Descripción del proyecto

Relato: Pablo Doblado • Ilustración: Adela Sanz

La próxima nos organizamos bien

– Señor, ¿la gente piensa solo en si misma?

– Qué forma de empezar. ¿Muy directo, no? En fin. ¿Y qué se yo? ¿cómo te llamas, niño?

– Me llamo Mateo Doblado Sanz. ¿Y tú?

– Yo me llamo Pedro. Encantado.

– ¿Nadie te ha hecho esa pregunta? Mi mamá dice que hay que preguntar las cosas que uno no entiende, para aprender.

– Tu señora madre tiene toda la razón, deberíamos hacer todos lo mismo.

– ¿Por qué? ¿La gente no quiere aprender?

– Mateo, la gente también somos nosotros. Me temo que tendrás que incluirte a partir de ahora y en lo que queda de relato. No es que no queramos aprender; es que creemos que ya hemos aprendido. 

– Vale, vale. Entonces no queremos aprender más.

– No mucho. Estamos en nuestras cosas, chiquillo. Que no es tan fácil esto de la vida, ¿sabes? Uno tiene que estar dejándolo con su pareja y a la vez preocupándose por las elecciones. Yo no doy a basto.

– ¿Qué triste no?

– Bueno, yo no diría triste. Es una realidad, parte de la vida. Yo tengo que estar preguntándome si el rumor ese de que se puede ser feliz haciendo lo que a uno le gusta no es solo un cuento hippie y he elegido la opción resignada, mientras hago cuentas sobre cuantas cebollas me quedan, para pasarme por el super o no.

– ¿Entonces qué hay que hacer? ¿en quién hay que pensar?

– Niño, no lo sé, no seas tan absolutista.

– ¿Qué es empatía?

– Otra vez. Qué preguntas más directas. Empatía es ponerse en el lugar de los demás.

– Pues yo no entiendo por qué la gente no tiene de eso.

– Niño, deja de decir “la gente” como si tú fueras aparte. Tú, yo, y nuestros compañeros de planeta, tenemos empatía. Unos más desarrollada que otros, pero la tenemos. La usamos para aprender y para convivir.

– ¿Y qué problemas tiene la gente?

– Pues todos tenemos los mismos. Creo que va por rangos de edad. Tú y tus amigos seguramente tenéis el problema de que no os gustan las lentejas. Mis amigos y yo tenemos problemas de amor, de economía y de salud. Y cuando hay tiempo, también problemas espirituales.

– ¿Por ejemplo?

– Pues por ejemplo yo me he divorciado, mi amigo tiene una relación a distancia, otro vive con una persona a la que ya no quiere. Y así todo el rato. 

– Pues no lo entiendo, yo no estoy triste, y no entiendo por qué la gente está triste.

– Hijo, claro que estás triste. Empieza ya a saber reconocer tus sentimientos, niño, que tenemos fritas a las feministas. Nada más que damos trabajo. 

– Bueno, solo cuando mis padres se pelean, porque gritan demasiado.

– Esto empieza a parecer una película americana de domingo por la tarde en la tele. Así que tus padres se pelean y tú te pones triste. Bueno chico, no te lo tomes a lo personal. La convivencia es muy dura.

– Ya, pero a mí no me gusta que griten, porque se dicen cosas feas.

– Tienes razón Mateo. Deberían fingir mejor. Pelearse a escondidas, como la gente normal. 

– ¿Es que no piensan en mi?

– Mario

– Mateo

– Eso, Mateo. Has visto demasiadas películas. Sí piensan en ti, pero también en ellos mismos. No pueden controlarlo todo. Perdónalos chiquillo.  

– ¿No usan el cerebro?

– Mateo, ahora soy yo quien tiene una pregunta; ¿sabes lo que es la arrogancia? Porque chico, vaya aires que te traes. Claro que lo usan. Pero como te explicaba, existir no es tan fácil.

– Pero a mí me cuidan.

– ¿Tus padres? Pues eso te estoy diciendo. Que no seas tan duro, que te quieren.

– Me gusta mucho hablar con la gente. Porque no entiendo muchas cosas. 

– No si ya, lo he notado. Está muy bien que hagas preguntas, aunque juzgas bastante siendo que en teoría ibas a ser la voz de la inocencia y la demostración de que el cerebro infantil al no estar sesgado por la cultura puede darnos muchas lecciones. 

– No entiendo qué problemas tiene la gente.

– Y dale. Te lo he dicho. Siempre los mismos, por rangos de edad, y de forma cíclica. 

– ¿Por eso la gente siempre está enfadada, porque no tienen tiempo para ellos mismos?

– Bueno, yo ahora estoy enfadado porque podría haberme tocado al lado un niño entrañable y tengo aquí a mi cuñado el de Huesca.

– ¿Qué es introspección?

– Mmmm ¿Mateo? Hijo qué raro eres. Introspección es observarse a uno mismo. 

– Pero ¿eso no es individualismo?

– Anda, qué giro inesperado. Ya me sorprendía tu discurso juicioso y tus preguntas existencialistas, pero esto… La verdad, no creo que se entienda bien lo de que en teoría tienes 11 años. Pero bueno, sigamos, qué le vamos a hacer. Es muy difícil ponerse de acuerdo en esto.  

– ¡Gracias!

– ¿Gracias? ¿Y eso a qué viene? En serio, yo esto no lo estoy viendo.

“Próxima estació, La Sagrera, enllaç amb línia cinc, línia nou, línia deu i Rodalies”

– Señor, tengo que bajarme aquí, me ha gustado mucho hablar con usted, pero no me ha quedado muy clara la diferencia entre individualismo e introspección.

– A ver Mateo. Eres muy raro, hijo. Ni siquiera sé por qué sabes pronunciar esas palabras. Hagamos un pacto. Tú empiezas a comportarte como un niño de tu edad para que podamos utilizar el recurso “niño pequeño del que no se espera nada y que al final demuestra mucha sabiduría”, y yo me organizo mejor la próxima vez que tengamos que hacer un relato ilustrado. Además, ¿has notado que a veces me tuteas y otras no?

– Se lo agradezco, pero creo que es demasiado tarde. Esto hay que mandarlo ya.

– ¿Me lo agradeces? ¿el qué me agradeces? Y sí, nos ha pillado el toro y estamos los dos de acuerdo. Esta parte del relato va a ser la más coherente. 

Mateo coge una bolsa que tenía en su regazo, se la coloca en el hombro y se levanta al notar el movimiento de su perro guía saliendo de entre sus piernas para dirigirse a la salida.

– ¿Qué salida? ¿No estábamos en la estación esperando al metro? Ah espera que encima al final eras ciego. Mira yo paso.