Tras haber ejercido como librero el pasado Sant Jordi, resuenan en mi cabeza ideas que me habitan desde hace años en torno a lo literario, y en especial sobre la lectura. Siguen vigentes cuando pienso en la responsabilidad del lector consigo mismo. Y en la de escritores, editores, teóricos, críticos, docentes y libreros con los lectores. Seguir la curva violenta que resulta de combinar la vertical del “éxito” (de lo que la mayoría adocenada acepta como tal) y la breve horizontal de la inmediatez sólo sirve a los mediocres y a los interesados, pero sobre todo condiciona a los que no poseen la libertad de pensar por sí mismos. Creen tomar la elección, pero el albedrío está secuestrado, sutilmente domesticado por la estrategia del líder, que conoce perfectamente los resortes que debe pulsar para fabricar esa ilusión de libertad en la masa.

Leer bien no es el acto pasivo,
sino el ejercicio activo de asimilación de un intérprete.