Descripción del proyecto

Relato: Esdian Boyadjian • Ilustración: Angie Juanto

Un pasaje hasta ahí

-Frená

-¿Qué pasa? 

-Quiero poner música y no encuentro los discos que guardé abajo del asiento.

-Están en una de las valijas atrás.

-¿Por qué? 

-Fíjate si estamos yendo bien, que ahora viene una bifurcación.

-¿Por qué sacaste los discos?

-Dale, fíjate que no sé para qué lado doblar

-A la izquierda, en la segunda rotonda.

Los sacó porque no le gusta la música que elegí. No le gusta nada de lo que escucho.

Y a mí tampoco me gusta la que él escucha.

Tampoco estoy segura de querer irme con él a Francia.

Pero la vida en España no nos estaba funcionando. Al menos a él que hace meses está sin trabajo.

-Acá tenes que doblar- le dije señalando el lado izquierdo.

-¿No era en la segunda rotonda?

-Esta es la segunda doblá acá- insistí

Me distraje con el paisaje, y dejé de mirar el mapa. De mi lado de la ventanilla se ve el mar, de su lado la montaña. Así de antagónica es Catalunya. Así nos volvimos él y yo, viniendo a vivir acá.

¿Por qué me fui? ¿Qué estoy haciendo acá?, pensaba mientras recorría con la mirada la orilla del Mar Mediterráneo. Busqué los auriculares en mi mochila, quería escuchar música, no soportaba más escuchar mis pensamientos.

-¿Qué buscas?- me preguntó

-Mis auriculares.

-Me pasas una galletita de paso, tengo hambre.

-No las traje, las dejé arriba de la mesa antes de salir, tengo las mías- le dije ofreciéndole unas galletitas veganas, sin aceite de palma.

-No me gustan, no tienen sabor a nada- sentenció.

Nuestra relación ya no tenía sabor a nada y estábamos yéndonos a Francia para ver si comiendo croissants o creme brulle, algo cambiaba.

Habíamos pactado irnos a vivir a España y si no nos iba bien, volveríamos a Argentina. Yo había cumplido mi parte. Pero él no.

A medida que avanzábamos me di cuenta de lo que realmente quería: estar del otro lado del océano, en mi casa, en Buenos Aires. 

-Fijate dónde hay un lugar para comer en el mapa así me tiro para esa mano- me dijo trayéndome de nuevo a la realidad.

Volví a abrir la aplicación y en el mapa, observé que estábamos llegando a la frontera pero a unos kilómetros, estaba el último pueblito que nos separaba de Francia: Port Bou.

-Estamos llegando a Port Bou, ves ese cartel- le dije- podemos desviarnos un poco, y buscar ahí algo para comer.

-¿Qué tiene Port Bou? ¿Hay que desviarse mucho?

– Es donde atraparon a Walter Benjamin. El bar de la estación de tren, es hermoso, lo conozco por foto, le dije tratando de convencerlo.

-Tenes que hacer el giro ahí- le indiqué, con mi típica imprecisión.

-¿Ahí dónde?- me preguntó mirando para todos lados. 

-Ahí, a la derecha- respondí

-Estás distraída. No sos buena copilota hoy.

-Nunca lo fui- le respondí con una sonrisa.

-¿Qué te pasa?- me preguntó mirándome a los ojos.

Fue la primera vez en todo el viaje que me clavó la mirada. 

No le respondí. Busqué refugio en el teléfono. 

Estábamos llegando. Buscamos lugar para estacionar a metros de la estación.

Él se bajó primero. Yo me quedé en el auto.

-Cerrá vos, voy al baño. Te busco adentro en el bar, me dijo tirándome las llaves.

Las agarré, pero antes de irme, busqué mis auriculares en la parte de atrás del auto.

Y allí me di cuenta de todo.

Él había acomodado todas nuestras cosas, había puesto las suyas de un lado y las mías del otro. Separadas.

Su lado: organizado y en colores oscuros, reflejaba la elegancia propia francesa. El mío, colorido y descontracturado, sólo tenía las pocas reliquias que había podido traer de Argentina.

Su lado reflejaba lo que venía. El mío, lo que había dejado.

Mis auriculares no estaban. Cerré la puerta con furia.

Entré en el bar, indignada, él estaba sentado en una mesa junto a la ventana, ya me había pedido un café con leche desnatada.

Me senté, le di las llaves y me largué a llorar.

-No los tengo- le dije

-¿Qué no tenes?- me preguntó acercándome  la taza de café.

-No traje mis documentos- le respondí.

-¿Cómo que no? Si los puse con los míos, están en el auto.

-Los separé antes de salir y los dejé arriba de la mesa. Y seguro que mis auriculares quedaron ahí también- le dije con la voz entrecortada.

-Volvamos a buscarlos- me dijo.

-No- le dije mientras me secaba las lágrimas con las mano- es demasiado tarde ya para ir y volver, andá vos.

-¿A dónde?- me preguntó desorientado.

-Andá vos a Francia- le dije mientras levantaba la miraba.

-Pero… ¿Cómo haces, te tomas el tren sola y nos encontramos allá?

No había entendido, o yo no estaba siendo clara.

-Hasta acá fue lo que habíamos pactado. Hasta España- le dije levantando la voz.

-No entiendo. Volvemos a buscarlo, no es tanto lío- dijo tratando de tranquilizarme.

-No quiero cruzar. No quiero irme a Francia, además dejé mis auriculares, quiero volver a buscarme- dije sin querer- a buscarlos, me corregí aunque había dicho lo correcto.

Por primera vez, dejó la cabeza quieta. Bajó la mirada, dejó un euro arriba de la mesa y me dijo: vamos.

Llegamos al auto y antes de subir, abrió el baúl y comenzó a bajar mis cosas.

-¿Qué haces?- le pregunté desconcertada.

-Vos cumpliste con tu parte del pacto, acompañarme hasta acá. Bueno, ahora yo cumplo mi parte, ayudándote a volver allá, eso es lo que pasa, ¿no?

En menos de cinco minutos, hicimos una breve separación de bienes.

Él se subió al auto, buscó su mochila, sacó una bolsa y me la dio.

-Tomá- me dijo- esto lo compré hace unos días. Los tuyos se rompieron y estos estaban en oferta, además son del color que te gusta. 

Me dio un beso en la mejilla, se subió al auto y lo puso en marcha.

Nos miramos por el espejo retrovisor.

Abrí la bolsa y adentro había unos auriculares nuevos, color violeta.

Metí la mano en el bolsillo, donde tenía mi Ipod y mi pasaporte, que estuvo todo el tiempo guardado allí.

Me puse los auriculares, puse play y comenzó a sonar “Absolute beginners”, de David Bowie.

Vi el auto alejándose en dirección contraria a la de mis deseos. Y al tren acercándose en la dirección correcta.

Lo nuestro no había tenido una fecha de vencimiento, pero sí un destino final.

Hasta Port Bou, o al menos yo, había sacado un pasaje hasta ahí.