“No sabemos muy bien qué hace, pero seguimos leyendo como una bola que cae por las escaleras (pero una de esas escaleras tipo Escher, que no acaban de subir ni de bajar)”

Cuando la vida del argentino Pablo Katchadjian estaba desordenada, escribió El Martín Fierro ordenado alfabéticamente; poco después publicó El Aleph engordado –no se sabe si porque estaba a dieta–, que le supuso una demanda de María Kodama, la viuda de Borges, un caso que quedará para los anales de los disparates bulímico-literarios. La técnica de cebo recuerda a Hamlet goes business, de Aki Kaurismaki, donde la obra de Shakespeare empieza antes y termina después. Una forma de engordar como cualquier otra. En todo caso, un juego muy divertido para quien tenga sentido del humor, lo cual no es el caso de Kodama, que también denunció a Fernández Mallo por escribir El hacedor (remake).

Ahora la vida de Katchadjian (arréglenselas como puedan para pronunciar este paisaje oriental) se debe encontrar en un impasse místico, pues ha publicado en la editorial barcelonesa Hurtado & Ortega Qué hacer y Tres cuentos espirituales, lecturas que recomendamos a los guionistas de Netflix y plataformas similares con el objetivo de poner un poco de onirismo en su existencia en serie.

En Qué hacer los dos protagonistas, el narrador y Alberto, reviven cincuenta veces el mismo sueño –por llamarlo de alguna forma–, como si fuera El Día de la marmota dirigido por Salvador Dalí. Dan clases en una universidad inglesa con un alumno que mide dos metros y medio o tres metros dependiendo del momento; hablan de relaciones entre Boecio y el sistema binario sumerio (o de cualquier otra relación imposible); aparece una vieja y al narrador la cabeza cada vez se le hace más grande; luego están en un puente que luego es un barco y luego un puente de nuevo, y acaban con algún extraño suceso que implica un trapo viejo (o no). “¿Dalí es más pintor o más dibujante?”, le preguntaron un día al artista ampurdanés, y respondió: “Dalí es so-bre to-do ge-nial”. Pues eso, Katchadjian es sobre todo genial porque no sabemos muy bien qué hace, pero seguimos leyendo como una bola que cae por las escaleras (pero una de esas escaleras tipo Escher, que no acaban de subir ni de bajar).

En Tres cuentos espirituales se confirma la sensación de que no es casualidad que Mario Levrero (¿cómo? ¿hay que decir quién es Mario Levrero?) sea uruguayo y que sus ondas tímbricas hayan llegado a la orilla de Buenos Aires para hacer vibrar las neuronas de Katchadjian con una especie de realismo onírico. Tres relatos que se resisten a cualquier sinopsis y que el mismo autor reconoce en el prólogo que son tres y que son cuentos, pero que no sabe muy bien por qué son espirituales. Un sabio que aparece en el primero, “Informe sobre la muerte del poeta”, dice: “No entender es otra virtud”, pero lo que ocurre con los textos de Katchadjian no es que no se entiendan, sino que no se acaban de entender, lo cual es como decir que no se acaban de leer, lo cual es como decir que siempre estaremos leyendo a Pablo Katchadjian. Nos recuerdan a mundos aparte, como el de Claus y Lucas de Agota Kristof o el de La mort i la primavera de Mercè Rodoreda, pero sin tener nada que ver.

Es una suerte, por lo tanto, que Hurtado & Ortega se arriesgue en este tipo de empresas imposibles y anuncie la Biblioteca K, donde publicará todas las obras de Katchadjian, una biblioteca, advertimos, de la que será improbable salir porque la cabeza se nos habrá hecho demasiado grande, tan grande que incluso cabrá en ella el poeta Nicanor Parra recitando: “Lo que yo necesito urgentemente es una María Kodama que ordene mi biblioteca”.

Qué hacer y Tres cuentos espirituales, Pablo Katchadjian, Hurtado & Ortega.