Descripción del proyecto

Relato: Ángela Palacios • Ilustración: Natalia Ros

Sol conjunción Venus

– Esa señora tima a la gente. Alucino con lo inocentona que eres.

– No solo existen las cosas que nuestro reducido cerebro puede comprender, Vicky.

– Mira, Alejandra, que no.

Vicky solo me llamaba Alejandra cuando quería picarme.

– Mira, Vic-to-ria, si tan segura estás, ¿por qué no vienes conmigo a comprobarlo y que me explote en la cara tanta inocencia?

– Tú flipas.

Era el verano de 1979 y un año más, desde que teníamos siete, Vicky y yo lo pasábamos juntas en Candeleda, una localidad al sur de la provincia de Ávila. Aquel año todo el mundo hablaba de una señora que quedándose viuda, se había mudado de la capital a aquel pueblo y se ganaba unos cuartos leyendo el tarot, la mano y todo lo que quisieras que te leyera.

– Las brujas no existen, Ale.

– Yo no digo que sea una bruja. Digo que comprobemos si es verdad que adivina cosas.

Vicky era mi mejor amiga. Tenía dieciocho años y yo dieciséis. Ella vivía en Valladolid y yo en Madrid, pero nuestras familias pasaban los veranos en Candeleda porque nuestros abuelos eran de allí. El resto del año nos comunicábamos por carta y aquel sería nuestro último verano juntas, porque Vicky se iba a la universidad, pero a una de Estados Unidos, y decía que durante el verano se quedaría allí y solo volvería a España en Navidad. Que sus padres estaban haciendo un esfuerzo increíble porque estudiara a ese nivel y no podían permitirse dos visitas anuales de su hija.

– Venga, va, vayamos a ver a la bruja… ¿Qué perdemos?

– Dinero, Alejandra.

– Lo pago yo, leches, Vicky.

Era testaruda como ella sola, pero aquel rasgo era de las cosas que más me gustaban de mi gran amiga del pueblo. Mis amigas de Madrid envidiaban nuestra amistad, nuestra correspondencia, nuestros veranos. Yo hacía esfuerzos porque creciera entre mis compañeros de clase el mito de Candeleda como el mejor paraíso para pasar los tres meses de vacaciones escolares. Pero no era el lugar lo que los hacía especiales. Era pasarlos junto a Vicky.

Conseguí convencerla y nos fuimos paseando hasta allí. Llegó cabreada a la puerta de la casa de la bruja porque sudábamos como pollos después de caminar bajo el sol.

– ¿A quién se le ocurre venir hasta aquí a las cuatro de la tarde en agosto?

– A una persona previsora que sabe que más tarde hay cola, y además tú no querías que nos viese nadie, te recuerdo.

Vicky llamó a la puerta con tal mala leche que se abrió al segundo golpe. Pasad, pasad… Os esperaba. La miré de reojo, y en su cara, enmarcada por flequillo negro y pelo lacio que le caía a los lados, se leía, Sí, venga, hombre, lo que me faltaba.

– Buenas tardes, señora, me llamo Alejandra, pero prefiero que me llame Ale. Venimos a que nos lea la mano.

– Venimos a que te la lea a ti. – exhortó rápidamente Vicky.

– Y entonces, ¿para qué la acompañas? Para leerle la mano a ella, con la suya es suficiente.

– Tenía miedo.

– ¡No es verdad! – le grité a Vicky dándole un codazo.

La bruja se nos quedó mirando un rato. En silencio. Respirando despacio y profundo. Yo no sabía si estaba haciendo un conjuro maléfico, echándonos un mal de ojo o si le estaba dando un ataque al corazón lento.

– Creo que lo mejor será haceros vuestra carta astral conjunta.

Entonces nos quedamos las dos calladas igual que aquella extraña mujer se había quedado antes.

– La carta astral conjunta es la fusión de vuestras dos cartas natales individuales. Nos hablará de cómo es vuestra relación, vuestro vínculo, como un ente en sí mismo.

– No entiendo absolutamente nada. – le contestó Vicky.

– No hace falta que lo entiendas. ¿Qué día nacisteis, dónde y a qué hora?

Le dimos los datos precisos, que curiosamente teníamos clarísimos las dos porque un día merendando con nuestras madres, hablando de cómo nos habían parido, se dieron cuenta de que habíamos nacido a la misma hora, exactamente a las seis y cuarto de la mañana.

– Vaya, qué interesante. Tenéis una carta preciosa… El sol y Venus en la casa uno, Plutón en la tres, la luna en oposición al sol…

Desde que comenzó a hablar, Vicky y yo nos mantuvimos en silencio, con toda nuestra atención puesta en cada una de sus palabras. Solo podíamos mirarla a ella, escudriñando cada gesto de su cara, cada interpretación facial de lo que significaba Marte conjunción Júpiter, Neptuno sextil Plutón y Saturno cuadratura Urano. Nos fuimos de allí y no nos dejó pagar. Nos dijo que hacía tiempo que no leía una carta tan especial y que para ella había sido un regalo volver a saber que el amor verdadero existía en el mundo.

– No somos novias. – le dije enfadada.

– El amor verdadero no se da solo en la pareja, cariño.

Con esa última frase cerró la puerta, y Vicky y yo regresamos caminando de nuevo sin decir ni pío hasta una terraza de la plaza del Castillo. Bebíamos nuestro refresco mirando a la nada, aleladas por lo que acabábamos de escuchar. Conseguí hablar por fin y dije:

– No me ha gustado eso que ha dicho de que como hay tanta intensidad en nuestra relación se corre el peligro de cortarla abruptamente.

– Pues no te lo creas. Mira qué fácil.

– Vicky… Ha dicho cosas muy fuertes y muy verdaderas.

– No sé.

– Vicky…

– ¿Qué?

– Hagamos una promesa… Si por lo que sea dejamos de hablarnos.

– Calla.

– No, calla tú. Si ocurre… Prometámonos que dentro de veinte años volveremos a juntarnos en esta misma terraza, a las seis y cuarto de la tarde, el 5 de agosto.

– No vamos a dejar de hablarnos.

– Prométemelo.

– ¿El qué? ¿Que te voy a hablar siempre o que estaré aquí dentro de veinte años?

Me prometió las dos cosas, pero la primera no la cumplió. Tampoco la culpo. A nuestra amistad le pasó lo que a tantas otras. La distancia y el tiempo, las experiencias que vivir por separado, los aprendizajes en solitario, los nuevos encuentros. Pero ahí estaba yo, veinte años después, el 5 de agosto de 1999, sentada en la misma terraza de la plaza del Castillo de Candelada, deseando con toda mi alma que aquel día se hubiesen alineado todos los planetas para que las dos cumpliésemos el pacto que juramos hace veinte años, y que después de un aborto, dos hijos, una hipoteca, medio ascenso, y un divorcio, no fuera demasiado tarde para creer en el amor verdadero.