Descripción del proyecto

Relato: Dayana Catá • Ilustración: Eric Díaz

El precio a pagar

Cierta madrugada de julio, Dolores se retiró como acostumbraba a hacer para entregarse un rato a los brazos de la inconciencia, cuando recibió tres toques en su puerta. Cuando abrió la puerta no se sorprendió. Del otro lado había un hombre de mediana edad y aspecto elegante. Por su ropa trajeada y gafas de aumento Dolores adivinaría que sería contable o banquero. 

– Supongo que alguna de mis chicas no se ha comportado como es debido- comenzó intentando llevar el pulso de la conversación- Tome esta botella de ginebra exclusiva y elija dos chicas más, o lo que guste, va por la casa.

– Una botella de ginebra y dos de sus chicas, o lo que yo elija, es algo muy insustancial, ¿no crees?  – le replicó el extraño con un brillo burlón en los ojos. – ¿Puedo pasar? – siguió el hombrecillo interrumpiendo los pensamientos de Dolores. Y sin darle tiempo a contestar entró y se acomodó en una silla vecina a la ventana.

La habitación estaba en penumbras y esto por alguna razón al hombre le gustó, así se lo hizo saber en cuanto pudo a Dolores. A la mujer repentinamente le reptó un escalofrío y deseó sin motivo aparente la luz del sol.

– La oscuridad tiene algo entre sus sombras que evoca por alguna razón… calidez.

– Para mí siempre ha sido bastante fría- le replicó Dolores irónica.

– Supongo que es porque sus sombras y lo envolvente de su atmósfera, refleja el útero caliente y seguro de una madre…o la tierra serena y húmeda- continuó el hombrecillo como si la mujer no existiera- ¿No crees Dolores?

– Bueno, la conversación es muy grata, pero como usted bien sabe, la noche es corta, y tengo que seguir trabajando. Dígame como puedo retribuirle el mal trago o lo que le hayan hecho, y además la culpable, mañana será castigada.

El hombre suspiró resignado, pero se acomodó más en la silla sin amagos aparentes de marcharse.

– ¿Así trata La Gran Dolores Betancourt a sus invitados?

– ¿Nos conocemos? – la seguridad de la mujer comenzaba a menguar.

-Bueno la culpa es mía, no me he presentado, supuse que una mujer con su inteligencia habría adivinado quien era.

El corazón se le estrujó en un puño. ¿Podría ser? No, imposible. ¿Acaso seria…?

– Si Dolores, soy la muerte. – Contestó el hombrecillo adivinándole los pensamientos y restándole importancia a lo que había dicho.

– Pero no te he llamado, de hecho, he rezado mucho para que no llegaras nunca, como es posible… no, tiene que haber algún error.

– Tranquila Loli, te va a dar un infarto, y no queremos eso, ¿no?  – dijo la muerte con tono burlón y tranquilizador.

Las piernas le temblaban de una manera espantosa, y la boca se le resecó agrietándosele como si llevara media vida andando por el desierto. La cabeza le daba vueltas y todos los miedos, que no la dejaban descansar volvieron de golpe y porrazo.

 -Tendrás muchas preguntas y tenemos poco tiempo. Así que te concederé una respuesta. Elígela con sabiduría, luego podremos hacer negocios.

Quería preguntar tanto, quería gritar y llorar hasta tirarse de los pelos. Pero la muerte tenía razón, no había tiempo que perder.

– ¿Como sé que eres la muerte, y no una broma de mal gusto?

La muerte le tomó de la mano con suavidad, y la condujo a través del primer llanto. Sintió el abrazo olvidado de su madre y el rechazo a la misma vez. Anduvieron lo que le pareció una eternidad a través de un túnel blanco repleto de todos sus recuerdos. Todas las cosas que la niñez olvidó y la adultez enterró. La pobreza, la soledad y el aislamiento de niña, la confusión, y el espíritu de lucha de la juventud. El rostro del primer cliente, su aliento caliente, la sensación del agua fría resbalando por el cuerpo, el asco, la libertad. Caras, sitios, momentos, experiencias, todas le desfilaron por delante. Y cuando terminó hasta el último segundo de su vida vivido hasta aquel momento, la muerte la colocó desplomada por tanta información, y le comunicó que le daría unos cuantos minutos para que recobrara la compostura.

– ¿Qué quieres de mí?

– Quiero hacer negocios contigo.

– ¿Quieres un pacto? ¿Es eso?

– A mí me gusta llamarle tratado, suena más bonito. Y con esto quedan zanjada las preguntas podemos pasar a lo que nos atañe. La mujer se erizó de pies a cabeza y un tamborileo involuntario en el ojo derecho asomó ante la expectación y el miedo. 

-Vale, acepto. Pactemos.

Han pasado cien años. Tu prostíbulo funciona mejor que nunca, tus chicas son las más bellas, las cuentas han crecido estratosféricamente, ya no tienes que pelear contra acreedores ni mafias locales, además de que tu reputación a pasado a ser de las más respetada de todo el país. Eres bella, más bella que la última vez que te vi, aquí entre estas penumbras y tu piel empezaba a gotear ya marchitándose. Ya no veo la sombra del miedo por tus pechos descolgándose, ni el rechazo en los hombres que ya no te tocaban por la aspereza de tu vejez. Lo sé, lo sé, un poco cruel lo que acabo de decir, pero oye, es lo que tiene ser humano, la inmunidad y pestilencia de envejecer.

– Entonces dime, ¿Qué quiere la Gran Dolores Betancourt de La Muerte?

– Quiero morir.

– Pero ese no fue el pacto. Quisiste belleza para siempre, y lo has conseguido.

– No quería envejecer. Quería ser bella y joven para siempre. Ahora quiero morir.

– Lo siento Dolores, es demasiado tarde.

– Pero, ¿qué ganas tú con esto? No lo entiendo – le gritó la mujer aterrada al borde de la histeria.

Y la muerte a toda respuesta antes de abandonar la habitación, le lanzó la mirada más dulce del mundo y añadió: 

– Es el precio a pagar lo que gano Loli, el precio a pagar.