femenino tiene una terminología anglosajona: el “squirt”. Es una consecuencia de la invasión lingüística del inglés, considerado casi idioma universal. La principal traducción del verbo “squirt” sería “chorrear”, más tímida que “echar un chorro”, que eso es quitarse vergüenzas y venirse arriba. Por tanto, cuando hace de sustantivo, lo traducimos a “chorro”. Para reivindicar una de mis lenguas maternas y dado que “squirt” es una palabra masculina y es más vinculante a la acción que al fluido, me centraré en “chorro”. Esta palabra tiene un origen onomatopéyico, deriva del sufijo ch- (sonido que hace el fluido/gas al escaparse) o chorr- (el golpe que hace el líquido al caer). En algunos países de Latinoamérica, y prescindiendo de una “r” y su violenta sonoridad, hace alusión a algo entretenido, peleador, a un monólogo, o a un ladrón (como el “chorizo” de España o el “choraró” de los gitanos).

Entre medio de un mar extenso de significados, encuentro, en los recovecos de algún diccionario de habla extremeña, la “chorrá” o “chorreá”: pequeña cantidad de líquido que se añadía de propina después de haber medido la leche, el vino, etc. Así que escojo “chorreá” por dos motivos. El primero: entender que es un añadido al vaso. Sin él, el vaso sigue lleno. No es necesario emanar fluido para llegar al orgasmo, desbanquemos esa idea patriarcal de corrida = fin trasladado a la eyaculación femenina. Y el segundo: borro “chorrá” porque me remite a “chorra” y, por una vez, aquí no se está hablando de penes.

Debe decirse que, de todas, esta es la terminología más provinciana. Pero recordemos que lo importante es que nazca en la calle, que sea fácil de introducir en una conversación de bar. Y aunque en una hipotética situación, esta sería la terminología menos dada a la aceptación por parte de la academia, es la palabra donde significante y significado tienen más relación sonora.

Ejemplo: «Mamá: no toques mis sábanas que están llenas de chorreá, gracias»

Llegados a este punto, comparto estas terminologías con las múltiples mujeres de mi vida, que viven su sexualidad de distintas formas, para que voten cual elecciones tripartidistas. Dejo un apartado para propuestas y me encuentro joyas como “agua bendita”, “agua di beber”, “agua de manantial” o “manantial” a secas, “escancie” (del verbo escanciar), “salí” (nace de la sal de la vida y de salirse de una misma) y “escudella”. Después de dos días de intensas elecciones, descubro que, en primer lugar, arrasa el término “eya”. Le sigue, con tres puntos de diferencia, “chorreá”. Pierde “parasta”.

En los comentarios, parece que “eya” es más profesional pero, a su vez, ni tan académico como “parasta” ni tan coloquial como “chorreá”. Sin embargo, se cree que “eya”, aunque rompe con la desigualdad entre eyaculación femenina y masculina, hace referencia a ambas eyaculaciones y no permite a la femenina hacerse con una terminología propia. Pensándolo bien, “chorreá” alcanza casi a “eya” debido a que se adapta perfectamente al argot del habla española y otras lenguas encontradas en España.

Propongo entonces que “eya” haga alusión a todo tipo de eyaculación, rompiendo con las diferencias entre sexos, “chorreá” se utilice para la conversación en el bar sobre el squirt de anoche y “parasta” para que la eyaculación femenina goce, para sí sola, de una terminología en el mundo científico y médico.

Especial agradecimiento a Paula Moreno, Andrea Aguilar, Marta Molas y a todas las mujeres que han llevado a cabo su derecho a voto en estas particulares pero necesarias elecciones. Os amo, hermanas.

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