Sueño de una revuelta de las yayas en mañana de otoño

Sábado. Me desperté sobre las 8 con un tenue dolor de cabeza. Carcajadas subían por el patio interior de mi finca. No, no eran las típicas carcajadas de algún pre adolescente centroeuropeo que vuelve borracho al piso alquilado para el finde de juerga en Barna. Eran carcajadas de una señora mayor. Y luego otra. Se descojonaban y hablaban. O mejor, gritaban. Alternando expresiones catalanas y castellanas. Creo que pude escuchar, muy al fondo, sonidos de un bebé. Parecía grabado, con lo cual me hice la idea de que veían un video del nieto de una de ellas.

Y de repente, un grito atraviesa el aire. Silence, please. Esas mismas palabras que estas señoras y sus maridos suelen gritar madrugada sí y otra también, cuando sus nuevos vecinos turistas la lían. El proceso fue igual, pero a la inversa. Del inglés pasaron a intentar silenciar a las señoras en un castellano macarrónico pasando de “Puede hacer silence per favor?” al clásico “shhhhh”.

El partido entre las ventanas seguía animado —diría que las señoras no escucharon el mensaje del vecino molesto—. Supongo que sus oídos ya no son lo que eran, por algo hablaban con el nivel de decibelios de un concierto infantil multitudinario. Y si estaban despiertas a esta hora es porque habían podido dormir antes de las seis, la hora en que mis vecinos de arriba (que aún no habían dado señales) pararon la música del petit-after casero. Pero… ¿y si hubiese estado equivocada? ¿Podría ser que estas dos abuelitas escuchasen las súplicas del joven con resaca y que, deliberadamente, hubieran decidido ignorarlas?

Fue así que di vueltas dentro de mi cama, pensando que esta podía ser una especie de venganza vecinal y yo una deestas personas víctima de balasperdidas. En esta parte tengo que admitir que el sueño es un fertilizante de mi tendencia megalómana. Y estaban lanzado el abono para una teoría de proporciones épicas. Meetings fuera de horas con señoras pensando en tácticas para responder a todo y a quien atente contra la tranquilidad del barrio. Turnos de guardia de equipos de abuelas y abuelos que intentan imponer un determinado horario en la comunidad de vecinos a través de carcajadas de buena mañana. Mapas de las principales fincas que necesitan intervención. Municiones de videos divertidos de gatitos y bebés.

Eso, o justicia cósmica. La verdad es que ni el joven que rezaba por el fin de la sesión de risas ni yo pudimos dormir la mañana de sábado. A la revuelta de las yayas le siguió la protesta por la pareja que puso la música sobre una gallina que baila para su hijo y la demostración de fuerza de la vecina que baila zumba. Cuánta humanidad en un miserable patio interior. El Sr. Turista debería venir aquí y poner una monedita en la almohada que tengo en mi cama, porque el espectáculo sonoro es constante, rústico y muy típico. Yo me compré tapones, pero solo porque soy medio rarita.

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