Requiem aeternam. Antes de la pandemia, la filósofa y activista barcelonesa Marina Garcès advertía que no sirve de nada “volver a ser los de antes en forma de nostalgia-defensiva por un pasado mejor. Tampoco las soluciones que nos rodean, confusas, débiles y parciales, pueden aportar algo que implique una mejora sustancial”. Lo escribía en un librito titulado Nueva Ilustración Radical. Es urgente que recuperemos la voluntad colectiva de ser mejores y avanzar hacia una nueva organización social que sea más justa, más sostenible, más igualitaria, más decente. El momento es ahora. La Covid-19 dejó patente que el capitalismo mata y lo hace descaradamente.

Kyrie eleison. Hasta el pasado mes de marzo, nos parecía “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” (F. Jameson); a pesar de las crisis económicas que nos han caído encima desde que el neoliberalismo se ha convertido en pensamiento único, el poder del dinero siempre ha logrado salir reforzado, mientras las conquistas laborales y el estado de bienestar se iban reduciendo y desmantelando para “lograr mantener el barco a flote”.



Resulta que el barco sigue hundiéndose. Resulta que recortar a la sanidad pública y privatizar las residencias de ancianos provoca muertes que se podían evitar. Y a pesar de que nos arremangamos a achicar el agua, que lancemos un plan de choque como si fuera un cohete redentor, la excesiva presión volverá a hacerlo ceder y habrá otra crisis. Y otra más hasta la siguiente.

Dies irae. Mientras escribo este texto, estamos en medio de una crisis sanitaria y ya lloramos sus consecuencias económicas. Siempre me cuestiono el término crisis, porque desde el confort de mi sueldo mínimo, no noto demasiado cambio… aunque es posible que aprovechen para rescindirme el contrato, quitarme los cuatro duros que tenía apalabrados a cambio de una charla o un taller, reducirme aún más el presupuesto de la expo que ya estaba comisariando por amor al arte…

Rex tremendae. El virus se ha extendido aprovechando los intercambios de un sistema económico global ultrarrápido y nos ha hecho pasar por su cedazo, igualándonos con la guadaña, al mismo tiempo que nos ha separado, aislando cada uno en su casa, con su dolor, pero sobre todo con sus miedos. Hemos perdido a muchos y también aquello que nos define como seres humanos: nuestra vida social, nuestros sueños de vivir en común, a poder ser, siempre un poco mejor.

Confutatis. Deshumanizados, observamos atónitos cómo ni las advertencias sobre la entrada en una nueva fase de extinción habían logrado hacer sucumbir el orden mundial, pero ahora hemos tenido que detener forzosamente la máquina, como si de una maniobra de sabotaje se tratase.

El momento actual se muestra como una asincronía, una anomalía del devenir “normal”. Un completo estado de anormalidad. Encerrados, nos centramos en lo esencial, en lo que importa. Disfrutamos a la par que sufrimos un tiempo fuera del tiempo reglado. No podemos romantizar esta arritmia que ha provocado un dolor infinito, pero cuando todo vuelva a ser como antes, ¿de veras querremos volver solo a la “normalidad” del pasado?

Lacrimosa. Desde la pequeña atalaya que ofrece mi ventana sobre el Poble-sec, mientras veo a la gente que pasea con sus máscaras e intenta retomar la cotidianidad, pienso en cómo volveremos a la rutina los que nos dedicamos a cualquier faceta de la producción artística: cineastas, músicos, artistas, actores, bailarines… Todo se ha parado y parece claro que debemos replantear los entornos de disfrute de unas prácticas concebidas para generar un big moment de exposición pública o social.

En la tranquilidad de mi pequeño piso de marfil, miro de reojo y asisto a la respuesta histérica ante la obligación de detenernos. Nos quejamos a menudo de trabajar demasiado, pero cuando hemos tenido la oportunidad de vivir por unas semanas sin dueño ni horario, nos ha asaltado el síndrome de Estocolmo y algunos se han vuelto más productivos que nunca. Yo, que valoro la pereza y la ociosidad como una de las mayores virtudes del hombre, me he entretenido en mi condición de voyeur gozosa y suntuosa, dedicándome a mirar por la ventana, escuchar música, ver películas… deglutir y digerir.

Hostias. Algunas noticias han conseguido sobresaltarme. Además del miedo a la muerte, el dolor por el sufrimiento que nos ha rodeado, me he angustiado al presenciar cómo una parte de la clase creativa de nuestra ciudad mira al futuro con desazón porque sus precarios proyectos (¿alguien ha tenido alguna vez un trabajo creativo bien pagado?) han parado en seco, las instituciones públicas los postergan y han congelado su presupuesto (y nuestros honorarios). Mientras, otra clase, la de los responsables de equipamientos, se quejaba de su situación en sus bien equipadas y espaciosas casas. Las desigualdades entre la clase creativa y la clase ejecutiva, la de siempre. Y ¿hasta cuándo?

Communio. ¿Hasta cuándo tendremos miedo a exigir justicia social? No necesitamos más poesía, necesitamos más furia. No queremos quedarnos quietos hasta la siguiente crisis, porque una “crisis consiste justamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en este terreno se verifican los fenómenos morbosos más diversos” (A. Gramsci). Ya lo hemos vivido y sufrido antes… La enfermedad nos detuvo, pero ¿seguiremos parados? ¿Amordazados y con miedo a actuar?

Y sigue Gramsci con un consejo: “Instrúyanse, porque necesitamos toda nuestra inteligencia. Conmuévanse, porque necesitamos todo nuestro entusiasmo. Organícense, porque necesitamos de toda nuestra fuerza”.