Llegó la Covid-19 y saltaron las alarmas. Llegó y para entonces la ciudad dejó de ser ese espacio por el que transitan miles de personas. Luego vino el verano y ya nadie hablaba del “tourists, go home. En la Rambla, nada que decir. El Park Güell, atestado de palomas. Mientras, las fotos en montañas y otros entornos rurales se extendían como la pólvora en redes sociales.

En el verano más atípico desde hace décadas, el turismo extranjero se ha resentido como el que más, con una caída de visitantes en Barcelona del 96%. Con él sus inversiones y ese círculo de consumo que genera el turista alemán, francés o inglés de clase media alta que lo apuesta todo al caballo ganador: la playa y el sol. Es aquí, en España, donde se estima una pérdida de algo más de 8.200 millones de euros debido a la caída del turismo, según un estudio del departamento de visados de EE. UU. (ESTA).

Mientras, frente a las calles estrechas de la Condal, ha renacido un turismo que se mantiene al alza desde los años ochenta: el rural. Pero no de aquel pixapins de Barcelona que acude un día a la montaña a hacer deporte o plantar cuatro variedades de tomates distintas, sino del que se queda más tiempo a respirar paz.



“El coronavirus ha hecho que todos los países se encierren en sí mismos. Al no poder viajar al extranjero aumenta el turismo de proximidad, que además otorga garantías como la distancia mínima”, explica la catedrática de análisis geográfico regional de la Universidad Autónoma de Barcelona, Gemma Cànoves.

De hecho, solo hay que observar los resultados de la última encuesta publicada en julio por el Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre la ocupación en alojamientos turísticos extrahoteleros. Las pernoctaciones de los residentes en España en alojamientos de turismo rural han crecido un 18,7% este año. Unas cifras “bajas que no frenarán la crisis que el coronavirus está dejando en el sector turístico”, afirma la catedrática. En zonas como el Parc Natural del Montseny, donde los excursionistas acudían a pasar el fin de semana o incluso a hacer una ruta, “este verano se han quedado una semana”.

Aunque cuantas más noches pasas en un lugar, más se reduce el impacto ambiental, como  confirma Isabel Junquera, especializada en dinamización rural y derecho ambiental, también en lo rural hay pequeñas aristas. Aunque una de las ventajas de este turismo es que garantiza las distancias de seguridad en tiempos de Covid-19, ¿es la naturaleza ilimitada?

¿Podemos llegar y acampar con nuestro modelo urbanita? ¿Así sin más?

Las imágenes del pasado fin de semana en la Pica d’Estats, el punto más elevado del Alto Pirineo, nos revelan la peor cara de esta situación. Una cola de excursionistas guarda turno para hacerse un seflie a 3.143 metros sobre el nivel del mar, que ya es. Todos juntos, sin distancias, guiados por ese afán de masa, de lo mainstream y ahora, más que nunca, de lo instagramer.

Las otras imágenes, las de los “atascos” en el Everest del pasado año ya no son ajenas. Y el fenómeno de la masificación, que creíamos haber abandonado a la suerte del entorno urbano, se convierte en parte de la montaña. Allá donde acudíamos a respirar aire. Otro aire. Ese mismo que durante el confinamiento permitió que la fauna y la flora se recuperasen, liberados de nuestro sistema urbano-industrial.

Es importante despertar la conciencia de que “aunque el mundo rural no tiene límites, en ocasiones hay que ponerle puertas. Cuando lleguemos al campo debemos cambiar la mentalidad de ciudad y adaptarnos al entorno”, afirma Junquera. Es decir, que ir a la montaña implica también preguntarse: “¿Qué puedo hacer yo para fomentar un turismo sostenible?”.

Bañarse en los estanques alpinos, algo que está prohibido por la incidencia tóxica que tienen las cremas solares o repelentes en los anfibios, no es una opción. Como tampoco la llegada masiva de caravanas y otros vehículos en zonas como la Vall de Núria o la Pica d’Estats donde las autoridades ya han anunciado que limitarán el acceso al parque natural.

Nuestras profecías sobre la invasión del campo por una panda de urbanitas, ¿podrían confirmarse?

“Ya está pasando. Hay zonas más atractivas que otras como los ríos o los embalses. Lo que se necesita es un trabajo conjunto de dinamización rural que implique a la esfera privada, la pública y los mismos excursionistas para preparar la zona y evitar las aglomeraciones”, explica Junquera. Una tarea que está en manos de empresas de turismo, guías y administraciones locales al tener la responsabilidad de ofrecer un turismo que “vaya más allá del de la foto de panfleto”.

Mientras, por nuestra parte, podemos reflexionar sobre lo estúpido que resulta recrear la misma escena una y otra vez. En el mismo lugar. Respirando el mismo aire. Allá donde Walt Whitman solo vería hojas de hierba, llanuras sin caminos, cantos de las praderas.