Descripción del proyecto

Relato: Elena Filizzola • Ilustración: Elisabeth Quintana

Cafés en mosaicos grises

Hace tres días ya? 

Hace tres días, si. 

Tres días de qué? suelta alguien al otro lado de la mesa, 

Hace tres días que no cago, sale de mi boca apestosa.

Ah, muy bien. Tómate un remedio que me daba mi abuela, agua caliente en ayunas. Esa frase resuena por la sala del café, choca contra una pared blanca con un poster de flores anodinas, entra en mi oído hasta instalarse en el lugar donde las palabras caen por su propio peso… y se queda allí dormitando. Yo pienso en flojito para no despertarla, ¡Bah pasando! y de repente abre los ojos rojos sube por mi garganta y sale disparada hacia mis dientes, los aprieto fuerte muy fuerte para que no salga, pero en un descuido, se escabulle y… el remedio de tu abuela, gracias. 

Ese gracias hace que se dibuje una sonrisa en la boca que me habla, sonrisa sin dientes, sonrisa de labios finos, sonrisa de yo no hace tres días que no voy al baño. 

Sonrío.  A mi lo que me funciona es el café de la máquina.  

Las palabras se quedan un rato colgadas del fluorescente que parpadea recordándole a Juan que no ha venido para hablar de mis días sin ir al baño. 

Lo mira… Llevo un tiempo sin cambiar los tubos, tendré que ir a la ferretería. Quieres un café? Te invito, dice. Asiento mirando al techo, diciendo que sí, sí al café y a los tubos. La máquina solo acepta monedas de 1 euro, ¿tienes?  Mi cabeza se ladea de un lado a otro. Sí, sí, tengo, sale de mí… y se columpia en eso que aún es un fluorescente parpadeando y noto cómo le entra por la oreja y se pone a dormir en su tímpano. Me mira con ojos de no ver, ojos que traspasan mi cuerpo y la pared y la calle y se pierden por los edificios de la ciudad.

¿Te preocupa algo? 

Perdona, se me fue la cabeza. Lo quieres largo o corto? Largo, cuanto más café más efecto sobre mi colon. Jajajaja resuena. Toma. Gracias. Calor en la manos. ¡Quema!. Sí, cuidado que esta máquina nueva arde. Y ese ardor me baja por la garganta y se frota contra las paredes de mi estómago, se adhiere como un chicley se extiende… .Ahhh síí queema!,  salen calientes y vaporosas mis palabras. 

Llamé al técnico un par de veces ayer para que la regulara, dice Juan. Yo solo me encargo del fluorescente, del cuarto de máquinas y de las papeleras, la de cafés no es cosa mía. 

Esta gente suele tardar, hoy es jueves yo creo que hasta el lunes no vienen. 

Asiente Juan al ritmo de fluorescente y se saca un café, cae el vaso, sale el chorro, arde la mano. Sopla, sopla. Verdad, qué razón tienes. Esta gente son unos impresentables. Espero que te haga efecto el café, tu remedio. Eso espero también si no probaré el de tu abuela. Y miro a Juan por encima del vaso de plástico marrón y mis ojos se posan en los suyos, y parece que haya una barrera en su mirada, fría, distante y fija.  Esta conversación, su presencia, todo se me antoja ya vivido, repetido, replicado, refrito como las bravas del bar de abajo. Y Juan vuelve a mirarme sin verme, a posar su mirada más allá de mí, de la pared blanca de la calle, de los edificios altos, de aquí y de allí. 

Y mi pierna se adelanta, y da un paso, que resuena por la pared blanca. Juan sigue con la mirada perdida, Y le da la réplica mi otra pierna, y los pies se suceden uno tras otro, avanzando el tramo de suelo gris con baldosas hidráulicas del comedor de postureo del trabajo. Y mis pasos resuenan sordos, acompasados con el fluorescente que se suma a ellos. Hasta llegar a su lado.  Le miro de arriba abajo. Noto su respiración pausada. Sus hombros se elevan y me mira, parece que no esté allí. Sorbo el café caliente y me quemo la lengua, en silencio. Le miro. Nada. Vuelvo a sorber, esta vez intentando no quemarme, soplo un poco antes. Y parece que la brisa producida por mis labios le saca del trance. Me mira como viéndome por primera vez. Ten cuidado que esta máquina saca todo ardiendo. Lo sé, Juan, hemos hablado hace un momento sobre ello. Ah sí, responde como autómata. Y otra vez mirada fija a la pared blanca. Otra vez barrera en sus ojos, otra vez nada.

Me acerco un poco más y más, la punta de mis zapatos se rozan con las suyas y noto su calor corporal, Juan, digo.  Y ese Juan se queda parado delante de su oreja, sin poder entrar. Quieto. Juan, vuelvo a decirle mirándole a los ojos. 

Juan, Juan, Juan, Juan, y su nombre se amontona frente a él esperando que se gire. Pero nada.  Mirada fija al frente, traspasándome a mi y a lo que nos rodea. Juan está colgado, como si estuviera colgado del fluorescente que parpadea al mismo tiempo que hablo, al mismo tiempo que respiro, al mismo tiempo. 

Me acerco más y oigo a su corazón. Le toco el hombro, Juan, estás bien? El fluorescente parpadea dos veces, y se funde dejándonos en la penumbrosa sala de comedor de oficina moderna. Poco a poco mis ojos se acostumbran a la penumbra, veo la maquina de café, veo la mesa al otro lado, veo a Juan a mi lado, veo mi vaso de café en la mano y doy otro sorbo, ya esta frio….

 Perdona se me fue la cabeza. Oigo. Y respiro, solo espero que no sea demasiado tarde.