Cuando le preguntas a Laura en qué momento considera que empezó el conflicto, la respuesta es clara y contundente: “El problema siempre estuvo ahí”. Durante meses, su comunidad de vecinos se unió para batallar (y finalmente ganar) a un enemigo común: las palomas que (desde que tienen memoria) vivían en el respiradero de su antiguo edificio del Eixample.

Las palomas molestaban a toda la comunidad pero, nos asegura Laura, quien más notaba la convivencia con estas inesperadas vecinas eran los pisos más altos: “Yo vivo en el ático y el respiradero está justo encima de mi habitación. Las escuchaba de día y de noche. Mientras yo dormía, me lavaba los dientes o desayunaba, las escuchaba gorjear, comer y hasta reproducirse. Era muy incómodo y, francamente, me daba bastante asco”.

Probaron diversos métodos: falsos búhos para asustarlas, pinchos para evitar que se apoyaran, aparatos que reproducen unas ondas molestas a sus oídos, un poco de todo, pero nada sirvió. Las palomas son aves muy territoriales y les cuesta mucho abandonar su nido. La única solución efectiva fue ponerse en contacto con una empresa especializada que tapió con una reja el acceso al respiradero, o lo que es lo mismo, a su casa hasta entonces.



El relato de Laura es muy común entre los barceloneses. Quizá conozcas un caso parecido o más probable, te haya cagado alguna paloma encima. Seguro que tienes un amigo que las llama “ratas con alas” (si no lo tienes, el amigo eres tú). Pero ¿realmente son un problema? ¿Por qué hay tantas? ¿Me van a pasar ellas la clamidia? ¿Se han instalado en mi edificio o llegaron antes que yo?

En Barcelona hay muchísimas palomas. Concretamente, y según los últimos censos del ayuntamiento, 85.000 ejemplares en el área urbana, lo que equivale a más de 800 por kilómetro cuadrado, bastante más que las 300 o 400 que tendría que haber para considerar que hay una densidad tolerable. Hay sobrepoblación. Y a día de hoy se considera un problema de salud pública por las enfermedades que estos animales pueden transmitir, además de por la degradación que producen en el patrimonio arquitectónico, el mobiliario urbano y la vegetación (y en nuestras cabecitas cuando nos defecan).

¿Es antes la paloma o tú?

Los primeros escritos sobre palomas viviendo en ciudades son de la edad romana, sin ninguna evidencia de que estuvieran sobrepobladas o de que generasen un problema de salud pública. En la entonces Barcino, no Barcelona, se empezaron a criar palomas como un animal más en la ganadería (es decir, para comérselas), un hábito que no solo no perdieron en la Edad Media, sino que se convirtió en un privilegio reservado a la nobleza.

“Las palomas han estado siempre en las ciudades y a las personas les ha gustado que estuvieran, no tenían la mala imagen que tienen ahora, al contrario. El ejemplo más claro lo tenemos en la ciudad, en Plaza Catalunya”

Por otro lado, las palomas eran una vía más de mensajería en la antigüedad. Nuestros antepasados las domesticaron, primero con fines militares, como poder recibir alertas o noticias sobre los movimientos de las tropas, y más adelante pasaron a ser mensajeras regulares en aspectos más cotidianos, como por ejemplo el comercio. Solo cayeron en desuso cuando se crearon nuevos medios de comunicación más rápidos y fiables, como el telégrafo en el siglo XIX.

“Las palomas han estado siempre en las ciudades y a las personas les ha gustado que estuvieran, no tenían la mala imagen que tienen ahora, al contrario. El ejemplo más claro lo tenemos en la ciudad, en Plaza Catalunya”, asegura Carlos. Efectivamente, no es casualidad que tantísimas palomas decidan pasar el día en el centro de Barcelona. Fue gracias a Manuel Ribé, jefe de la Guardia Urbana en 1929, año en el que se celebró la exposición universal. Ribé había visto que en las plazas más importantes de ciudades europeas como París o Londres, había palomas y decidió que una plaza así en Barcelona daría una buena impresión, como explica Lluís Permanyer en Biografia de la Plaça de Catalunya.

