Descripción del proyecto

Relato: Rocío Marchetti • Ilustración: Marcela Torres

Antonio y su ventana

Cuando Antonio se quedó dormido estaba aún junto a la ventana. Allí había pasado horas asomado intentando dilucidar el paisaje de lo que pasaba debajo, sobre la calle. Aparentemente lejos pero no tan lejos.

La primera imagen que recuerda es la de sí mismo con la cabeza recostada sobre el marco del vidrio, iluminada por flashes de tonos rosáceos y naranjas que irrumpían en oleadas sobre la oscuridad de la noche. A pesar de todo, un silencio rotundo.

La segunda visión fue la de sí mismo despertando sobre la cama y advirtiendo que el espectáculo de luces emanaba ahora a través de la puerta entornada de su propia habitación. Esta vez los tonos cálidos se habían multiplicado en variedad de colores. Movilizado más bien por la intriga recuerda haberse incorporado sin sobresaltos y caminar buscando dar con la fuente de luz. La cosa es que al salir de su habitación ahí estaba: un racimo de lengüetas de fuego ocupando el centro mismo de su sala. Ni pequeño ni grande. Ni de actitud calcinante pero tampoco amable. Saliendo todas de un mismo foco contenido en el suelo, las llamas parecían estar hechas de una señal por momentos entrecortada por pequeñas pausas en su ondulación, como en un arder cuyo flujo fuese discontinuo. Al verlo, Antonio recuerda haberse sentido testigo de la aparición de una suerte de entidad extraña.

– Bueno ¿Qué? – increpó de repente.

– … ¿Cómo? – respondió Antonio despistado.

– Que qué pasa.

– Pues no sé, dime tú.

– ¡Yo qué sé tío!

– No entiendo.

– No estoy para chorradas la verdad.

– ¿Qué hacés aquí?

– A ver, tú eres el que me está viendo.

– ¿Es esto algo del rollo Schrödinger?

– No sé de qué coño me hablas. Esto es un sueño a todas luces.

– ….

– Madre mía. Si ni siquiera eres consciente de eso no hay quien nos saque de ésta (aseveró el fuego ya con tono de hastío)

– ¿Podrías irte de mi casa por favor?

– Demasiado tarde.

– Vete de mi casa ya mismo.

– Sería tanto más fácil que despertases.

Acto seguido el cúmulo de llamas pareció fugarse, dejando a modo de rastro un pequeño camino en línea recta algo chamuscada que se perdía bajo la puerta de entrada a su piso. Al absoluto silencio lo interrumpían únicamente algo como el crepitar de leños ardiendo junto a la respiración honda y sentida de Antonio. Cuando reparó en ello pensó que quizás efectivamente estuviese soñando, mientras intentaba recordar qué habría cenado la noche anterior porque definitivamente no guardaba en la memoria otro desvarío inconsciente tan vívido. Optó por tomarse un antiácido de esos que venden por la tele junto a un litro de agua y volver a acostarse.

Dió un par de vueltas en la cama aunque no le costó mucho caer pronto y nuevamente en un sueño profundo. Despertó una vez más y abruptamente al reparar en que la pared medianera con el piso contiguo emanaba un intenso calor mientras grietas profundas iban marcándose a paso firme atravesándola de punta a punta. Nervioso saltó de la cama y atinó a salir veloz de su piso: ahí fue cuando pudo ver cómo un humo intenso y unas agresivas llamaradas lograban abrirse paso por debajo de la puerta del vecino. Inquieto miró a uno y otro lado del pasillo que reunía las entradas a cada hogar de esa planta, pero lo hizo a modo de reflejo sin saber en realidad qué esperaba ver. Antes de fugarse escaleras abajo logró reparar en que aquel rastro que había dejado el fuego al irse de su casa dibujaba un trayecto que comunicaba su hogar con aquel otro que ahora ardía.

Casi sin guardar ya control de sus pies bajó estrepitosamente las siete plantas que lo separaban de la calle. En el trayecto que pareció durar apenas segundos, cada vez que un atisbo de duda se insinuaba cual imagen la aparente razón aplacaba ansiedades bajo la convicción de una supervivencia. Antonio no lo sabía pero ésta sería la primera condición impuesta para pactar.

Agitado ya sobre la calzada y luego de alejarse unos cuantos metros de su edificio alzó la vista, cree recordar que intentando ser testigo aunque no así comprender. Este último impulso resultó ser más que conveniente ya que al mirar en dirección a su casa y el hogar de las llamaradas el paisaje se mostró diametralmente contradictorio: ni signos de estar ardiendo, ni de ningún peligro aparente. En su momento no dió crédito, y así se quedó largo rato intentando aguzar la vista para divisar algún centelleo o resplandor en aquel séptimo piso donde parecía reinar la oscuridad con bastante contundencia a la vez que calma. Pero mientras recuperaba el aliento el fulgor se le impuso sin embargo por el rabillo del ojo calle abajo. A pesar de su miopía pudo distinguir de manera bastante evidente una fosforescencia ardiente que atravesaba de punta a punta la calzada sobre la esquina. Esta visión abrió paso en su consciencia a un ambiente sonoro repleto de sirenas dispersas cortando el ruido de su propia respiración agitada. De repente una multitud emergió de detrás suyo y pasó junto a su lado corriendo en dirección al fuego. Una vez más el instinto de Antonio fue correr, pero esta vez escaleras arriba. Eso fue lo último que recuerda de aquella noche en la que se impuso una segunda condición, nuevamente más por omisión que acción, para lograr el acuerdo.

Desde aquel momento y al llegar cada día su fin, Antonio convive con el fuego. Éste invade cada espacio que él transita de su hogar siguiéndolo vibrante como una centella, hasta acabar rodeando su cama al ir a dormir para desaparecer luego con el alba dejando en su lugar apenas cenizas humeantes. Acostumbrarse no fue sencillo, pero con el tiempo Antonio fue ganando tranquilidad: sin saberlo se mantuvo fiel al pacto de no intentar siquiera comprender. Y entre tanto lío cotidiano de sillas y tazas quemadas, ya ni recuerda cómo se ve la calle a través de su ventana.