Si estas fechas tienen algo que ni el COVID puede alterar son esas ganas de querer ser mejores personas en 2021. Vuelven los propósitos de año nuevo y yo, que soy una clásica, no podía faltar a la cita. Este año me deja con pocas cosas claras, pero como mínimo tengo una: En 2021 quiero reducir mi basura.

Este año voy a centrar mis esfuerzos en ser más ecológica y amable con el medioambiente. Me lo ha propuesto esta revista después de ver que usaba papel de cocina en vez de trapos para la limpieza. La verdad es que si no cambiamos un poquito el chip es probable que nuestro planeta acabe petando más pronto que tarde. Para que mi propósito no se vaya al fondo de mi memoria antes del 22 de enero, empiezo un diario que ríete de Bridget Jones. Esta primera semana me he dedicado a analizar mi basura y a finales de mes, os contaré qué he conseguido reducir.

Día 1 • 21 de diciembre

Perfecto. Justo hoy, que empiezo este reto, me tomo para desayunar la última rebanada de pan bimbo, así que estreno mi basura antes de lo previsto para tirar el envoltorio de plástico, que hasta el momento tenía un uso, pero ya no. Además de gastar un sobrecito de azúcar para el café (sí, como el de los bares. Mi vagancia es como la estupidez humana, no tiene límites. ) y mi típico papel de cocina.



Me he dado cuenta de que uso papel de cocina para un montón de momentos en mi día a día, muchos de ellos en los que es totalmente prescindible. Para que os hagáis una idea, solo en cada comida gasto entre 2 y 3 papelitos para limpiarme, y en cada café (que me hago unos dos al día) otro papelito más.

Esto lo convierte en mi principal, más común y estúpido residuo, por lo fácil que sería evitarlo. Juzgarme sin tapujos, porque en mi casa hay servilletas (debe de haberlas, supongo) pero toda mi familia ha decidido olvidar su existencia y usar papel de cocina para todo.

Comerme ese último pan bimbo me ha generado otra revelación. Hay que ir a comprar. Como hacer la compra es ese tipo de cosas con la que suelo procrastinar, me visto y sin pensarlo mucho bajo. Mi padre está a tope con el mercado del barrio. Es una buena iniciativa, porque además de que la comida está más rica, está un poco menos envuelta. Pero cuando me toca comprar a mí, sobre todo en casa de mi pareja, voy sin dudar a la facilidad del supermercado, donde casi todo está envasado en plástico, ciertos artículos incluso hiperenvueltos. Un punto menos para mí.

Cuando llego a la cola me doy cuenta. Otro día más que me he dejado el carrito. Siempre acabo usando bolsas, mayoritariamente de plástico y de un solo uso, que suelen acabar en el mítico cajón de las bolsas. Lo jodido es que también se me olvida coger esas bolsas, así que el cajón se va llenando inútilmente. Pero peor sería tirarlas, creo. Qué bajona, lo dejo por hoy.

Día 2 • 22 de diciembre

Para no romper tradiciones, durante el desayuno vuelvo a tirar envases, esta vez dos, el del queso y el del jamón, papeles de cocina y un sobrecito de azúcar. Son muy cómodos, porque no te tienes que preocupar por si te has pasado o te has quedado corta, pero es de ser muy poco solidaria con el medioambiente. Creo que voy a dejar de usarlos, es más, voy a pedir que no los compren nunca más. Pese a este remordimiento, se puede decir que he desayunado bastante bien, pero es que hoy toca una misión intensa: Hacer las compras navideñas.

Por la tarde voy al gimnasio. Como medida contra el COVID, nos hacen limpiar con un poco de papel y gel el pomo de la taquilla del vestuario, así que lo he considerado un residuo más, aunque lo haga fuera de casa. Esto de la pandemia es todo un tema, porque me hace tirar casi cada día una mascarilla quirúrgica, que pobre de mí como la reutilice. No sé muy bien cómo solucionarlo.

Día 3 • 23 de diciembre

Se nos acaba el tiempo para envolver, así que le dedicamos la mañana y parte de la tarde. Lo peor es que, pese a los 333 papeles de regalo que nos dieron en las tiendas, usamos muy pocos, sólo aquellos en los que no se veía claramente la marca. No sé cuándo las empresas se darán cuenta de que ese tipo de sobres son un gran spoiler, que rompe un poco bastante la magia del momento.

Así que compramos todo un rollo de papel de regalo. Y nos lo acabamos, que oye, en términos de aprovechamiento no vamos tan mal. Bueno, tiramos lo típico que sobra por los lados. Pero técnicamente es un rollo entero el que lanzamos al abismo del planeta, con poco más de un día de vida útil, porque al día siguiente se abrirán los regalos y ese papel se tirará. ¿Hay alguna manera de reducir esto?

