Descripción del proyecto

Relato: Riccardo Mura • Ilustración: Carolina Monterrubio

Manifiesto en luna llena

Para Marta esas horas extras representaban un tanque de oxígeno en el Everest. Con todas esas horas pagaría la matrícula del colegio de su hijo.

Para Manolo no era cuestión de dinero, hace mucho tiempo estaba acostumbrado a vivir con pocos duros: años de precariedad, meses de paro, inverosímiles trabajos como espectador en programas televisivos de ínfima calidad; al principio en Córdoba y luego en Barcelona, que en esa época representaba una tierra prometida. Él lo hacía felizmente como consecuencia del pacto que hizo con Oriol, su jefe. Horarios que infringían abiertamente los derechos humanos y horas extras por la noche durante toda la semana de protesta prevista en la ciudad, eso a condición de estar siempre en servicio con Marta.

Estaba colado por ella desde hace unos meses, cuando estuvieron de turno juntos en la Bogatell durante seis horas, una mañana después de la fiesta de San Juan. Lo único que obtuvo fue de parecer un imbécil, fijándose en su cara durante eternos segundos sujetando una botella vacía de Giró gin, su favorito.

Encontrar ese trabajo de barrenderos fue para los dos un soplo de “aire fresco”.

Empezaron la semana de trabajo extraordinario lunes catorce, el mismo día que empezaron las manifestaciones en las calles de Barcelona, cuando se supo el veredicto del Procés.

– Que puto lío, ¡vivo aquí desde hace diez años y nunca había visto Passeig de Gracia en este estado!

– ¡Y acaban de empezar! He leído que están planeando una manifestación tremenda el viernes. Joder hace mucho que vives aquí, ¿Por qué te fuiste de Andalucía?

– Vine a perseguir trabajo, una vida digna y un clima mejor que lo de Córdoba. ¿Y tú qué, Marta? No eres de aquí…

– No, soy de Pontevedra, en Galicia.

– ¿Hace mucho que vives en Catalunya? ¿Tienes morriña?

– Me mudé hace cinco años. ¡Ahaha qué tonto! No la tengo, lo único que hecho de menos es la comida.

Fueron noches cálidas, con una luna llena curiosamente enorme, tremendamente brillante. Manolo pasaba el trayecto entre un contenedor y el otro, agarrado a la parte trasera del camión, fijándose en la cara de Marta al otro lado, iluminada por aquella luna anómala. Deseaba interrumpir el turno para tomar unos gin tónicos con ella, que a menudo le devolvía la mirada.

– Cuanto me gusta Gràcia, algún día conseguiré un piso aquí.

– Amo este barrio, sería perfecto para mi hijo pero es muy caro. ¡Tú, sin embargo, sólo lo piensas porque con todos los bares que hay no deberías deambular demasiado cuando sales!

– ¡No es verdad! ¿Por cierto, te apetece tomar algo en Plaza del Sol mañana?

– ¡La ciudad del arte y tú piensas en lo cócteles, eres increíble! De todos modos no puedo, llevaré mi hijo a la piscina.

La cuestión se convirtió en un tema internacional (las protestas en Catalunya, no el asunto entre Marta y Manolo, aunque a él le hubiese agradado más), con el paso de los días las declaraciones de los políticos se hicieron más fuertes. Lo mismo pasó con las protestas y los disturbios en las calles de Barcelona.

– Creo que Sant Antoni es mi barrio favorito. Al lado del Raval, es muy vivo, lleno de bares y cinemas.

– No lo conozco muy bien, pero me encantaría visitarlo con mi hijo.

– ¿Por qué no damos un paseo el domingo por la mañana? ¡Podríamos visitar el mercado cubierto, acaban de restaurarlo!

– ¡Me gustaría, pero llevaré mi hijo a un partido de fútbol!

Todos los días justo antes de la madrugada, Manolo y Marta asistían a un espectáculo aberrante. Las calles de la ciudad estaban devastadas, había restos de incendios, basureros, vehículos y hermosos árboles quemados. Ya no aparecían como las avenidas donde era su costumbre pasear los domingos por la tarde (ella con su hijo, él con sus amigos).

– No puede ser Manolo. Nuestra ciudad está destrozada. Qué asco me da este gobierno facha. Toda esta violencia no va a ayudarlos.

– Estoy cansado de ver y recoger mierda, ¿Vamos a tomar algo después del trabajo?

– Quizá un desayuno, serán las ocho de la mañana Manolo… ¿Qué opinas?

– ¡Listo! Que sea un desayuno.

– No puedo, mi hijo empieza clases al instituto a las ocho y media.

Estaba claro que Marta se lo pasaba de puta madre declinando cualquier invitación de Manolo.

Ya era sábado por la mañana, las protestas culminaron el viernes con el encuentro de las cinco marchas por la libertad en el centro de la ciudad. La noche pasada fue la más violenta.

Manolo y Marta estaban recogiendo los restos de una fila de contenedores quemados cerca de Plaza de la Universitat, en aquel momento se acercó una señora bastante folclórica, de más o menos ochenta años.

– ¡Joder! Vivo aquí en frente, el olor asqueroso y el humo me despertaron. Llamé los bomberos pero ya era demasiado tarde. El fuego quemó el Ibiza de mi marido y un árbol.

– ¡Lo siento señora! Pero le aseguro que esta calle va a volver limpia y agradable como era antes.

– ¡Muchas gracias señorita, os lo agradezco mucho! ¿Y usted porque no ayuda a su compañera, en lugar de clavar los ojos en ella? ¡Sí que es una guapetona pero vamos, venga chaval!

– Ehm… si señora claro. ¡Nos ocupamos del asunto ahora mismo!

Marta y la señora se miraron en los ojos, sonriéndose.

A las ocho acabó el último turno extraordinario de la semana. Manolo no tenía ni idea si volvería a ver a Marta. Entonces decidió de sacar su as de la manga.

– Oye Marta, que sepas me gustó mucho trabajar contigo. Debo confesarte que no estuvimos en el mismo turno para toda la semana por casualidad. Hice un pacto con Oriol solo para poder pasar todo este tiempo contigo.

– ¡Ya lo sé tonto! Oriol es mi ex marido, el padre de mi hijo. Me preguntó que pensaba antes de aceptar este trato loco. A propósito, hoy es su turno de llevar mi hijo a la escuela. ¿Te apetece desayunar juntos?