Descripción del proyecto

Relato: Maria Serrano • Ilustración: Alicia Jimenez

Dormir no es fácil

Cuando me despierto, tiene la mano sobre mi cadera. No tanto posada como aferrada. Anclada, incrustada. Es lo primero que percibo aún dentro del sueño, antes de entender siquiera que estoy dormida y despertando: la huella térmica de su mano en mi piel, mi carne que acoge a sus dedos como un colchón de memoria, adaptándose a su forma, contagiándose de su temperatura. No ha hecho tanto calor este verano. A finales de agosto ya hay algunas noches tibias en las que se puede dormir junto a otro cuerpo sin que la piel se vuelva una cubierta húmeda y adherente. Acabo de salir del sueño sin moverme y sin abrir los ojos, toda mi atención sensible en ese centro del universo que son ahora la cima de mi cresta ilíaca izquierda y los dedos de Pol, hincados en ella como piolets de escalada. 

Intuyo, tras la piel de los párpados, que ya está entrando luz. Quedará apenas una hora antes de que el sol empiece a calentar y haya que encender el ventilador. En mis insomnios, en verano, me gusta imaginar toda una ciudad dormida debajo de ventiladores, una ciudad entera de dormitorios con las ventanas abiertas y de cuerpos destapados sobre la cama en todo un catálogo de posturas. 

Tengo insomnio desde siempre. «Siempre» es, al menos, desde que tengo memoria. De niña, me levantaba de madrugada a entretener a mi hermano pequeño cuando se despertaba, para evitar que desvelara a mis padres. Cuando tienes insomnio no hay nada más valioso ni más intocable que el sueño. Nada más codiciado. Al sueño serías capaz de sacrificárselo todo. Yo, por ejemplo, le he sacrificado viajes, citas, fiestas, trabajos…, dinero, por supuesto, derrochado en médicos, curanderos y la imposible búsqueda del silencio nocturno; y también cuerpos humanos. El primer cuerpo que sacrifiqué fue el del amor de mi vida. Después, muchos otros más, porque cuando ya te has desecho del amor una vez, todas las siguientes va por inercia. 

Ese primer sacrificio humano fue así: no protesté el día en que, al volver a casa del trabajo, el humano en cuestión me mostró, como haciéndome un gran regalo, la nueva disposición del piso en dos habitaciones separadas, cada una con su cama, su mesilla, su lámpara de noche, sus libros a medio leer, las almohadas equitativamente repartidas con todo un pasillo en medio. Él estaba en paro entonces, se había pasado el día moviendo muebles. Yo había dormido tan solo 3 horas la noche anterior.

—Así ya no te despertaré más. Dormirás bien —me dijo.

No respondí. 

Si no protesté —aunque el sistema nervioso de mi intestino se desgarraba a gritos alertándome del error, igual que gritan los científicos a los políticos sordos en esas pelis de catástrofes justo antes de que vaya a ser ya demasiado tarde— es porque mi cerebro, que a veces funciona como un diputado socialdemócrata pidiendo mesura, insistió en que, visto con lógica, aquello era una forma de desposesión tolerable, una ecuación con sentido: si te despierta el movimiento de otro cuerpo en la cama, la renuncia a él —la renuncia a su visión como primer paisaje de la mañana y a las certezas casi cartográficas que dicha visión instala en el resto de tu día y te permiten orientarte— debe, forzosamente, garantizar tu sueño.

Los 3 años que nos quedaron como pareja dormimos separados. Yo seguí despertándome a las 4:30 de la madrugada gran parte de los días.

En aquel momento, ni entendí lo que gritaban mis tripas, ni sabía que las tripas deben ser escuchadas. Qué clase de persona, en todo caso, es capaz de entender lo que dicen sus tripas con 30 años. Si me acuerdo de ello ahora, aquí tendida, desnuda, en la misma cama pero en otra casa, en otra vida, con los dedos de Pol anclados al hueso de la cadera, es porque interpreto su postura como el intento durmiente de resistir a las derivas nocturnas que distancian los cuerpos a su pesar, como la determinación de honrar el pacto anatómico que hicimos nuestra primera noche juntos, no hace tantas.

—Puedes quedarte a dormir, pero con una condición —le dije cuando íbamos ya tropezando enredados por el pasillo hacia la cama, la ropa abandonada en el suelo del salón. 

Me miró un poco alerta, sin saber qué esperarse.

—Que no ronque —contestó.

—No, que me abraces.

Días después me iba a reír contándoselo a Nuria durante nuestras vacaciones en la Camargue, describiéndole la cara de Pol, que intentaba contener el gesto de temerse lo peor a la espera de mis condiciones.

—Me salió como un brote, te lo juro. No sé de dónde, de las tripas.

Nuria se partía de risa.

—Es tan poco tú —me dijo.

Es, ciertamente, muy poco propio de mí decir lo que quiero, y a veces saber siquiera lo que quiero. Pero en aquel pasillo me había poseído la certeza de que no soportaría volver a despertarme al lado de uno de esos hombres que, de la noche a la mañana, levantan entre tu cuerpo y el suyo la valla entera de Melilla: una frontera llena de concertinas destinada a mantenerte confinada en tu territorio y que te desgarra la piel si las traspasas, aunque sea de la forma más casual, y entras en el suyo.

Hablábamos mientras repasábamos juntas las fotos del día en el móvil de Nuria, tumbadas en la cama de nuestra habitación. Ella haciendo scroll con una mano y acariciándome con la otra el brazo con el que la tenía rodeada.

—¿Te acuerdas de cuándo no abrazabas? —me dijo de pronto.

Solté una carcajada, pero ella hablaba en serio.

—Te quedabas así, tiesa, como si fueras de palo, sin saber qué hacer con todos esos trozos carne humana por ahí en medio. Has mejorado mucho, te he enseñado bien.

Entonces sí se rio, y yo también. Y tenía razón. A abrazar me han enseñado, finalmente, mis amigas. 

Pol y yo apenas dormimos aquella primera noche, pero nuestros cuerpos no dejaron de estar en contacto. Tampoco el resto de los días que ha dormido aquí este verano. Puede venir cuando quiera, pero tiene que abrazarme, ese es el pacto. Él duerme mejor bajo mi ventilador que en su sofocante habitación de esa zona tan triste de la izquierda del Ensanche, y yo —aunque hasta ese día no lo supe—, duermo mejor si me abrazan. Y eso era lo que gritaba el sistema nervioso de mi intestino aquella tarde de hace ya 7 años: pídele que te abrace.

Pol se mueve en sueños, suelta la mano con la que tiene apresada mi cadera y me acaricia la pierna. Yo repto hacia atrás por la cama y pego mi cuerpo al suyo. Pronto encenderé el ventilador, pronto. Cojo su mano y tiro de ella hacia mi pecho para que me rodee con el brazo. Cierro los ojos otra vez. Me duermo.