Descripción del proyecto

Relato: Marta Guix • Ilustración: Helena Mir

Coincidir (para quedarse y para irse)

El cabello oscuro se le aclaraba y quebraba, los alrededores de los iris verdes se le llenaban de arrugas. Tic tac, en cuestión de segundos las bolsas de los ojos se le hundían entre los pliegues de la piel blanquecina y gastada. Los labios, tic tac, se le afinaban y las mejillas le caían, tic tac, hacia abajo. No tuvo tiempo, tic tac, de tener miedo antes que la sombra de su vida pasara por delante. Sus recuerdos eran un espiral violento y veloz que solo se suavizó cuando, tic tac, llegaron hasta Eulalia y el pecho de Alicia, débil y fatigado, se encogió con una punzada de, tic tac, pena.

Alicia tenía veintisiete años recién cumplidos cuando llegó al hotel Prado una mañana de enero congelada, con las botas llenas de nieve deshaciéndose por el sol y cargada con una mochila a rebosar de hierbas y cuatro papeles arrugados al fondo. Su abuelo le había contado muchas noches el la leyenda de la fórmula de la inmortalidad, del milagro de no envejecer, del líquido prodigioso de la eternidad. Ella se lo había creído, había ido reuniendo con paciencia todos los ingredientes y había buscado aquel hotel recóndito en medio de la montaña para fabricarlo sin llamar la atención. No había más visitantes y Alicia, escondida en su destartalada habitación, probaba pociones debajo de la polvorienta luz de una lámpara viejísima. Pasó los días con la mirada fija en su proveta hirviendo y con la nariz metida entre papeluchos amarillentos. Todo esto mientras se enamoraba de Eulalia. Eulalia tenia la melena cobriza, una mirada amable a pesar de su nariz puntiaguda y sus ojos rasgados, había crecido en el hotel Prado desde que sus padres habían levantado las paredes y se había acostumbrado a ver la gente ir y venir sin demasiada emoción, pero Alicia le despertaba una curiosidad magnética.

La inmortalidad no tiene color, no tiene forma, no tiene unos márgenes en los que una persona pueda manejarse. El día que Alicia probó su receta de la eterna juventud no sintió nada, solo un sabor extremadamente amargo y con un matiz ahierbado. Escondió todo su material -fórmulas, papeles, un gotero con el líquido- dentro del sombrero de una muñeca que se parecía a ella y por eso la hizo su escondite. A su lado había otra muñeca pelirroja. Le recordaba a Eulalia. Salió al jardín, el viento era frío pero el hielo de las montañas al fondo empezaba a deshacerse. Eulalia leía, temblando, en un columpio oxidado. Se sentó a su lado y la abrazó, asegurándose que nadie las viera. Eulalia se colocó bien el jersey de lana áspera en silencio, muy seria. Alicia la observó.

— Hace frío.

— Tal vez, en otra época, no tendríamos que escondernos para abrazarnos.— Eulalia miraba hacia delante sin girar la vista hacia Alicia, que aquella noche no podría dormir.

«En otra época». Durmieron en la habitación de Alicia. Nunca le había contado nada sobre sus experimentos y juegos contra la muerte y ahora, además de sentirse dolorosamente culpable, el vértigo le secaba la boca y le volvía blandos todos los huesos al pensar en una eternidad y «en otras épocas» sin Eulalia. Se levantó por la mañana, dolorida de nervios. Cogió una de las muñecas en silencio y la llevó a la cocina. Sacó el gotero, llenó un vaso de agua, diluyó una gota de su receta y lo colocó el lugar de Eulalia para desayunar.

— ¿Me prometes que estaremos juntas para siempre? — se lo preguntó alarmada a Eulalia cuando se levantó, que se rió. Minutos después, sin saberlo, bebió de su vaso respondiéndole.

Alicia se estaba lavando la cara cuando oyó el grifo y a Eulalia lavar los platos. «Habrá valido la pena.», «Ya tendré tiempo de explicárselo.», se repetía para calmarse. Volvió a la cocina mientras pensaba por dónde empezaría y la encontró pálida, blanca, con la muñeca en una mano y leyendo sus anotaciones escondidas, con la expresión amable totalmente disuelta.

Mientras Alicia deshacía a paso lento y turbado el camino de tierra que había hecho unos meses atrás para llegar al hotel Prado, su mente barajaba ideas para cuando volviera. No se atrevía, de momento, a pedirle a Eulalia que la escuchara una vez más. Tenía derecho a estar enfadada y tendrían toda la eternidad para perdonarse. Comprobó si lo tenía todo en la mochila esperando haberse olvidado algo para tener una buena razón para dar media vuelta. Encontró un ramillete de flores azules medio torcido al fondo. Antes de recordar su estrambótico nombre en latín ya fue consciente que no debían estar allí. Debería haberlas triturado y hervido junto a todas las demás cuando preparó su elixir. No podía ser. Tic tac. No podía haberse confundido. Tic tac. Dejó la maleta al suelo y echó a correr con los dedos doloridos y la falda revoloteando. Llegó sudando y ahogándose. Golpeó la puerta del hotel Prado, con la oscura certeza que Eulalia no le abriría. Tic tac. Picó otra vez. Tic tac. Otra vez. Tic tac.

— Eulalia, por favor. Es urgente. Tengo que hablar contigo.

— Demasiado tarde. Vete.

Tic tac. La mano con la que golpeaba la madera de la puerta empezó a perder fuerza. La piel se arrugó. Tic tac. El cabello de Alicia se le aclaró y quebró, los alrededores de los iris verdes se le llenaron de arrugas. Tic tac, en cuestión de segundos las bolsas de los ojos se le hundían entre los pliegues de la piel blanquecina y gastada. Los labios, tic tac, se le afinaban y las mejillas le caían, tic tac, hacia abajo. Antes de cerrar los ojos pudo imaginarse a Eulalia, al otro lado, acurrucada junto a la puerta, echándola. Seguramente había pensado que ya no picaba la puerta porqué se había ido. Justo antes de hacerse el silencio, la imaginó al día siguiente, su cabello rojizo brillante volviéndose delgado y gris, sus ojos apagándose…