Gaudí olía mal y era un poco maniático con la comida. Tampoco huele a flores la instrucción judicial que considera a unos jóvenes antisemitas porque le tiraron pintura a Pilar Rahola y la llamaron sionista. Ni los carteles de la Biblioteca Andreu Nin, un poquito bastante aporofóbicos, en los que se prohíbe acercarse a las instalaciones con lo que parecen cajas de cartón, mochilas, sacos de dormir o esterillas, bajo amenaza de llamar a la policía. Y mucho menos la entrada de fondos de inversión en la agricultura, que desembarcan de golpe, buscan beneficio rápido y salen destrozándolo todo: en 2005 solo había 41 en todo el sector agroalimentario mundial y en 2020 ya eran más de 700. También apesta lo muy desapercibido que ha pasado que el Servicio de Atención a Inmigrantes, Emigrantes y Refugiados (SAIER) haya estado dos meses cerrado por cambio de licitación ahora que está a punto de empezar la regularización de extranjeros, ¿os imagináis el cierre de cualquier otro servicio público por dos meses? ¿O solo pasa cuando los afectados son extranjeros? Por no hablar de cómo he tenido que taparme la nariz al leer las declaraciones del presidente del RACC, “un club de servicios a la movilidad” que ofrece seguros de coche, moto, viajes, hogar, vida o decesos, que dice que los peatones también deberían tener un seguro porque también provocan accidentes. ¡Dejad de robarme la cartera! ¡Y si me la robáis, dadme al menos un pañuelo perfumado!