Descripción del proyecto

Relato: Patricia Cutillas • Ilustración: Francisco Riolobos

Sin preocupaciones

Después de un año estoy otra vez en el lugar donde empezó todo…

–Firme aquí. Aquí. Y aquí, por favor –anunció impasible el funcionario.

–¿Aquí también? –contesté con voz temblorosa y señalando el espacio en blanco de la última página.

–Sí, pero en el lugar que le corresponde. El otro espacio es para su Protector. Aquí nos tomamos los espacios muy en serio, ya sabe –pues no, no sabía de qué hablaba. 

»No ponga esa cara, su Protector es la persona encargada de asegurarse de que cumple el Pacto. Todos tenemos uno. Si en algún momento sufre inseguridad, tristeza o ira debe recurrir a él y lo solucionará rápidamente –me contestó inalterable. 

»Si comete alguna infracción, él será el responsable de llevar a cabo el castigo –en aquel momento me di cuenta de que no pestañeaba y de sus ojeras. 

 –De acuerdo –contesté poco convencida y mientras firmaba la última hoja de aquel contrato. “Esto no es más que un trámite, todos lo tenemos que pasar. Lo siguiente es la felicidad. Es lo que toca.”, pensé. 

–Estupendo. Gracias por aceptar el Pacto de Aprendizaje Profesional y Vital con nosotros. Bienvenida –dijo el funcionario con una sonrisa de maniquí de grandes almacenes. Es decir, inexistente.  

»En breve vendrá su Protector y le explicará los siguientes pasos. Mientras tanto, espere aquí –me informó, se llevó el contrato del Pacto y desapareció.

Miré a mi alrededor y vi por primera vez las puertas. Me parecieron bastante… curiosas. La de la derecha muestra unas columnas de mármol gigantescas muy sobrias. Debajo del gran friso está la P. La otra puerta, en cambio, presenta dos columnas que giran sobre ellas mismas y que custodian una gran S con adornos florales. Un hombre joven con una sonrisa y peinado de personaje de cuento de hadas interrumpió aquel momento de emoción y ensimismamiento. 

–Tú debes de ser Joana. Yo soy Oriol, tu Protector. Perdón por hacerte esperar. Estaba acabando mi jornada de trabajo de 12 horas en la sala P y más tarde tengo un encuentro sexual con el grupo de la 1:30h en la S, después del recital de poesía con el cuarteto de cuerda y del tratamiento hidratante corporal. 

–No han sido ni cinco minut… –mi cara debió de ser un poema, de los dadaístas.

–Ah, perdón. A veces se me olvida que para los nuevos puede ser un poco chocante al principio. Te acostumbras rápido. Menos mal que en unos años el Pacto será obligatorio. Esto es la felicidad: no desperdiciar ni un minuto. ¡Yo llevo aquí un año y me encanta! Me siento muy realizado personal y profesionalmente. –comentó mi Protector con seriedad y entusiasmo corporativo. 

Ansiaba conocer el significado de S y P. Estaba muy impaciente. Yo también quería ser feliz y sentirme realizada.

–Aquí todos somos gente inteligente, creativa, profesional, experta, guapa, sexual… en definitiva: sin preocupaciones. Eso es lo que significan las letras S y P en las puertas que tienes a tu izquierda y tu derecha, respectivamente: la sala P es la zona de las preocupaciones y la S es la de sin (preocupaciones) –explicó finalmente.

“Por fin conozco su significado, ¿tanto misterio para esto? Ya podían haberle dado una vuelta al nombre de la sala S. No se preocuparon, claro”, pensé tras su aclaración.

–Las normas son muy simples. En la sala S solo te puedes divertir y en la P solo preocuparte por trabajar seriamente.  

–¿Y si se me ocurre un chiste malo en horario laboral? O peor, ¿y si me gusta mi trabajo? –comenté sonriendo inocentemente. 

–Mejor no bromees con eso aquí… En las salas encontrarás los horarios –contestó un tanto incómodo–. Ah, casi se me olvida, entre semana solo puedes acceder a la S en el lugar de las horas de sueño. La mayoría vamos a esas horas porque es cuando nos lo pasamos mejor. Bienvenida –comentó mientras se disponía a marcharse.

–¿Y cuándo duerm…? ¡Espera! Me han dicho que si me encuentro mal debo avisarte…– comencé. 

–Ah, tranquila, eso nunca pasa aquí. A todos nos va genial. Si nos volvemos a encontrar como Protector y Protegida es que has roto el pacto. Y nadie lo hace. ¡Disfruta de no tener preocupaciones! –gritó y se fue. 

Los primeros meses del Pacto fueron geniales. Empecé a trabajar y a desarrollarme como profesional muy rápidamente. No paraban de ofrecerme oportunidades que no podía rechazar. Le dedicaba muchas horas y no me importaba. Por las noches las fiestas eran espectaculares. Disfruté con actividades de todo tipo: toqué la batería en conciertos de rock, leí libros que me hicieron reír a carcajadas, participé en torneos de bádminton, follé cada noche sin repetir acompañantes… En la sala S no tenía tiempo para pararme a pensar en preocupaciones, ni en la sala P para pensar en qué quería hacer para divertirme. Y ese fue el problema.  

Un martes por la noche cuando estaba haciendo un trío me di cuenta de que algo no iba bien. No pude terminar. Aquella mañana había disfrutado mucho más de escribir un artículo que de aquel intercambio de fluidos y roces. No le di importancia. Otra noche, mientras iba por mi tercer gin-tonic en la discoteca, empecé a sentirme fuera de lugar y a pensar en que prefería dibujar el logo para el periódico digital o simplemente charlar con un amigo de verdad, pero no tenía ninguno. Estas situaciones se sucedieron durante meses. 

Me había divertido en la sala P y estaba preocupándome en la S. Esto no gustó nada a mis compañeros que empezaron a fijar sus miradas en mí y a murmurar. A veces sí lo hago bien y me preocupo en la P y disfruto en la S. También empecé a irme a dormir pronto y a escribir este diario. Hace días que no sé muy bien en qué sala estoy y qué es lo que debo sentir. Los altibajos de alegría, rabia, tristeza e inseguridad son una constante en mi día a día.

Cuando era pequeña los cuentos de hadas con finales felices no me dejaban dormir. Cuando me di cuenta de que estaba viviendo una pesadilla ya era demasiado tarde. He mezclado el placer y las preocupaciones. Se está abriendo una tercera puerta…

 –Qué bien volver a verte, Protector. Estoy preparada para despertar.