Para conseguir que se quedaran en la plaza se utilizó una técnica rudimentaria pero efectiva. Les fueron dando de comer hasta Plaza Catalunya, y una vez allí, se cambiaron la ropa y se fueron. Ni una paloma se movió. A partir de ese momento, cada mañana les daban de comer en la plaza, hasta que se asentaron allí. Las tiendecitas de comida y los turistas siguieron con su labor. Se lo comentaré a Laura, por si sus vecinas vuelven algún día de visita.

Teniendo en cuenta que son una especie muy territorial, probablemente las que pasean a día de hoy son tataranietas de las grandes invitadas a la exposición universal. Con la diferencia de que ahora hay muchas más. La sobrepoblación empezó a ser evidente a finales de los años 70, gracias al éxodo a las ciudades y la construcción de altos edificios que les proporcionaron perfectos huecos en los que anidar. Muchos, mejores que la roca mediterránea a la que estaban acostumbradas.

Killing them softly

El Ayuntamiento se encarga de controlar la cantidad de palomas que revolotean y caminan por nuestras calles. Desde 2017, utilizan un método basado en colocar en puntos estratégicos dispensadores que dan de comer automáticamente maíz recubierto de nicarbazina que, básicamente, es un anticonceptivo. De esta manera, consiguen reducir la sobrepoblación sin tener que sacrificarlas de forma masiva, que es lo que anteriormente se hacía sin ningún resultado.

En solo tres años han conseguido reducir a la mitad la densidad de palomas en los puntos más conflictivos. “Porque las palomas no son una única población que se extiende por toda la ciudad, generan colonias por territorios, que pueden dar problemas o no. Por ejemplo, si en el parque de la Ciutadella viven 200 palomas, a nadie le molesta porque es muy amplio, pero si esas 200 palomas las metes en una pequeña plaza del Raval, ahí puede haber un problema, y es donde actuamos”, me explica Carlos Gonzalez-Crespo, responsable técnico del proyecto actual de gestión de las palomas.

La plaga eres tú

Pero la madre del cordero está en el excedente cada vez mayor de comida que generamos. Sí, eso nos convierte a todos nosotros, a nuestro estilo de vida, me asegura Carlos, en el principal causante de la sobrepoblación que existe en Barcelona. Pero hay un grupo de gente que no solo son causantes, sino extremadamente culpables: los alimentadores de palomas.

Hay cientos de personas que echan entre 1 y 5 kilos de comida al día. Van a trabajar con un kilo de arroz en la mano, y mientras caminan lo echan entero, sin ni siquiera pararse a mirarlas comer. Además, existen lo que llamamos alimentadores compulsivos, que dan entre 5 y 15 kilos de comida al día. Muchos son personas mayores, la mayoría de ellos tienen problemas sociales o mentales, gente que necesita ayuda.”

“Ven que son muchas y que comen de la basura y piensan ‘pobrecillas, qué hambre pasan’ cuando es lo contrario, saben que allí tienen comida asegurada, sin tener que pasar horas buscándola. Entonces, como hay más comida, cada vez hay más palomas. Una rueda que no para”, me explica el técnico, que se echa las manos a la cabeza al recordar sus esfuerzos para intentar convencer a los alimentadores de que las palomas solo necesitan 30 gramos de comida al día.

¿No eran ratas con alas?

Laura y sus vecinos sufrían, sobre todo, por la angustia que les producía que las palomas pudieran pasarles enfermedades o infecciones, lo que es conocido como zoonosis: “Se apoyan y se cagan en cornisas y balcones, y eso es peligroso. Están sucias, pasan mucho tiempo en las basuras, vete a saber dónde han estado y lo que llevan en las patas. Además, sus cacas son corrosivas y te estropean el balcón”.

Es cierto que sus excrementos contienen una serie de bacterias y hongos que nosotros podemos llegar a inspirar y que nos pueden generar enfermedades como la salmonelosis o la clamidia. Pero poco o nada tiene que ver con que las palomas sean un animal insalubre en sí mismo, como aclara Ferran Bargalló, veterinario especializado en animales exóticos: “La mayoría de las aves generan esas mismas bacterias porque forman parte de su organismo. La zoonosis no es específica de las palomas (como nos ha enseñado 2020), pero, al haber sobrepoblación, la cantidad de excrementos sube y hay más posibilidades de transmisión”.

“Entre 1941 y 2003 solo hubo 176 casos documentados de zoonosis causadas por palomas en todo el mundo, según un estudio de la Universidad de Basilea”.

