Well, partiendo de que una pareja está formada por dos personas y que cuando están en desacuerdo no hay democracia que resuelva el empate, los pactos parecerían una buena herramienta. But, los pactos en pareja funcionan si funcionan y si no, no.

Un pacto parejil es un contrato, un compromiso personal con el otro que usamos para manejar asuntos complejos o desacuerdos, para sentirnos bien y cuidar la relación. Pero las personas, más las enamoradas o emparejadas, podemos comprometernos a cosas difíciles de cumplir. Por ejemplo. Decidimos ir a vivir juntos y para evitar el enfriamiento en la convivencia pactamos follar tres veces por semana, frecuencia que ambos creemos saludable para la relación. ¿Qué pasa con el pacto cuando uno quiere polvos extra o cuando la obligación mata la líbido? Aunque cumplamos el pacto nos sentimos mal y si lo rompemos traicionamos nuestra relación. Entonces, ¿no será que no nos queremos lo suficiente? Buscamos analizar mejor, nos planteamos desde la razón cosas que son vivenciales, encontramos más problemillas y confirmamos, pim pam, que quizá no nos queremos tanto.



¿O simplemente no podíamos pactar algo así? Si hago un pacto parejil que tiene que ver con qué siento o deseo -que no puede ser obligatorio- o con el futuro o los demás -que no podemos controlar- es difícil que funcione. ¡Y ya la hemos liado! Porque si cuestionamos el pacto, cuestionamos el compromiso de cada uno y analizamos racionalmente la pareja, cuando la pareja es una relación que no se juega en lo racional sino en los sentimientos, los afectos y las emociones. Así que los pactos en pareja tienen que ser realistas, flexibles, revisables y cancelables cuando dejen de funcionar… y si funcionan… ¡Fiesta! (P.D.: And for tools instead of words, look for your media naranja therapist.)

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