La generación Z y el trabajo // El otro día recibí un Whatsapp y no era mi madre. Era una persona de 22 años buscando trabajo. Era Núria, pero podría ser Marc. Son millones de jóvenes empezando un grado, pensando en su futuro, agarrándose a los últimos años antes del salto, el olímpico, el del mercado laboral.

Un grupo de edad conocido ya por sus habilidades digitales. Son los nacidos entre 1997 y 2012, aquellos que daban sus primeros pasos cuando el impulso tecnológico era ya imparable. La Generación Z, la de los centennials, la que sabe qué funciona en Tik Tok y qué no. Son flexibles, pero también autodidactas. Jóvenes que con menos de 24 años ya se han dado cuenta de que el futuro laboral, además de una quimera, puede ser también una realidad bastante difusa.

“A veces pienso que saldré a buscar faena dentro de cuatro años y a saber con qué escenario me encuentro”, “Yo creo que hasta los 30 años no podré trabajar de lo mío”, “Para llegar donde quiero tendré que pasar por curros de mierda”, nos cuentan algunos de ellos ante la pregunta que más puede aterrar ahora mismo a cualquier centennial: ¿de qué crees que vas a vivir en un futuro? Una cuestión a la que responden con algún silencio y muchísimas dudas. Pero cualquiera las tendría cuando se acercan a uno de los periodos más inestables de las últimas décadas.



En 2020 la economía española cayó un 11%, el mayor desplome registrado en 85 años. Ni siquiera en 2009 encontramos porcentajes similares. Pero si nos fijamos en los jóvenes las cifras no son nada alentadoras, ya que, por desgracia, nuestro país lidera todavía el mayor paro juvenil de toda la Unión Europea con una tasa del 40,7%, según los últimos datos de desempleo de Eurostat.

Utopia de la estabilidad

En Cataluña, por ejemplo, bajar la persiana de los bares y cerrar el chiringuito tiene un precio muy elevado para nuestra juventud. Sobre todo porque un 79,3% de las personas jóvenes ocupadas trabaja en el sector servicios, tal y como muestran los datos del cuarto trimestre de 2020 publicados por la Encuesta de Población Activa. Así que, con esta situación tan en el limbo, no sería de extrañar que más de un menor de 24 años regrese a casa con la maleta en la mano, ahora que no puede continuar haciendo lo que tantos hacían hasta la fecha: cubrir sus gastos a base del sector servicios.

He intentado buscar trabajo de camarero, pero no encuentro nada.

“He intentado buscar trabajo de camarero, pero no encuentro nada. Por desgracia, los trabajadores de la cultura siempre pasamos por ese gremio”, explica Marc Lesan, un joven que, a sus 20 años, además de ser youtuber y realizador audiovisual ya trabaja como freelance.

“Miro mi habitación y sé que me quedan tres o cuatro años en casa de mis padres. Ahora no hay manera de subsistir por nosotros mismos”.

Desde el 2007 la edad de emancipación juvenil no ha hecho más que crecer y crecer, por lo que proyectar un futuro en medio de una tesitura de crisis les resulta bastante complicado. “Imagina tu futuro, sí, pero imagínalo cuando tengas 30 años”, cuenta Núria Repiso, estudiante del último año de Psicología. “La idea de ‘sal de la zona de confort y prueba’ está muy bien, siempre que puedas permitírtelo”, concluye.

De hecho, a pesar de las incertidumbres y las brechas, no podemos negar que los Z son una de las generaciones más globales y abiertas. Crecer con Internet en el bolsillo y con un alto nivel de inglés les permite saber que existe una opción B, es decir, la de que fuera “siempre hay más oportunidades que en España”, tal y como explica Javi Méndez, que con 21 años ya está buscando trabajo en Londres mientras estudia Física por la UNED.

Para lo que hago en España, me voy a Londres.

Él, como otros de su misma edad, se fue bajo el lema de “para lo que hago en España, me voy a Londres”. Como ya ocurrió con los millenials, Reino Unido continúa siendo la cuna de aquellos que buscan en el extranjero la estabilidad y las salidas que aquí no encuentran.

¿Abiertos e irreverentes?

“Económicamente no he sido la persona más inteligente, me vine a Reino Unido sin tener mucho dinero ahorrado”, explica Javier.