“Aún así es muy poco probable que una persona sana se contagie”, afirma Ferran antes de que me plantee si soltar a mi canario para sobrevivir. Las probabilidades suben cuando hablamos de personas inmunodeprimidas, es decir, con las defensas bajas, pero vaya, que tendrías que comerte una caca de paloma para infectarte y esa filia no parece que la hayamos desarrollado aún.

Y para muestra, los datos: entre 1941 y 2003 solo hubo 176 casos documentados de zoonosis causadas por palomas en todo el mundo, según un estudio de la Universidad de Basilea. Llevamos muchísimo tiempo conviviendo con ellas y nunca han provocado una pandemia como la que estamos viviendo ahora.

Barchinone columbae

Durante siglos y siglos hemos usado a las palomas como alimento, como forma de comunicación y hasta como mascota. Las hemos domesticado durante tanto tiempo que hemos generado una selección artificial, como explica Ferran: “Se ha creado una subespecie semidoméstica a causa de la intervención humana, como pasó también con los perros.”

“Por eso actualmente se sienten cómodas y seguras en la ciudad y no nos tienen ningún miedo, es más, se acercan muchísimo a nosotros, pero no se dejan tocar ni coger”. Pese a estar condicionadas y acostumbradas a nuestra presencia, sin nosotros sobrevivirían sin problemas. Lo más probable es que desapareciera el problema de sobrepoblación del que nos quejamos y que, de hecho, “afecta más al bienestar de las propias palomas que al nuestro”, me asegura Carlos.

“Seguro que visualizas el embrollo de palomas que se genera cuando van a buscar la comida que les echan. Pues en ese momento se están pegando de lo lindo. Picotazos, empujones, arañazos, de todo. En parte, por eso vemos a tantas palomas heridas o en malas condiciones”. Además de que, en muchas ocasiones, tiramos pan o restos de comida, un alimento que para ellas no tiene ningún tipo de nutrientes y que les genera avitaminosis, un déficit vitamínico.

“Con la cantidad de áreas verdes que tiene Barcelona, podría vivir autónomamente la mitad de la población que hay actualmente en muy mejores condiciones”

Si buscaran los alimentos de forma natural, picoteando el césped para encontrar insectos, semillas o algún brote, estarían mucho más sanas. “Con la cantidad de áreas verdes que tiene Barcelona, podría vivir autónomamente la mitad de la población que hay actualmente en muy mejores condiciones”.

Las primeras que sufren la sobrepoblación de la ciudad son nuestras viejas vecinas. Todo el mundo prefiere un cuarto propio que compartirlo con cinco hermanos peleones. Por lo tanto, si de verdad queremos cuidarlas, podríamos empezar por hacer caso a los especialistas y dejar de alimentarlas. Llevan aquí mucho más tiempo que nosotros, no nos necesitan para nada.

Nada indica que vayan a desaparecer de Barcelona ni ellas, ni las cotorras, ni las gaviotas, ni ninguno de los animales que a día de hoy viven en la ciudad. Además, los urbanitas evolucionamos hacia una ciudad que apueste por ser verde, con menos coches y más naturaleza. Pero no podemos pedir una flora sin fauna. ¿Por qué no apostar por políticas que pongan la biodiversidad y la sostenibilidad en primer plano?

Afortunadamente ya se están dando pasos en esta dirección. En Barcelona ya no se corta el césped de las zonas verdes para que haya insectos y semillas que las aves puedan comerse. Y actualmente hay un plan de biodiversidad que contempla construir corredores vegetales desde nuestras montañas más cercanas hasta los parques urbanos.

Carlos puntualiza: “hay que aprender a convivir con los animales. Está muy bien estar encantado con que en tu barrio haya un ave preciosa, pero también tienes que ser consciente de que si te anida al lado de casa cada mañana te caerá una cagadita suya”, y no puedo estar más de acuerdo.

Me alegro de que la vida de Laura y su comunidad haya mejorado desde que sus viejas vecinas ya no están, pero espero que más pronto que tarde este cambio de paradigma llegue también a las constructoras y que los nuevos edificios sean más amables con los animales de nuestra ciudad. Que las Lauras del futuro puedan admirar a sus viejas vecinas y convivir con ellas porque serán menos y tendrán, cada una, su respetado espacio.