‘Dealers’, pollos y redadas en un reportaje gonzo

¿Qué es un narcopiso?, dices mientras clavas en mí tu pupila dilatada. ¿Qué es un narcopiso? ¿Y tú me lo preguntas? Narcopiso… eres tú. Aunque tenemos claro que hablamos de una de las problemáticas más conocidas de Barcelona en los últimos años, ¿cómo es estar en un narcopiso? ¿Qué dinámicas se generan al visitarlos a menudo? A estas y otras preguntas trataremos de dar respuesta a través de las experiencias de algunos usuarios y una rápida visita a uno de estos puntos de conflicto vecinal.

El ritual

Marcos (cuyo nombre real es otro) me acompaña esta noche. El plan: bajar las Ramblas, cruzar por plaça Reial y tratar de visitar alguno de los enclaves que hay por el Gòtic. El distrito de Ciutat Vella es el que tiene una mayor concentración de narcopisos, especialmente en el Raval, pero mi cicerone lleva años pillando en los alrededores de la calle Escudellers. Justo al llegar, vemos un coche de la Urbana salir de dicha calle y meterse en las Ramblas. “Pasan a cada rato, pero es más para aparentar que otra cosa. A estas horas no detienen nunca a nadie”, me asegura mi acompañante. Llegando a la plaza del tripi nos cruzamos con un grupo de lateros que surten de cervesa-bier a quien la pida. Nos acercamos y enfilamos la esquina en dirección a la parte menos transitada de la calle, pasando por delante de ellos lo suficientemente cerca como para escuchar su ofrecimiento en cuanto nos ven: “Ey, amigo, cervesa-bier… —y bajando algo la voz— hash-cocaine…” Bingo. Empieza el ritual.

Frenamos y hacemos un gesto al vendedor que, echando una mirada alrededor, pregunta: “¿Qué quiere amigo? Todo bueno hoy”. Momento clave. Si pides “lo normal: coca, eme o pastillas”, te indican que esperes allí mientras el latero contacta con un compañero cercano que está al cargo de cerrar el trato. Llegará, el dinero cambia de mano, el “pollo” también, y adiós muy buenas.

Nos acercamos lo suficiente como para escuchar su ofrecimiento en cuanto nos ven:Ey, amigo,cervesa-biery bajando algo la voz— hash-cocaine... Bingo. Empieza el ritual.

Pero nos interesa ver el piso, así que pedimos algo menos habitual. Obviaremos el qué. El procedimiento difiere ligeramente. Nos mandan al compinche y este nos guía. Callejeamos hasta carrer d’en Serra y, tras una rápida llamada por su parte (evitar timbrazos a esa hora es fundamental), se abre un portal. Nos indica el piso y se va, atendiendo de nuevo al teléfono.

Es una finca antigua, no muy bien conservada. Sin ascensor, subimos tres pisos de escalera mal iluminada, desconchada, llena de humedades y de puertas con varios cerrojos. A la altura del segundo nos detenemos para dejar paso a dos chicos que bajan. Al cruzarnos, un ligero asentimiento de cabeza nos da a entender a los cuatro todo lo que hay que saber. Todos tratamos de hacer el mínimo ruido posible, y el eco de un sonoro sniff resuena justo antes de oír cerrarse el portal.

Al llegar al tercero una puerta se abre ligeramente. Un nuevo hombre nos hace gestos para que le sigamos hasta una habitación, al final del pasillo. En el camino pasamos por una cocina sin puerta de la que sale un olor a curry que carga aún más el ambiente. En el cuarto hay una sola bombilla colgando del techo y las paredes, sucias, están llenas de pequeños stickers que denotan que en su momento fue habitado por niños. Nuestro segundo guía de la noche se marcha al escuchar el zumbido del timbre y nos deja junto a un nuevo interlocutor que, sentado en la cama, nos saluda y ofrece asiento en un par de sillas. Marcos se ocupa de cerrar el trato mientras yo me ausento para ir al baño. Al volver, mi compañero, ya en pie, me indica que podemos irnos. Tras nosotros quedan los murmullos de conversación de los siguientes clientes.

Ha sido rápido, fácil y cordial. Demasiado.

“En realidad hace un tiempo que no pillo por aquí —comenta Marcos en cuanto pisamos la calle— a no ser que esté por la zona una noche y me encuentre con la necesidad”. ¿Hay alternativas a esto? “Claro, yo ahora casi siempre pido a domicilio.”

Cada cual tiene su sistema y, como en todas partes, también hay clases. “Durante un tiempo le pillaba a un italiano muy metódico, que solo servía a gente con pasta”, comenta otro testimonio. “Tenía una lista cerrada, unos 50 clientes. Mandaba cada viernes un mensaje como si fuera un flyer de discoteca: entrada para la Sala M, tanto, para la Sala C, cuanto, etc.”. Nos dice que no era barato, pero tenía buen producto y buen servicio, siempre se desplazándose él cuando hiciera falta. “Pero si te pasabas un mes sin llamar, te sacaba. Tenía lista de espera.”