No podemos poner la mano en el fuego y anunciar que todos los menores de 24 años son realistas y ahorradores, pero lo que es seguro es que han crecido con el runrún de la crisis económica tras la oreja; con padres y madres en el paro, con los ERTE, los ERTO y todo ese vocabulario de precariedad que ahora, con la Covid-19, vuelve a reaparecer para confirmarles que la inestabilidad ya no es algo pasajero.

De hecho, mientras que los baby boomers se aferraban a un trabajo que les duraba décadas, la tendencia cambia con los padres de estos jóvenes. Muchos de ellos, pertenecientes a la Generación Y (1981 – 1996), se incorporaron al mercado tras la reforma laboral de los años ochenta y eso lo cambió todo. Sus aspiraciones ya eran distintas. Llegaban a un escenario en el que el objetivo era impulsar al máximo la contratación temporal con el fin de reducir el alto nivel de desempleo. La consecuencia todavía nos suena: tem-po-ra-li-dad. Una situación que algunos centennials ya han vivido a base de lo que ellos llaman “curros sueltos” y que se traduce en trabajos de cortísima duración. Como ya les ocurrió a los millennials, y como puede continuar sucediendo, “sus itinerarios de vida están hechos de pedazos, de entradas y salidas de la pobreza”, como explica la psicóloga Clara Esquena.

El modelo de la temporalidad les ha afectado tanto, sumado a su interés por salir, probar y experimentar, que ni por asomo se imaginan los Z con el mismo trabajo para siempre. Ese siempre les retumba, les suena lejísimos. “¿Cuántas horas dices que trabajan mis padres? ¿Y así durante cuántos años?”, dice Javi, que desde luego no aspira a una jornada laboral de 40 horas semanales con 30 minutos libres para comer pasta recalentada en un parque cerca de la oficina. “Es que eso no es calidad de vida. Nos venden que tener un trabajo y una casa es libertad. Pero en realidad lo que haces es trabajar todo el día para tener que mantenerte”, explica Lola Santiago de 18 años.

Así es, los centennials tienen claro que no quieren trabajar tanto como sus padres y mucho menos que su vida dependa del trinomio trabajo-súper-casa. Eso no puede ser, no así. Algo que nadie puede discutirles al ser una de las generaciones más flexibles, más autónomas y, que no se nos olvide, más irreverentes. Quién no iba a serlo con padres que crecieron en plena democracia y con un sistema, el de googlear, con el que todo está a un solo click.

Ser zoomers, como también se les llama, les ha permitido estar por delante en materia tecnológica. Y aunque es evidente que arrastran la presión de la crisis económica, la ambiental y, ahora para colmo una pandémica, también han crecido con reivindicaciones en materia de derechos y libertades que les alejan de conformarse con cualquier cosa. A fin de cuentas, lo de los 20 años en la misma empresa y, además con sueldo bajo, ni lo conocen ni les interesa.

Ilustración: Julio Fuentes

Eternamente cualificados

 

Lola Santiago acaba de empezar un Grado en Humanidades y ya se imagina estudiando otra titulación cuando acabe esta. Como ella misma dice: “todavía soy una mantenida por mis padres y puedo permitírmelo”. Pero de pronto, en medio de la conversación y a sus 18 años, nos recuerda algo muy importante: “Bueno, un sistema educativo en el que solo pueden educarse unas pocas personas… ¡Pues a lo mejor no estamos tan sobrecualificados como creemos!”. O, si lo estamos como ella indica, también tenemos que tener en cuenta que hay zoomers que, aun siendo de la misma generación, viven al margen.

“Bueno, un sistema educativo en el que solo pueden educarse unas pocas personas… ¡Pues a lo mejor no estamos tan sobrecualificados como creemos!”

“En España muchas de las inserciones laborales llegan vía capital social, pero los colectivos inmigrantes están en un entorno poco rico en empleo por la falta de información y de contactos”. Hay espacios poco influyentes a los que ni el boca a boca ni el LinkedIn pueden llegar. Jóvenes sin estudios, también centennials, que ocupan las primeras líneas de paro ahora que “el sector servicios y otras profesiones no cualificadas han caído en picado”, como explica la Doctora en Economía Aplicada y profesora de la Universitat de Lleida, M. Àngels Cabasés.

