Hermandad {nf}

Ey, estoy muy bien. Creía que el naufragio había terminado hacía tiempo, pero ahora que estoy realmente bien, comprendo que no era así, que aún estaba embarrancado. No te das cuenta de que las cosas pasan hasta que pasan realmente, hasta que un día te levantas y comprendes que quedó atrás, no amanece hasta que el sol te da en la cara y pasa esa hora de penumbra extraña. Es por eso que pienso en el Sant Jordi que se acerca, y que en Madrid no se celebra, y sonrío. Puedo recordarlo echándolo de menos pero sin resquemor. Sant Jordi matadragones, qué cosas. ¿A quién se le ocurriría por primera vez regalar un libro y una rosa? ¿Leía tal santo mucho y era jardinero? Podría mirarlo en Google, pero estoy perezoso, hoy comienza la primavera y prefiero divagar.

Qué divertido fue el año pasado. Toda esa gente por el paseo de Gracia, apelotonada. Todas esas familiar apretujadas sin intención real de comprar un libro y que miran sin mirar tantos títulos expuestos. Y todos esos escritores bajo un sol de justicia, esperando a que alguien quiera que le firme su libro —cosa que no ocurría demasiado porque todos estaban haciendo cola para la firma de Espinosa o algún otro famoso—, como presos orgullosos expuestos en el mercado. Y las fiestas literarias por todas partes. Si no te invitan a fiestas no eres nadie. Las fiestas literarias que, muchos lectores no lo sabéis, son auténticas orgías de alcohol y ego, pues éstas son dos de las cosas que mejor se nos suele dar a los literatos —aparte de escribir, claro, al menos en algunos casos—. Palmada en la espalda y sonrisa, palmada en la espalda y sonrisa, trago por aquí, trago por allá, hagamos las paces con ese cretino que puso verde mi libro —el rencor es lo tercero que se nos da mejor; perdonar cuando nos interesa, lo cuarto— y bebamos hasta que discutamos de nuevo. ¡Foto! ¡Foto! ¿Dónde dices que hay un fotógrafo de la prensa? Vamos a acercarnos como quien no quiere la cosa. ¿Que en esa fiesta hay comida? Vamos a ver si comemos algo y un dinerillo que nos ahorramos. ¡El camarero! ¡Que no se escape! Joder, en serio, qué de sonrisas y palmadas en la espalda. Qué de editoras guapas. Qué de famas. Qué diversión a raudales. Qué de fotos etiquetadas en Facebook, qué intensidad en Instagram, qué de confeti y fuegos artificiales, qué de pulgas salatarinas repletas de ego.

El último año, digo, el último Sant Jordi que pasé en Barcelona, lo pasé tan bien. Éramos una piña, todos los escritores y editores y plumillas nos llevábamos tan bien. Era el cumpleaños de la mujer que amaba y fue tan buena que no tuvo problema en acompañarme de fiesta en fiesta, aunque no le interesaba mucho. Una de ellas fue espectacular. He de confesar que había tantas vacas sagradas que me puse un poco nervioso al principio, porque sabes que soy tímido, pero me tomé unas cuantas copas y ya me solté. Hablé con otros escritores a los que conocía de oídas, o leídas, y resultaron ser simpáticos, es más, resultó que estaban tan nerviosos como yo y bebían también para soltarse. No sé, no fue muy importante, pero me gustó esa hermandad, parecía que pintábamos algo, que la literatura era el eje del mundo y la sociedad. De hecho en esa fiesta conocí a mi futura editora con lo cual hice bien en ir. Así que, luego, de madrugada, volviendo a la casa en la que vivía con la mujer que amaba, no pude evitar sonreír ante lo absurdo, pero hermoso, de esta vida que he elegido vivir.

—Cariño, perdona que te interrumpa, pero sabes que eso es mentira.
—¿El qué es mentira? ¿Qué dices?
—Cariño, no conociste a tu editora en esa fiesta, sino tiempo después.
—¿No?
—No. Y tampoco volviste para casa y sonreíste. Saliste de la fiesta y continuaste de bar en bar. Luego, le mordiste la cabeza a un escritor que, de pronto, te cayó muy mal y, por último, terminaste inconsciente, tras haber vomitado, en el retrete de la casa de un mexicano al que decidiste abofetear.

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