Naveed

El problema es que normalizamos situaciones como esta porque giran en torno al ocio. No es raro que, tras comprar por primera vez, te insistan en guardar su teléfono. “Pide lo que quieras, por Whatsapp, cualquier hora. Yo siempre aquí.” Y, en muchas ocasiones, es así. La historia que me contó uno de los testimonios con los que hablé para preparar este reportaje lo ilustra bastante bien. Esta persona comenta cómo, hace unos años, solía consumir de manera recurrente. “Salía casi cada fin de semana —dice— y casi siempre pillaba MDMA, a veces pastillas o speed.” A base de recurrencia llegó a conocer bastante bien a su dealer, construyendo cierta relación. Su nombre era Naveed.

“Naveed nunca estaba en la calle. Contactabas con él por mensaje de texto y te daba la dirección en la que podías encontrarle. Siempre en la zona del Raval.” Por lo visto, todos los pisos tenían el mismo aspecto: descuidados, con alguna habitación llena de colchones y camas, un baño que nunca se limpiaba y una cocina a duras penas funcional. “En alguno incluso vivían los lateros que formaban la ‘red comercial’, pero no Naveed. Él se sentaba en la habitación principal, libreta en mano y un cajón cerca. Estaba allí durante unas horas cada noche, apuntando cada operación realizada, arrojando los billetes al cajón y despachando tanto a los habituales como a los primerizos que captaba su gente en la calle.” Como el Padrino, pero con camisa hawaiana y un boli Bic. “Llegado cierto punto de la noche, cerraba la libreta y se iba buscando algo de fiesta, normalmente a los clubs cercanos como el Moog, el Macarena o Jamboree.”

Todos los pisos tenían el mismo aspecto: descuidados, con alguna habitación llena de colchones y camas, un baño que nunca se limpiaba y una cocina a duras penas funcional.

Me dice que Naveed era majo. “Siempre te trataba bien, y si le caías guay, te trataba aún mejor.” Rebajas y regalitos: “Una vez me dio una raya de lo que yo pensaba era coca. Resultó ser ketamina. Fue una noche muy rara”. “Si no le decías algo en un mes te escribía para preguntar cómo iba todo. Algunas noches iba directamente a uno de los pisos en vez de a un bar. Más barato y muy entretenido, con toda la fauna desfilando ante ti. Suena raro, pero había buen ambiente.”

Como si fuera algo normal. “Como si no te dieras cuenta de lo que pasa a tu alrededor ni te preocupara lo más mínimo por lo que debían estar pasando los vecinos.” Y no lo piensas, lo normalizas. “Vienes a menudo, es casi como tomar unas birras en casa de un amigo. Tiene un componente de riesgo, pero eres joven y te parece divertido.” Pero no lo es. Es un narcopiso.

“Me distancié —sigue la historia—. Consumía menos, pero un día me di cuenta de que su teléfono estaba bloqueado.” Lo normal, si no había podido contactar con Naveed, era mencionar su nombre a los lateros de la zona para que le indicaran en qué piso se encontraba. Una noche, por curiosidad, lo hizo, y la respuesta fue: “No, no Naveed ahora”. Al mismo tiempo el hombre cruzó los puños a la altura de las muñecas. “Ahí aprendí que es la señal que se usa en la calle para indicar cuando alguien ha sido detenido y mandado a la cárcel.” De Naveed nunca más se supo, ni tampoco de otros tantos que quedaron al cargo de esa red tras él. “Llegué a conocer a varios, pero la rotación es alta, por decirlo de algún modo. Ninguno estuvo tanto tiempo como Naveed. Suelen desaparecer cuando hay grandes redadas.”

PRICE LIST:

Conocemos, por desgracia, el coste social de tener narcopisos en nuestros barrios. Pero ¿sabemos a cuánto se paga la droga que se consume en nuestras calles? El precio puede oscilar según de quién la obtengas, así como su calidad, pero la horquilla es, aproximadamente, esta:

Nota:
Desde BCN Més no fomentamos el consumo de drogas, cada uno es dueño de su cuerpo. Estos precios son informativos y orientativos.

Las redadas

Sobre las redadas que buscan desmontar este tipo de organizaciones se puede hablar largo y tendido. En los últimos años hemos vivido una bonita retahíla de operaciones policiales que juraban y perjuraban que, aquest any sí, el problema de la heroína y la droga era cosa del pasado. Repasemos un poco la historia y los greatest hits.

Las autoridades empiezan a advertir una proliferación de narcopisos en Ciutat Vella (con el Raval como foco principal) a lo largo de 2016. Aunque hacía años que en las cercanías de las zonas de ocio nocturno ya eran habituales, es a partir de ese año que la heroína empieza a aflorar y que los yonquis empiezan a consumir allí mismo o en sitios cercanos. Esto viene facilitado, según informaciones policiales, por el auge de la mafia dominicana, que se ha hecho con el control del área de manera violenta. En resumen: la cosa empieza a verse a plena luz de día y no de manera pacífica. Y eso lo convierte en un problema más prioritario.

