En un reciente artículo, “Los cerebros ‘hackeados’ votan”, Yuval Noah Harari, un historiador israelí que saltó inesperadamente a la fama con Sapiens. De animales a dioses: Breve historia de la humanidad, reflexiona sobre una de las ideas más fundamentales del ser humano moderno: el libre albedrío.



Todos creemos que tenemos una voluntad libre, por ejemplo, para seguir leyendo estas líneas o dejar de hacerlo. Estamos convencidos de que nuestra capacidad de decidir es constitutiva de nuestro yo y que la pérdida de esta libertad nos convertiría en poco más que animales. Y nos enorgullecemos de ello porque nos permite hacer el bien o hacer el mal, a grandes rasgos. El problema es que el libre albedrío no es una realidad científica, sino una creencia desarrollada por la teología cristiana. En pocas palabras, es lo que permite que el dios cristiano nos mande al cielo o al infierno por nuestros actos: si no pudiéramos decidir, no habría lugar para el castigo.

Muchos años antes, al escribir Guerra y Paz, una novela sobre las guerras napoleónicas, Tolstói ya se dio cuenta de que la libertad del ser humano era una quimera: «Es indudable que, por mi propia voluntad, acabo de levantar el brazo y ahora lo bajo. (…) Lo hago. Pero junto a mí hay un niño; levanto la mano y, con la misma fuerza, intento bajarla sobre él. No puedo hacerlo. Un perro se echa sobre ese niño, y yo no puedo dejar de golpear al perro. (…) No puedo por menos de cerrar los párpados cuando alguien dirige un golpe contra mi ojo». Por lo tanto, según Tolstói, existen dos tipos de actos: los que dependen de nuestra voluntad y los que no dependen de ella. De modo que, cuanto menos ligados a la actividad de otros seres humanos, más libres serán nuestros actos y, cuanto más ligados a los demás, menos libres serán.

Mientras usted lee estas líneas, los Gobiernos y las empresas están trabajando para piratearle.

De estas dos situaciones Tolstói extrae sendas leyes que pretende ilustrar en su conocida novela: por un lado, la ley de la fatalidad, en virtud de la cual se cumplen los acontecimientos históricos (tan absurdos, por ejemplo, como una guerra), y, por otro lado, una ley psicológica «que obliga a un hombre a realizar con menor libertad sus actos y a crear en su fantasía toda una serie de razonamientos retrospectivos para demostrarse a sí mismo que ha obrado libremente».

Esta creencia en el libre albedrío, útil y fértil durante siglos, inocua o anecdótica en tiempos de Tolstói, se ha vuelto hoy en día peligrosa. Como dice Harari: «Si los Gobiernos y las empresas logran hackear o piratear el sistema operativo humano, las personas más fáciles de manipular serán aquellas que creen en el libre albedrío. (…) Mientras usted lee estas líneas, los Gobiernos y las empresas están trabajando para piratearle. Si consiguen conocerle mejor de lo que usted se conoce a sí mismo, podrán venderle todo lo que quieran, ya sea un producto o un político».

En este mundo hiperconectado, en el que cada vez dependemos más de los demás, es evidente que nuestra libertad personal está en horas bajas. Además, los métodos para conocernos mejor que nosotros mismos no hacen más que perfeccionarse con el tiempo y el big data, de forma que cada vez será más fácil hacernos creer que actuamos libremente. «¿Cómo vivir cuando comprendemos que somos animales pirateables, que nuestro corazón puede ser un agente del Gobierno, que nuestra amígdala puede estar trabajando para Putin y la próxima idea que se nos ocurra perfectamente puede no ser consecuencia del libre albedrío sino de un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos?», se pregunta Harari.

Personalmente, creo que una opción excelente es leer en papel Guerra y paz en la magnífica traducción de Lydia Kúper, pero no descarto que incluso estas palabras que escribo las haya decidido un algoritmo ruso del que desconozco su existencia para influir en las próximas elecciones generales.

Guerra y paz, Liev N. Tolstói, Austral.