«Quien quiera que esté llamando al timbre, por favor, váyase al infierno», gritaba en su apartamento del callejón de Patchin Place, en Greenwich Village, una mujer de más de sesenta años cuando venían a visitarla escritoras como Carson McCullers o estudiantes universitarios que se habían dejado hechizar por su leyenda. Era Djuna Barnes y se pasó los últimos cuarenta años de su vida encerrada en un piso diminuto escribiendo versos que no publicó nunca.

La leyenda comenzó en 1921, cuando se fue a vivir a París para entrevistar a los escritores de la incipiente generación perdida (Hemingway, Fitzgerald, Stein) y se convirtió ella misma en uno de sus adalides más extravagantes, amiga de James Joyce —era la única que podía llamarlo Jim— y de T. S. Eliot, el exigente poeta y crítico que siempre sintió una admiración desmesurada por ella y que ejerció de agente literario sin cobrar un solo céntimo. En 1928 publicó El almanaque de las mujeres, una novela en clave que relataba las peripecias lésbicas de un grupo de mujeres parisinas que convenientemente escandalizó las neuronas morales de los popes de moda.



Pero su doctorado literario y vital es El bosque de la noche, que publicó en 1936, y que ha sido considerada una de las grandes obras del siglo xx, a pesar de que su complejidad la haya igualado al Ulises de Joyce como una de las novelas más empezadas y menos acabadas de todos los tiempos.

“Insondable” es el adjetivo que viene a la cabeza cuando el lector se cruza con pasajes como el siguiente, referido a Nora Flood, trasunto de la misma Djuna Barnes: “Ahí va la desmantelada. El amor se le ha caído de la pared. Una mujer religiosa, sin la alegría ni la seguridad de la fe católica que, como por ensalmo, te cubre los huecos de la pared de los que se han desprendido los retratos de familia; si a una mujer le quitan esa seguridad, el amor se suelta y se mete por las vigas. En todas partes la ve. Va buscando lo que teme encontrar: Robin. Madre angustiada que trata de llevarse el mundo a casa”.

Su doctorado literario y vital es El bosque de la noche, que publicó en 1936, y que ha sido considerada una de las grandes obras del siglo xx.

Robin Vote es la mujer andrógina por la que suspiran todos los personajes de la novela: el anticuado barón Felix Volkbein, la mencionada Nora Flood y Jenny Petherbridge (“En sus muñecas y en sus dedos había un trémulo ardor como de represión compleja. Parecía vieja y, al mismo tiempo, expectante de vejez”; y más adelante: “Jenny sufría por la incapacidad de ponerse una prenda que le sentara bien. Era una de esas mujeres pequeñas y nerviosas que, se pongan lo que se pongan, parecen niños atormentados”). El excéntrico relator de todo ello es el doctor Matthew O’Connor, a quien se presenta vestido con camisón y peluca de mujer.

Robin salta entre los personajes sin dejarse coger nunca, volviéndolos locos de amor y desesperación, mientras recorre una larga noche de bares, cafés, borrachera y degradación que acaba (no es un spoiler) en un altar y con un perro. T. S. Eliot consideró a Djuna Barnes el genio más grande su tiempo.

Como es habitual en estos casos, El bosque de la noche pasó desapercibida. Djuna Barnes, ya por entonces alcoholizada, intentó suicidarse en un hotel de Londres en 1940. La rescató Peggy Guggenheim (a quien está dedicada la novela) y la mantuvo hasta su muerte, con noventa años, en 1982. En un reciente artículo, Jeanette Winterson afirmó que Barnes “no trata de transmitir información; trata de transmitir sentido”. Sí, son doscientas páginas exigentes. Pero el lector puede estar seguro de que nunca leerá nada igual. Y, por favor, que no digan que es una novela sobre el lesbianismo: es una novela sobre la vida.

 

 

Djuna Barnes, El bosque de la noche, Seix Barral (tengo en mis manos la edición de 1987 con traducción de Ana Mª de la Fuente, pero la traducción más reciente es de Maite Cirugeda).