A lo largo de 2017 y 2018 se aumenta la presión en la zona, llevando a cabo más de un centenar de entradas a pisos. Pero, como antes decíamos, estas operaciones tienen mucho de maquillaje y poco de medida efectiva. Finalmente, en octubre de 2018 se realiza la operación Bacar. Se trata del fruto de más de un año de trabajo policial y participan más de 800 agentes de Mossos y Guardia Urbana. Tras la detención de setenta personas y la clausura de 26 narcopisos de un plumazo, se da por finiquitada toda la estructura de la mafia dominicana.

Parece una victoria clara, pero en poco tiempo un nuevo grupo ocupa el vacío que dejan los dominicanos. Esta vez paquistaníes, que tratan de mantener un perfil más discreto: nada de consumir dentro de los pisos o alrededores, pisos durmientes o efímeros y red de distribución más fragmentada para evitar perder grandes cantidades de producto en las redadas. En otras palabras, regresar al menudeo y a la nocturnidad, que las autoridades toleran mejor.

Aun así, en verano de 2019 se realiza la última macrooperación de esta saga. Un millar de agentes de Mossos, Urbana y Policía Nacional registran 35 narcopisos y detienen a 50 personas, además de identificar a 105 más (en algunos casos de manera algo aleatoria, lo que causó cierto malestar en la comunidad paquistaní, muy presente en el Raval). Ojo al botín: 2 kilos de cocaína, 3 de heroína y 2.180 pastillas. A repartir entre mil agentes, sale, por persona, a bastante menos de lo que suele llevar encima cualquiera que pise un after los sábados por la mañana.

En otras palabras, que aunque se quisiera vender ese enésimo despliegue como un éxito y el fin (ahora sí, de verdad) de los narcopisos, nada más alejado de la realidad. Se ha acusado a estas medidas de ser más efectistas que efectivas. Se ataca al pez pequeño, se detiene a la gente dedicada al menudeo y se intervienen algunos pisos, se decomisa algo de droga, quizá dinero. Pero los pisos vuelven a estar activos a las pocas semanas. Aun y cuando descabezas una organización entera, otra ocupa su lugar.

El problema de raíz persiste, y tiene mucho que ver con la cantidad desmesurada de pisos vacíos en los barrios más degradados. En muchas ocasiones, los narcos se dedican a ocupar pisos propiedad del banco o fondos de inversión. No han sido pocos los casos en que estas empresas han hecho caso omiso de las reclamaciones y advertencias del resto de vecinos, permitiendo que una situación problemática se complique más y más.

Pero la pretensión de este texto no es contar los motivos que nos han llevado hasta aquí. Para tal menester remito a lxs lectorxs a la lectura de los artículos de Esperanza Escribano y su sección “A ladrillazos” en esta misma revista y web. Su seguimiento del conflicto y la lucha vecinal durante los últimos años arroja luces sobre las sombras del tema.

La bronca

Hay barrios que conviven con la degradación que supone el narcotráfico desde hace años. Otros, por desgracia, desde hace décadas. Y parece que eso no va con nosotros. Cuando leemos la palabra “narcopiso”, y la leemos muy a menudo, nos imaginamos un sitio chungo, con colchones raídos, paredes manchadas y agujas en las esquinas. Pensamos en Trainspotting, y que jamás nos acercaremos a un sitio así. Pero la realidad es muy distinta.

Ese MDMA que pillas antes del Primavera; esas pastillas que te arreglan la noche cuando vas a comer baffle al club de techno; la cocaína que has comprado, apurado, antes de la cena de empresa… En esta ciudad la gente se puede drogar con ridícula facilidad y hay más usuarios de narcopisos de lo que nos gusta pensar o reconocer. Estadísticamente, me la puedo jugar y afirmar que tú, tus amistades y un montón de gente que conoces ha estado en narcopisos sin llegar a pensar que estaba en uno. Que solo vas a pillar, qué mal hay en eso. Si piensas que solo quien compra heroína y deja jeringuillas tiradas en la calle es responsable del lío que tenemos montado en Ciutat Vella, estás tremendamente equivocadx. Queremos comida kilómetro 0 y la menor huella ecológica posible en todo, pero si el sitio al que voy a pillar la farlopa ha causado dos mudanzas en su bloque y los vecinos luchan día tras día con una organización criminal, qué le voy a hacer. No podías saberlo. O no querías.

No entraré a debatir sobre lo bueno o lo malo de consumir o comprar, pero si vas a hacerlo, ¿no podemos hacerlo un poco mejor? Busca un proveedor de confianza, o que te lo traigan a domicilio. No pidas un Glovo para eso, por cierto. Pero intenta asegurarte, al menos, de que los del tercer piso del número 55 de la calle Robadors no se despiertan por la noche asustados cuando llamas por error a su timbre a las putas 2 de la madrugada.

Zonas calientes de actividad de narcopisos: 

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Raval:

  1. Carrer de la Riereta
  2. Carrer de Sant Pacia
  3. Carrer de l’Aurora
  4. Carrer de Robador

Gòtic:

  1. Carrer d’Escudellers Blancs
  2. Carrer d’Escudellers
  3. Carrer dels Còdols
  4. Carrer d’en Serra
  5. Carrer d’Ataülf