A la gente, cuando no la escuchan, grita. Y si persiste la indiferencia, comienzan a romper cosas. Esto que es norma general entre los adultos enfadados, ¡cómo no va a ser ritual también entre los niños pequeños!

Lo peor no viene siendo (o ha sido), para los peques, la pura pandemia, o sea, los primeros meses de confinamiento, sino la postpandemia. Estos días últimos de julio en los que, para ellos, el verano ya se lleva estirando como un chicle desde hace más de un mes y los papás, sin embargo, no tenemos más remedio que seguir trabajando. Esto es, les dedicamos muchísimo menos tiempo del que queremos, deseamos y necesitan.

Así que, a veces, la tensión explota: en medio de una videoconferencia, una llamada de teléfono o en la escritura de un mail. Y nos giramos, y vemos ahí a la peque triste, a punto de lanzarnos algún juguete a la cabeza (si no nos lo ha lanzado ya) y nos grita: ¡papá, basta ya!



Y sabemos que tiene toda la razón, que llevamos demasiadas horas mirando la pantalla del portátil, del móvil (subiendo contenido a las redes corporativas), hablando con diferentes personas, tomando notas en la agenda, tachando las cosas realizadas y anotando nuevas urgencias que habrán de ser resueltas en el futuro próximo.

Y ella también, la peque, lleva horas distraída en la tablet, o con la tele, o haciendo el pino o grabando tiktoks (algunos los habéis hecho juntos, también es cierto) o dibujando sus sueños y anhelos en múltiples folios (y coloreándolos después).

Así que sí, nos decimos que ya basta, que estamos exhaustos, que no podemos (tampoco nosotros) más y que, de buena gana, nos pondríamos igualmente a gritar de pura rabia, impotencia, cansancio y hastío. Que el curso está siendo muy largo y las fuerzas menguan.

Así que piensas por un segundo, antes de gritar tú también (pues el grito es harto contagioso). Y le dices a la peque (y te dices a ti mismo): tengo una idea.

Y compras unas entradas para el día siguiente, para la expo inmersiva de Monet, en el Centre d’Arts Digitals Ideal. Y le dices a la peque: “Te gustaría que…?”. Antes de terminar la frase ves como la cara de la niña se ilumina con una sonrisa. Y te dices: ya está bien. Ya hemos trabajado bastante.

Todos necesitamos un descanso.