Descripción del proyecto

Relato: Irene Hernanz • Ilustración: Alba Fernández

Ahora es cuando empieza todo

El andén 28 estaba vacío. 

Durante unos instantes pensé que todo estaba perdido, que ya no podía hacer nada, que la huida planeada desde hacía dos meses se había ido a pique. El bus ya había salido. Había llegado cuatro minutos tarde. 

Demasiado tarde. 

Sentí ganas de tener 6 años, de arrancarme el pelo de las coletas, patalear, sacar un boli bic, restregarlo en una pared y quemarme el brazo hasta que el dolor me llegara a las entrañas. Había llegado cuatro minutos tarde. Y ya no llevaba bolis bic en el bolso. 

No sé por qué miré el móvil, pero lo miré. No tenía ni una llamada. Nadie se había dado cuenta. Pensé que si en ese momento volvía a casa, podía deshacer aquello que fuese que estuviera haciendo, que podía volver a cómo estaba todo antes, que podía fingir que nada había pasado, que nada llevaba pasando hacía años, que nadie había salido corriendo en plena noche con un plan de contingencia, un plan fracasado. 

Yo ya miraba el autobús como si hubiera perdido un vuelo a Tailandia y estuviera deshidratándome en el aeropuerto del Prat en el peor verano de Barcelona. Todo a mi alrededor olía mal. Necesitaba desmayarme urgentemente. 

El olor del agua del lavabo me hizo retroceder. Tenía algo de agrio, de podrido, de infecto, de enfermo. Debía ser yo. Seguramente era yo. El médico me había dicho que los calmantes me podían provocar náuseas y repulsión con ciertos olores, pero también me había dicho que todo iba a salir bien y aquí estaba, en una estación de autobuses, tarde y con ganas de vomitar. Él qué sabría. Aun así, bebí. 

Había corrido, una mochila de ruedas arrastrando por todos los rosetones de Vallcarca, una camiseta que a día de hoy era un trapo. A día de hoy, yo también era un trapo. Y botas. Se supone que para una huida, los protagonistas llevan botas, como Steve McQueen, Vanessa Williams en aquella película de Schwarzenneger que le gustaba tanto. Claro que yo nunca sería Vanessa Williams. Me pregunto si ella también salió corriendo de su casa alguna vez. Si salió pensando que nunca volvería. Si pensó en si el pacto con Schwarzenneger o si preferiría no haber dependido de nadie. Si no pensó en que podría perder su autobús. En las películas, a las mujeres amenazadas de turno no les falta el dinero. 

Marsella. 

Menuda elección de mierda, pensaba ahora. Recordaba que era la elección más factible. Hablaba francés, estaba lo suficientemente cerca para llegar en autobús y lo suficientemente lejos para que todos creyeran que no me había ido. Seguramente pensarían que habría salido pronto a trabajar, y que después daría un paseo, o que habría ido a ver a mi madre a Hospitalet. Cualquier cosa antes que una ciudad en la que no conocía a nadie. No soy de esas personas que se atreve a hacer algo drástico. 

Me senté sobre la maleta. A pocos metros a la derecha, una basura y moscas, a mi izquierda una pareja de mochileros se besaba. Repugnante juventud. En las taquillas, algo que llamó mi atención: un francés cambiaba su billete. Su tono era airado, como el que yo debía tener hace seis años cuando volví de estudiar de Lyon y pensaba que me iba a comer el mundo, antes de tener que salir corriendo de un piso del que pagaba una hipoteca con todo lo que cabía en mis maletas a las once y veintidós de la noche un Martes. Quizá por eso, por la hora, por el tono, por la prisa, me sorprendió tanto ver que él se salía con la suya, que aquella taquillera daba por perdida la batalla y le daba un billete a Bilbao en media hora. 

Llegué ante su cristal. Tenía una cicatriz en la frente y una bolsa de agua caliente en el lado izquierdo de sus riñones. No tenía ganas de estar ahí, ni de pelear por nada, parecía de aquellas personas a las que ya se les han ido las ganas de la vida, como si ya se hubiera acabado y estuviéramos en el limbo. Y quizá era eso aquella estación de autobuses, el limbo, quizá ya no saldría de allí ni nadie vendría a buscarme nunca, quizá ya habrían desaparecido todas las puertas, quizá me había desmayado, pero aquella mujer me miraba, yo sabía que, pese a todo, estábamos vivas. 

– He perdido mi autobús. Llegué tarde. 

-¿Y qué quiere que yo le haga? 

Sus palabras me conmovieron. Hacía tiempo que nadie me preguntaba qué quería y no supe qué decir. Sabía que se refería a si me cambiaba el billete o si quería comprar otro, o si quería pedir la devolución del importe y rellenar un formulario, pero la cabeza se me fue a todos aquellos imaginarios en los que yo quería escapar, quería irme de aquella casa, quería dejar de despertarme en ese lado de la cama aquella mañana, quería dejar de contestar llamadas, acusaciones, insultos, regañinas, palabras de amor, quería morir de deshidratación en el desierto, o helarme de frío al lado de un glaciar, o arder en las hogueras de Salem y saber que ese era mi último suspiro, pero no lo era. Sabía que no lo era. Y sabía que ella no sabía nada y yo, yo no pude contárselo, porque antes que todo me entró el miedo, el miedo que hacía que nada hubiera acabado y le dije que quería tomar el siguiente, y pensé que si me pedía más dinero sería capaz de salir a robar a un mendigo, pero que esa noche, esa noche iba a sobrevivirla. Pero no me pidió dinero, ni explicaciones, ni las gracias. Cambió el billete y me dijo que saliera echando ostias, que este salía en diez minutos. 

Nuevamente en el andén 28 cogí el bus. Y dormí. 

No me desperté en el desierto, ni en Salem, ni en un glaciar, sino en plena carretera del sur de Francia, donde nadie sabía que era mi actual paradero. 

Desperté porque mi teléfono comenzó a sonar. Qué pronto, pensé. Dejé que sonara varias veces antes de apagarlo. Antes siquiera de pensar si sería mejor contestar o no, antes de pensar que ahora tendría que comprar un teléfono nuevo. Antes de llegar a la estación en la que me había enviado un sobre con dinero. Antes de pensar si sería mejor volver a empezar en Marsella o si tomaba un tren o autobús a cualquier otro sitio donde no me encontrara. Antes de pensar en si mi madre le diría donde estaba. Antes de que el plan se consolidara, porque no importaba. 

Ahora es cuando comienza todo.