Tras haber ejercido como librero el pasado Sant Jordi, resuenan en mi cabeza ideas que me habitan desde hace años en torno a lo literario, y en especial sobre la lectura. Siguen vigentes cuando pienso en la responsabilidad del lector consigo mismo. Y en la de escritores, editores, teóricos, críticos, docentes y libreros con los lectores. Seguir la curva violenta que resulta de combinar la vertical del “éxito” (de lo que la mayoría adocenada acepta como tal) y la breve horizontal de la inmediatez sólo sirve a los mediocres y a los interesados, pero sobre todo condiciona a los que no poseen la libertad de pensar por sí mismos. Creen tomar la elección, pero el albedrío está secuestrado, sutilmente domesticado por la estrategia del líder, que conoce perfectamente los resortes que debe pulsar para fabricar esa ilusión de libertad en la masa.



El arte se pudre en un sistema de esclusas, no está hecho para ser contenido por el mecanicismo ideológico del hombre. El arte brota de la otra veta de la naturaleza humana, la más genuina, la única capaz de moldear hombres nuevos. El arte se desborda, inunda y anega lo preconcebido, se filtra y aguarda en las cavidades del mundo, para volver a fluir mañana. El arte (el literario ahora) no necesita ser cifrado en generaciones, sólo sucede cuando decodifica el gen único de la insatisfacción humana, que es atemporal.

 

Leer bien, por tanto, no es el acto pasivo de un receptor, sino el ejercicio activo de asimilación de un intérprete. Un estado de atención del que nacerá otro nuevo. Leer es una actividad en la que también cabe el aprendizaje y que el aire de los años suele curtir y mejorar, pero, como el mismo acto creativo de la escritura, es sobre todo una cuestión de mirada. En literatura, de cada autor sólo queda el trabajo tras de sí, aquello de su escritura que tiene la facultad de recobrar vida en manos del otro. Y esa conexión sucede en singular, sin colectivos, sin generaciones, sin intermediarios. Hay literatura en un texto o no la hay. Todo lo demás es paja, Mercado y bisutería. “Filosofía no es una teoría, sino una actividad”, dijo Wittgenstein, tantas veces mal citado. Podríamos entonces afirmar lo mismo de la lectura, que no tiene por qué ser mucha, ni desde luego pasiva, sino buena, consciente y atenta para ser de veras libre.

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