Como todo, este alargar el periodo de estudios, además de un privilegio para unos pocos, también tiene una traslación directa en la economía. Como indican los datos de la EPA, si comparamos la tasa de actividad juvenil con la de emancipación, que en Catalunya está por debajo del 20%, observamos la correlación entre ambas. A menos trabajo, menos jóvenes activos y, por lo tanto, más años viviendo en casa de papá-mamá y viceversa. Lo que para muchos tiene su lado positivo, ya que siempre que pueden “tienen una tendencia a descentralizar los estudios y trabajar al mismo tiempo. Mientras no encuentran trabajo van probando y esto les permite buscar su sitio en la sociedad”, asiente el sociólogo e investigador de la UAB, Joan Miquel Verd.

Es lo que piensa Núria. “Sé dónde quiero ir, pero como tardaré en encontrar el trabajo que me llena, voy buscando nuevas perspectivas”. También son conscientes de que “si las cosas están mal” habrá que trabajar de cualquier cosa. Aunque eso implique renunciar a alguno de sus sueños. Sin embargo, como todavía tienen ilusión en poder ser psicólogas, directoras de cine, críticas de arte o lo que sea para lo que hayan llegado a este mundo, no dudan en que si tienen que trabajar gratis lo harán. Muchos ya lo han hecho. Parece que lo seguirán haciendo. Sobre todo, cuando a día de hoy “trabajar gratis tiene que ver con figuras contractuales como las becas y otros trabajos mal pagados que, mientras la legislación lo permita, seguirán existiendo”, confirma Joan Miquel Verd.

Es difícil demostrar si pasados unos años este grupo de edad se sumará al síndrome del desgaste millennial que implica darlo todo, como sea, solo porque tu trabajo te llena. Pero lo que sí podemos observar es que, a pesar de estar bien espabilados, de saber qué es calidad de vida y qué no debería serlo, todavía cargan un peso bien grande a sus espaldas. Me refiero a un mercado laboral en el que no siempre hay trabajo de lo que te inspira, de lo vocacional y de que, desgraciadamente, puede que no lo haya en mucho tiempo. Y eso es algo que les obliga, en muchas ocasiones, a aceptar la precariedad o continuar en el bucle de la eterna cualificación.

La generación del cambio…

 

Todas las generaciones han tenido miedos e incertidumbres, pero lo de los nativos digitales es de otro rango.

Sobre todo, cuando se prevé que la recuperación económica, derivada de la actual crisis, no comience a percibirse claramente hasta dentro de unos dos años. Por lo que ya es una realidad que los Z “vivirán peor que sus padres”, afirma Cabasés. “Se les ha enseñado a que estudien y hagan un máster, pero estamos viendo que tampoco funciona. El gran problema es la inestabilidad. No pueden proyectar un futuro a través de contratos temporales”, confirma la economista.

El mercado laboral debería ser un espacio social de interacción, de mutua ayuda y cooperativismo

A pesar del actual bloqueo económico, en algún momento los zoomers firmarán sus primeros contratos serios. Cómo lo harán será algo determinante. Muchos de ellos, como es el caso de Marc o de Núria, ya tienen claro que no quieren vivir en un sistema que les “reduce a bienes materiales”, porque tal y como aclaran, “ningún trabajo recompensa todo el beneficio que genera”. En esto coinciden con los expertos, para quienes el mercado laboral debería ser un espacio social de interacción, de mutua ayuda y cooperativismo. Un lugar donde el capitalismo ha hecho que sean las empresas las que se adueñen de las normas. Unas normas que los menores de 24 años parecen doblegar a toda costa porque ya no atienden a autoritarismos.

Así nos lo han demostrado después de hablar con ellos y con ellas en formato Zoom, que para algo se les llama zoomers. A pesar de las dificultades de adscribir a toda una generación bajo un mismo paraguas, su voz es la de muchos jóvenes marcados por las dudas y el desánimo ante un sistema que les impide contestar rápidamente a nuestra pregunta. No, no saben a ciencia cierta de qué van a vivir. Pero intentan dibujar un futuro laboral como pueden. Y lo hacen sabiendo que no debemos regresar a los 10 años de crisis anteriores. Veremos cómo sobreviven. Seguro que nos dejan un story de recuerdo. A no ser que Instagram les engulla antes.