Día 4 • 24 de diciembre

Además de Nochebuena, es el cumpleaños de mi cuñada, así que fiesta grande desde el mediodía (con las medidas adecuadas), y más allá de gastar un mini envoltorio y mi preciado papel de cocina durante el desayuno, se me descontroló lo que viene siendo el recuento diario. Pero se abrieron muchos regalos, se gastó muchísimo papel de cocina, se acabaron varias botellas de vino y rodaron muchas cabezas de gamba.

Día 5 • 25 de diciembre

Como ayer era nochebuena y hoy navidad, me he levantado con el hambre y el mood adecuado para desayunar únicamente un café con leche y un polvorón, que estaba dentro de una bolsa de plástico gigante con todos sus primos y hermanos y envuelto en un papelito que he tirado a la basura. Pero ¡punto positivo! He usado el azucarero en vez de los sobrecitos de azúcar. Estoy avanzando.

Hoy se celebra en casa tranquilitos, así que -1 mascarilla quirúrgica. Preparamos la típica sopa de galets, rellenando cada galet con un poquito de la famosa pilota. Fue un momento muy chulo, pero tiramos dos envases, el de los galets y el de la pilota. Todo no se puede tener. De postre comí turrón, que gracias a dios aún no me he acabado, así que una cosa menos que tiro (de momento).

Para cenar hicimos algo también muy típico, comida recalentada de estos días, así que solo gasté mi preciado papel de cocina.

Día 6 • 26 de diciembre

Sant Esteve también lo pasamos en casa, pero esta vez venían un par de invitados más. Eso ya lo convierte en una de esas comidas que se caracterizan por preparar más comida de lo que podremos ingerir, sobre todo poniendo muchos aperitivos, muy ricos y extravagantes todos, que probablemente no volverás a tomar hasta el año que viene. Aperitivos delicados, que se envuelven en varias capas de plástico y papel para que no se estropeen.

Además, en mi familia hay la tradición de no jugársela, así que solemos encargar los canelones, por lo que más bolsas, más envases, más todo. También hay que sumar las varias botellas de vino y licores que se van bebiendo para celebrar, para brindar, o solo para beber. Como trabajamos en equipo para tenerlo todo listo, me fue imposible contar todos los residuos que producimos en unas horas. Lo que puedo decir con total seguridad es que en un solo día se llenó con bastante facilidad una bolsa de basura, que considero grande, y además sin reciclar (una vez al año no hace daño, ¿no?). 

Día 7 • 27 de diciembre

Desayuno café con leche (con azúcar del azucarero, sí tía, eres genial) y una mandarina, que por pereza de ensuciar un plato he pelado y comido encima de un papel de cocina, además del que he usado para lavarme las manos (igual no tan genial, aplícate).

Me vuelvo al gimnasio, así que +1 papelito a mi lista. Además, llego bastante justa a la hora de la comida, así que tengo que recurrir a mis queridos arroces de un minuto, así que otro envase MÁS de plástico a la basura. Como mínimo el pollo a la plancha era del mercado, así que solo estaba envuelto en papel. De postre me he tomado un yogur, que me encantan pese a hacerme tirar un envase de plástico más.

Puto papel de cocina, si no fuera por él, mi café de media tarde hubiese sido bastante ecológico. Pero no pasa nada, es domingo y además de navidad. Es uno de esos días en los que sientes la necesidad de hacer cosas que te hagan sentir que serás una persona completamente nueva a la mañana siguiente.

Así que ordeno mi cuarto y tiro cosas que he ido dejando por alguna razón en él y que estorban mi paz mental: 10 papeles llenos de apuntes de hace varias semanas, un periódico en papel, (porque soy de esas personas que aún, de vez en cuando, lee en papel), y dos cremas para la piel gastadas, con sus respectivas dos cajas de cartón, que he ido acumulando durante semanas por pereza de tirarlas. Mi vagancia no genera más residuos, pero los hace más evidentes.

Y por fin, último día de este reto, que me ha confirmado lo nefasta que soy en todo el tema ecológico. Os dejo los resultados más relevantes, 100% reales y basados en mi minucioso examen de la basura.


Basura acumulada en una semana: 713 gramos.

Componentes principales: Papeles de cocina sucios, plásticos de usar y tirar, seguidos muy de cerca por cartones de la misma condición. Ninguno de estos tres materiales pesa, así que haber acumulado más de medio kilo es un poco triste.

Papeles de cocina tirados: 51 contables, posiblemente unos cuantos más en casas ajenas.

Bolsas guardadas en el cajón de las bolsas: 6 unidades

Recipientes/envases/envoltorios de plástico tirados: 25 unidades a nivel individual, probablemente he contribuido a que se tiren unos cuantos más.

Recipientes/envases/envoltorios de otros materiales: 16 unidades

Mascarillas usadas: 5 unidades


Como veis, tengo bastante faena por hacer. Los datos son bastante tristes. Pero bueno, cuando tocas suelo solo puedes subir, así que cualquier pequeña acción, como comprarme un pack de servilletas de tela, ayudará un poquito más al planeta. ¡Me pongo con ello y a finales de mes os cuento!