Y mientras sonreía ingenuo para la foto, me dio por pensar que el amor nos vuelve seres ridículos, todo el día haciendo monerías para agradar.

Eran los años locos previos a la paternidad (hará unos nueve o diez) y recuerdo interminables noches ravaleras en las que fantaseaba cabriolas y daba el espectáculo gratuito —entre mis amigos bohemios, pero bajo la atenta mirada pizpireta de mi novia—; noches en las que celebraba la vida, la juventud y el amor. La ciudad de Barcelona. Hasta que, en alguna ocasión, comenzó a fallarme la elasticidad, o acaso fue la falta de pericia motriz o quiso el despiste beodo que mis alardes circenses llegasen a su fin (o sea, la cocorota contra el suelo). Además, como pronto iba a ser padre, no se me antojaba necesario continuar haciendo el pavo real (la perpetuación de mi estirpe estaba garantizada).



En fin, que la cosa es que yo, que soy una persona juiciosa (aunque es verdad que de un juicio que se me suele presentar en diferido), pues me di al noble ejercicio —diurno y abstemio— del atletismo por la avenida Mistral (dos días duró mi afán). Tras este fiasco, me recluí en una piscina municipal (olímpica, eso sí, la de Sant Jordi). Y hete aquí que fueron pasando los años, de brazada en brazada, y de piscina en piscina (ahora voy a una del barrio de Gracia). Me recluí, cada vez más, en el pensamiento creativo, pero silente, lo cual sucede siempre que uno circula por debajo de las aguas piscineras (en el mar es diferente; está uno para menos fantasías).

Y ahora, casi nueve años después, ahí estábamos de nuevo, este pasado verano. En la playa. Mi hija y yo (la novia se nos perdió por el camino). Haciendo cabriolas. Los dos a la vez, sincronizados. Y mientras sonreía ingenuo para la foto, me dio por pensar que el amor nos vuelve seres ridículos, todo el día haciendo monerías para agradar. Pero, ay, qué felicidad que nos traen estas tontunas.