Visca Barcelona 009

Dicen que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón. El problema es que no todos tienen la suerte de devolver al jugada al facultativo cleptómano de turno. Que le roben a uno algo alguna vez en la vida es un acontecimiento casi tan obligatorio como aprender a montar en bicicleta. Un problema es cuando la ideología y la logística del robo tienen predilección por la anterior mencionada. Y de estas dos cosas, en Barcelona, estamos sobrados. Tanto de robos, hurtos, fraudes, estafas, malversaciones de fondos, raterías y demás variaciones sobre el apropiacionismo indebido, como de bicicletas que, haberlas, las hay de todos los colores. Literalmente pensando.

 

El himeneo entre el medio de transporte más noble del mundo y el medio de adquisición más ruin de ese mismo mundo tiene sus cantos y sus lloros cinematográficos a lo largo del planeta. Desde Vittorio de Sicca a Wang Xiaoshuai, la sustracción de la bicicleta personal –y desgraciadamente transferible– ha sabido convertirse en una odisea en el espacio inferior de la troposfera, henchida de desesperante frustración por aquello de la búsqueda de una aguja en un pajar. Y donde digo aguja, digo bici, y donde digo pajar, digo Pekín, Roma o Barcelona. Y, ya puestos a desvariar, para el que roba la fórmula se rige por el donde dije digo, dije Diego. Y si no se dice nada, mucho mejor.

 

A lo que íbamos, que cuando se va en bici es incluso agradable perderse o no llegar a ninguna parte: en Barcelona hay mucho hijo de puta (por ser correctos y educados) que, cuando no te puede robar la bicicleta, te roba la rueda, el sillín –aunque esté a punto de autodestruirse por el uso–, las bielas –que te costaron un riñón y dos meses de ahorro–, los pedales o, en el caso de no tener la llave correcta a mano, parte del mobiliario urbano diseñado específicamente para el descanso momentáneo de tu bicicleta. Por robar y joder, que no quede.

 

En materia de sustracciones ajenas hay dos palabras clave para precisar la tipología de cada lance protagonizado por las personas y sus queridos objetos. Con violencia, robo. Sin violencia, hurto. Cuando el policía ocasional las enuncia, van acompañadas, además, de un tono concreto de superioridad moral. Con condena –hacia el ladrón, ese maleante que habría que expulsar del país en caso de que no fuese oriundo de lo autóctono–, en el caso del robo. Con suspicacia –hacia el perjudicado, porque “si te quitaron algo fue porque no estabas lo suficientemente atento y la culpa, en el fondo, es toda tuya” –, en el caso del hurto. A este punto, el insólito pero habitual caso de la bicicleta decomisada por las fuerzas de la ratería universal es un ejemplo particular. Porque, pensando en ese dueño que no está presente mientras se produce, se trataría de un hurto. Por otra parte, pensando en la violencia que se ejerce sobre la bicicleta, el hurto se convertiría inmediatamente en robo. Pero, si seguimos tirando del hilo, del diccionario y de la personificación de la bicicleta –por lo que tiene de novia–, el acontecimiento se transformaría en un secuestro digno de un proceso sumarial que, como mínimo, debería ponerle un candado por collar al raptor de bicicletas, ya que tanto le gustan. Porque, a este punto, en Barcelona, va a ser verdad aquello de que las bicicletas son para el verano o para el turismo interno de domingo, obviando la mínima existencial de que sobre dos ruedas se derrapa mejor.

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