Cuando hablamos solo faltan dos días para el cumpleaños de Clara Santacana Domenech, una estudiante de diseño de Terrassa.

Cumplirá 19 años y cuando le pregunto qué le gustaría que le regalasen lo tiene claro: una experiencia. “El mejor regalo que me podrían hacer es alguna salida con amigas, o hacer algo juntas…irse un fin de semana, algo así. Prefiero esto que algo material” dijo.

Aunque Pablo Jauregui Segarra, un pamplonés de 21 años que estudia interpretación en Barcelona, que reconoce ser consumista, dice que la pandemia le ha cambiado y ahora también prefiere que le regalen un planazo. “Simplemente por el momento en el que estamos [con Covid], valoramos más las experiencias. Ahora ir a un concierto o un festival con los amigos nos haría mucha más ilusión que un Rolex”.



Cuando hablamos de la Generación Z – compuesta por jóvenes nacidos entre el año 1997 y el 2012 – es fácil visualizar a nativos digitales que quizá hayan tenido cuenta en Instagram antes que certificado de nacimiento (el 95% usan redes sociales). Han crecido en un mundo donde internet es una parte tan natural de sus vidas que cualquier pantalla podría ser perfectamente una extensión de sus propios dedos. Para ellos, un mundo sin datos en el móvil es igual de ajeno que pisar la superficie de Marte para Elon Musk (y para toda la humanidad, de momento).

Muchas de las grandes consultoras como Deloitte y PwC ya han lanzado estudios de mercado para intentar entenderles y descifrar tendencias que podrían convertirse en potenciales fuentes de ingresos para marcas como Nike, Apple y Spotify. Pero la generación de Clara y Pablo, ¿prefiere tener experiencias más que cosas?

Según un estudio realizado por McKinsey & Company, la respuesta es sí. Para ellos, consumir se trata más bien de tener acceso que no de posesión – no les importa alquilar un coche en vez de tenerlo – y quieren expresar su identidad como individuos independientemente de etiquetas. Aurelia Rafael Linares, psicóloga clínica y coordinadora del máster en neuropsiquiatría y psicología de la infancia y la adolescencia en la Universidad Autónoma de Barcelona también reconoce este deseo de “ser ellos mismos” en muchos de los adolescentes que visitan su consulta. Los zoomers quieren hacer suyo cada producto y quieren cosas que reflejen la vida real – no un falso sueño.

“Ya no ves tanto al adolescente que dice cómprame esto porque todo el mundo lo lleva,” dice. En vez de expresarse a través de cosas materiales como ropa, lo hacen a través de redes sociales como Instagram o TikTok, donde buscan reafirmarse a través de ellos mismos. “Van canalizando la construcción de la identidad a través de este tipo de uso de las tecnologías,” añade.

Los adolescentes que crecieron sin redes sociales no tenían la opción de expresar sus gustos, opiniones, y personalidades de una manera constante como se puede hacer hoy en día en Instagram. Dependían de cosas materiales para señalar a qué colectivo pertenecían; los punks con sus chaquetas de cuero y crestas, los hippies con su pelo largo y prendas de abundantes flores y colores. Pero ya no dependemos de cosas materiales y peinados para mostrar que nos preocupan cosas como el cambio climático – igual que no hace falta tener un símbolo anarquista dibujado en la espalda de tu chupa de cuero para dejar claro que rechazas el sistema político. Con acceso constante a las redes sociales, lo puedes decir tal cual, cuando quieras.

Tener o no tener una hipoteca

“Se mueven de manera mucho más abierta y tienen una mentalidad mucho más globalizada”

Según Aurelia, las pertenencias en general no son tan relevantes para la generación Z. “Para las generaciones anteriores estar de alquiler era percibido como tirar el dinero. Tenías que tener tu propiedad porque así siempre tenías algo seguro,” explicó. Pero en cambio, a la Generación Z no le importa no tener casa propia, con un alquiler van a vivir bien, más tranquilos – y sin ataduras. “Ellos valoran mucho este tipo de libertad, de saber que pueden cambiar cuando y como quieran; de sitio, de trabajo, de país. Se mueven de manera mucho más abierta y tienen una mentalidad mucho más globalizada,” añade.

Aunque le gustaría algún día poder comprarse un piso, Clara – que busca independizarse lo más pronto posible – no quiere cerrar ninguna puerta. Antes de todo, quiere viajar. “Puede que lo vea todo perfecto y me quiera comprar un piso pero igual luego me voy a China y digo, me encanta, me quiero quedar aquí, comenta.

Son de por sí una generación mucho más despierta. El acceso constante a la información también les ha hecho mucho más autosuficientes. No quieren esperar hasta que alguien les responda a una pregunta – prefieren buscar la respuesta por su cuenta, asap.

Invierten en su formación

Existe esta idea de que los adolescentes de hoy son muy caprichosos, cuenta Aurelia, “pero ya cuando empiezan a trabajar o compaginar estudios y trabajo son prudentes.” Los que necesitan trabajar para poder estudiar no se plantean consumir derrochando porque lo que quieren es invertir en su propia vida, en su formación y en vivir independientes haciendo lo que les gusta, explica.

Pablo es un claro ejemplo. De momento, su prioridad es poder pagarse las clases que toma en la Escola Superior d’Art Dramàtic: “Este año he tenido bastante suerte porque me han dado una beca…ahora todos los pequeños ahorros que tengo son para organizarme las clases y un poco para los vicios de luego, pero ya está”.

“Como generación nos estamos haciendo todos un poco los longuis con lo que se nos viene, estamos viviendo muchísimo en el presente, no tan preocupados por el futuro.”

Esta actitud de buscarse la vida quizás es la que más define a la Generación Z. Aunque han heredado un mundo jodido por el cambio climático y múltiples crisis económicas, mantienen el optimismo. “Como generación nos estamos haciendo todos un poco los longuis con lo que se nos viene, estamos viviendo muchísimo en el presente, no tan preocupados por el futuro. Vamos a hacer cosas, vamos a pasarlo bien en la medida en que podamos y vamos a seguir con la rutina de ir a clase, trabajar, no pasa nada… el paisaje no es el más bonito, pero no podemos estar llorando todos los días,” concluye Pablo.

En fin, son muy espabilados. Quizás internet los hizo así.