“No puedes hacerte una idea de lo terrible que ha sido mi semana”, dice Hijita entre sollozos. Está en mi regazo, en el parque; llora desconsolada. Algunas mamás vienen a ver qué pasa. Pero ¿qué es lo que pasa?, me pregunto a mí mismo, sin verbalizarlo. Trato de darle afecto y en silencio, con paciencia, espero a que quiera contarme lo que le preocupa.

Y no lo hace al momento, pero sí en los días siguientes. A su manera, claro. Y lo que no dice, lo adivino. De cualquier forma, siempre propicio con ella la conversación libre, abierta, confiada, que sepa que puede contarme (o no contarme) lo que quiera.



Aceptar que no sabemos nada de nada y aun así seguir adelante, creo, es precisamente la base secreta de la paternidad.

Nada de lo que le sucede es tan grave (a mis ojos, pero sí a los suyos). Tragedias funestas y determinantes, que la llevan a las lágrimas; aunque es cierto que al rato se le pasa. Es la volubilidad innata de los niños de ocho años. Su gravedad, sin embargo, se ve desmentida por la inocencia de su cuerpecito infantil, su bendita inocencia.

Pero la cuestión sigue siendo que un padre no sabe y nunca sabrá con exactitud lo que le pasa a su hija. Podemos empatizar y tratar de ponernos en su lugar, pero las preocupaciones de una niña barcelonesa de ocho años se nos escapan. Solo nos resta lanzar hipótesis y prepararnos para ser pañuelo de lágrimas.

Decía Dostoievski que el alma se cura estando con niños. Y, sin duda, ese es nuestro mayor consuelo. Poder estar en su presencia nos gratifica y serena, su misterio nos conecta con una cierta promesa de eternidad (sabemos que nuestros genes se perpetúan en su ser) y de ahí que toleremos nuestra incomprensión ante su magia. Aceptar que no sabemos nada de nada y aun así seguir adelante, creo, es precisamente la base secreta de la paternidad.