Descripción del proyecto

Relato: Coral Mendez • Ilustración: Alicia Mateos

Terapia de Choque

Siempre le he tenido miedo a la muerte. Sí, lo sé, suena típico. ¿Quién no tiene miedo a morir? Desde pequeña me he empeñado en creer que después de la muerte vamos al cielo, pero en el fondo siempre he sabido que eso es una chuminada. Y todo empeoró cuando nacieron Carla y Marta. ¿Sabéis lo que es la depresión posparto? Pues a mí me pilló justo un mes después de parir. Miraba a mis hijas y no podía deshacerme de la idea de que si hacía algo mal, podían morir. Tan frágiles, tan pequeñas, tan delicadas. Joder, que a mí se me morían hasta los cactus. Y ahora esas dos criaturas eran mi bien más preciado, por encima de todo. Si les llegaba a pasar algo, a mí me daba un jari. Pero, ¿y si me pasaba algo a mí? ¿Qué harían sin su madre? Entré en un agujero negro y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde para salir de él. Nunca nadie me había advertido sobre esto. Incluso empecé a ir al psicólogo de la seguridad social una vez cada seis meses; pero no era más que un meapilas que se limitaba en decirme “señorita, al final todo pasa, todo llega y todo cambia”. ¡Nos han jodido! Menudo Einstein. Al final, la depresión posparto se me acabó alargando durante años. Una tremenda mierda, vamos.

Pero una tarde todo cambió.

Estaba sentada en un banco del parque de la Ciudadela haciendo tiempo hasta que las niñas salieran de sus clases de música, mirando embobada cómo caían las gotas de lluvia sobre el gran lago del parque. Y entonces apareció ella. Vestida con una túnica granate (que no os engañen, el negro no es su color) y, en vez de la característica guadaña con la que nos empeñamos en asociarla, llevaba un clavel rojo en la mano. Mi flor preferida. Se sentó a mi lado. Muchas veces se han sentado al lado mío personas turbias de cojones. Pero ella era diferente. Me sentí acompañada por primera vez en mucho tiempo.

– ¿No te asustas de mí?

– ¿Debería hacerlo?

– Todo el mundo lo hace… Salen corriendo nada más verme.

No le había mirado a la cara hasta ahora. Pensaba que era un mimo de los que rondan siempre por el parque. Pero no. La tía no tenía pies y estaba un tanto… Desnutrida. Mi abuela le habría servido un buen plato de fabada urgentemente. Siguió hablando.

– ¿Vives muy lejos de aquí?

– No suelo vivir mucho.

– Como yo.

Empecé a sentir frío. Me tapó con su túnica antes de darme la noticia.

– Hoy tienes que morir, Manuela.

– ¿Hoy?

Me había imaginado este momento de muchas formas, pero nunca así. Inexplicablemente no tenía miedo; al revés. Era un sitio bonito para morir. Pero, joder. Qué putada. Me tocaba improvisar.

– ¿Y tiene que ser precisamente hoy?

– Sí…

– Es que tengo planes.

Siempre he sido muy estúpida.

– Y… ¿Qué planes?

– Joder, la Muerte del visillo.

– Bueno, si no quieres contármelos, lo entiendo…

Quizás así ganaba un poco de tiempo.

– Tengo que ir a buscar a mis hijas a música. Después tengo que darles la cena. Carla es celíaca, así que tengo que hacer dos menús diferentes. Y luego…

– ¡Eres madre! Mira que siempre aviso de que a vosotras no quiero llevaros conmigo… ¿Cuántos años tienen?

– Son gemelas.

– Ay, qué cucada.

¿”Cucada”? ¿La Muerte acaba de decir “cucada”? Vamos, no me jodas.

– ¿Qué instrumento tocan?

– El violín.

– Ay, me encanta el sonido del violín…

– Pues yo he estado a punto de llamarte más de una vez mientras ensayaban.

Estaba tiritando. No sé si de frío o de “muerte”.

– ¿Y su padre?

– Se fue al enterarse de que eran dos.

– Qué canalla.

– No, qué hijo de puta. Aunque nos hizo un favor.

– Debe ser difícil hacerse cargo de dos niñas sola.

– Son lo mejor que me ha pasado, pero…

– ¿Pero qué?

– No sé explicarlo. Vivo con un miedo constante: miedo a no poder pagar el alquiler, miedo a que no tengan nada que comer algún día, miedo a que alguien les haga daño…

Y lo peor: miedo a que ella se las llevara. Aunque ese comentario me lo ahorré, tenía que jugar bien mis cartas.

– ¿Sabes? Yo siempre quise ser madre. Pero soy la Muerte. ¿Quién querría a la Muerte como madre?

– Chica, pues está complicado.

– Te envidio, Manuela.

– Si quieres la próxima factura de la luz que tenga que pagar, te llamo. Verás como así no me envidias…

Como si fuera a haber próxima vez. No quería palmarla. A lo mejor se le había olvidado, parecía maja.

– Lo daría todo por sentir sólo una cuarta parte del amor que tú sientes.

Esas palabras se grabaron en mi mente.

– Manuela, lo siento mucho, pero…

Qué hija de puta, no se le había olvidado. No podía ser.

– …ha llegado tu…

Tenía que hacer algo.

– … hora.

– ¡Espera!

– ¿Qué?

– Te propongo un pacto.

– ¿Cuál?

– Tú siempre has querido ser madre… Y yo necesito un poco más de tiempo. Al menos hasta que ellas crezcan.

– (…)

– Por cada año que me des de más, te dejaré cuidar de mis hijas durante 48 horas. Podrás ser madre, lo que siempre has querido.

Silencio. Y acojone. ¿Me había vuelto majara?

– ¿No te da miedo?

– ¿El qué?

– Que cuide de tus hijas.

– Creo que serías una gran madre.

Sí, me había vuelto loca. Pero no podía dejar solas a mis hijas. No ahora. Más silencio.

– Acepto el pacto.

No me lo podía creer. Estaba pactando con la puta Muerte.

– ¿Podría empezar hoy?

– La verdad es que me había quedado sin niñera para mañana, así que…

Risas. Era la primera vez que la veía sonreír. Y me transmitió más humanidad que el resto de personas que estaban paseando por el parque. Paró de llover.

– ¿Y si se asustan de mí?

– No lo harán. En todo caso, te asustarán ellas a ti cuando tengas que bañarlas. Son como putos Gremlins.

– Ay, qué nervios.

– Chica, arreando, que llegas tarde a recogerlas.

Hoy hace tres años que firmé el pacto con la Muerte. Terapia de choque contra la depresión posparto, oye. Las niñas quieren muchísimo a la tita Guada, incluso más que a Papá Noel (aunque ambos tengan claros trastornos alimenticios). Cada año, en todos los medios del mundo aparece el titular “Dos días sin muerte”; y es que mientras la tita Guada cuida de las crías, se olvida de todo lo demás. Yo aprovecho estas 48 horas para quererme un poco más, sabiendo que mientras ellas estén al lado de la Muerte, estarán también a salvo de ella.